miércoles, 28 de octubre de 2009

LECTURA, "Decamerón", de Boccaccio: novela primera de la Jornada IV


Boccaccio, por Andrea del Castagno

NOVELA PRIMERA

Tancredo, príncipe de Salerno, mata al amante de su hija y le manda el corazón en una copa de oro; la cual, echando sobre él agua envenenada, se la bebe y muere .



Duro asunto para tratar nos ha impuesto hoy nuestro rey, si pensamos que, cuando para alegrarnos hemos venido, tenemos que hablar de las lágrimas de otros, que no pueden contarse sin que deje de sentir compasión quien las cuenta y quien las escucha. Tal vez por moderar un tanto la alegría sentida los días pasados lo ha hecho; pero sea lo que le haya movido, como a mí no me incumbe cambiar su gusto, un caso lastimero, y por lo mismo desventurado y digno de nuestras lágrimas, contaré. Tancredo, príncipe de Salerno , fue señor asaz humano, y de benigno talante, si en amorosa sangre, en su vejez, no se hubiera ensuciado las manos; el cual en todo el tiempo de su vida no tuvo más que una hija, y más feliz hubiera sido si no la hubiese tenido. Ésta fue por el padre tan tiernamente amada cuanto hija alguna vez fuese amada por su padre; y por este tierno amor, habiendo ella ya pasado en muchos años la edad de tener marido, no sabiendo cómo separarla de él, no la casaba; luego, por fin, habiéndola dado por mujer a un hijo del duque de Capua, viviendo con él poco tiempo, se quedó viuda y volvió con su padre. Era hermosísima en el cuerpo y el rostro como la mujer que más lo hubiera sido, y joven y gallarda, y más discreta de lo que por ventura convenía a una mujer serlo. Y viviendo con el amante padre como una gran señora, en mucha blandura, y viendo que su padre, por el amor que le tenía, poco cuidado se tomaba por casarla otra vez, y a ella cosa honesta no le parecía pedírselo, pensó en tener, ocultamente si podía hallarlo, un amante digno de ella. Y viendo a muchos hombres en la corte de su padre, nobles y no, como nosotros los vemos en las cortes, y consideradas las maneras y las costumbres de muchos, entre los otros un joven paje del padre cuyo nombre era Guiscardo, hombre de nacimiento asaz humilde pero por la virtud y las costumbres noble, más que otro le agradó y por él calladamente, viéndolo a menudo, ardientemente se inflamó, estimando cada vez más sus maneras. Y el joven, que no dejaba de ser perspicaz, habiéndose fijado en ella, la había recibido en su corazón de tal manera que de cualquiera otra cosa que no fuera amarla tenía alejada la cabeza. De tal guisa, pues, amándose el uno al otro secretamente, nada deseando tanto la joven como encontrarse con él, ni queriéndose sobre este amor confiarse a nadie, para poderle declarar su intención inventó una rara estratagema. Escribió una carta, y en ella lo que tenía que hacer el día siguiente para estar con ella le mostró; y luego, puesta en el hueco de una caña, jugando se la dio a Guiscardo diciendo:
-Con esto harás esta noche un soplillo para tu sirvienta con que encienda el fuego.
Guiscardo la tomó, y, pensando que no sin razón debía habérsela dado y dicho aquello, marchándose, con aquello volvió a su casa, y mirando la caña, y viéndola hendida, la abrió y, hallada dentro la carta de ella y leída, y bien entendido lo que tenía que hacer, se sintió el hombre más contento que ha habido en el mundo, y se dedicó a prepararse para reunirse con ella según el modo que le había mostrado. Había junto al palacio del príncipe una gruta cavada en el monte, hecha en tiempos lejanísimos, a la que daba luz un respiradero abierto en el monte; el cual, como la gruta estaba abandonada, por zarzas y por hierbas nacidas por encima, estaba casi obturado; y a esta gruta, por una escala secreta que había en una de las cámaras bajas del palacio, que era la de la señora, podía bajarse, aunque con un fortísimo portón cerrada estaba. Y estaba tan fuera de la cabeza de todos esta escala, porque hacía muchísimo tiempo que no se usaba, que casi ninguno de los que allí vivían la recordaba; pero Amor, a cuyos ojos nada está tan secreto que no lo alcance, se la había traído a la memoria a la enamorada señora . La cual, para que nadie de ello apercibirse pudiera, muchos días con sus arneses mucho había trabajado para que aquel portón pudiera abrirse; abierto el cual, y sola bajando a la gruta y visto el respiradero, por él había mandado decir a Guiscardo que se industriase en bajar, habiéndole dibujado la altura de aquél a la tierra haber podía. Y para cumplir esto, Guiscardo prestamente, preparada una soga con ciertos nudos y lazadas para poder descender y subir por ella, y vestido con un cuero que de las zarzas le protegiese, sin haber dicho nada a nadie, a la noche siguiente al respiradero se fue, y acomodando bien uno de los cabos de la soga a un fuerte tocón que en la boca del respiradero había nacido, por ella bajó a la gruta y esperó a la señora. La cual, al día siguiente, fingiendo querer dormir, mandadas afuera sus damiselas y encerrándose sola en la alcoba, abierto el portón, a la gruta bajó, donde, encontrando a Guiscardo, uno a otro maravillosas fiestas se hicieron, y viniendo juntos a su alcoba, con grandísimo placer gran parte de aquel día se quedaron, y puesto discreto orden en sus amores para que fuesen secretos, volviéndose a la gruta Guiscardo y ella cerrando el portón, con sus damiselas se vino afuera.
Guiscardo luego, al venir la noche, subiendo por su soga, por el respiradero por donde había entrado salió afuera y se volvió a su casa; y habiendo aprendido este camino, muchas veces luego, andando el tiempo, allí retornó. Pero la fortuna, envidiosa de tan largo y de tan grande deleite, con un doloroso suceso el gozo de los dos amantes volvió triste llanto. Acostumbraba Tancredo a venir alguna vez solo a la cámara de su hija, y allí hablar con ella y quedarse un rato, y luego irse; el cual, un día después de comer, bajando allí, estando la señora, que Ghismunda tenía por nombre, en un jardín suyo con todas sus damiselas, en ella entrando, sin haber sido por nadie visto u oído, no queriendo apartarla de su distracción, encontrando las ventanas de la alcoba cerradas y las cortinas de la cama echadas, junto a ellas en una esquina se sentó en un almohadón; y apoyando la cabeza en la cama y cubriéndose con la cortina, como si deliberadamente se hubiera escondido allí, se quedó dormido. Y estando durmiendo de esta manera, Ghismunda, que por desgracia aquel día había hecho venir a Guiscardo, dejando a sus damiselas en el jardín, calladamente entró en la alcoba y, cerrándola, sin apercibirse de que nadie estuviera allí, abierto el portón a Guiscardo que la esperaba y yéndose los dos a la cama como acostumbraban, y juntos jugando y solazándose, sucedió que Tancredo se despertó y oyó y vio lo que Guiscardo y su hija hacían; y dolorido por ello sobremanera, primero quiso gritarles, luego tomó el partido de callarse y de quedarse escondido, si podía, para poder más cautamente obrar y con menor vergüenza suya lo que ya le había venido la intención de hacer. Los dos amantes estuvieron largo tiempo juntos como acostumbraban, sin apercibirse de Tancredo; y cuando les pareció tiempo, bajándose de la cama, Guiscardo se volvió a la gruta y ella salió de la alcoba. De la cual Tancredo, aunque era viejo, desde una ventana bajó al jardín y sin ser visto por nadie, mortalmente dolorido, a su cámara volvió. Y por una orden que dio, al salir del respiradero, la noche siguiente durante el primer sueño, Guiscardo, tal como estaba con la vestimenta de cuero embarazado, fue apresado por dos y secretamente llevado a Tancredo; el cual, al verle, casi llorando dijo: -Guiscardo, mi benignidad contigo no merecía el ultraje y la vergüenza que en mis cosas me has hecho, como he visto hoy con mis propios ojos.
Al cual, Guiscardo, nada respondió sino esto:
-Amor puede mucho más de lo que podemos vos y yo.
Mandó entonces Tancredo que calladamente en alguna cámara de allí adentro guardado fuese; y así se hizo. Venido el día siguiente, no sabiendo Ghismunda nada de estas cosas, habiendo Tancredo consigo mismo pensado varios y diversos procedimientos, después de comer, según su costumbre se fue a la cámara de la hija, donde haciéndola llamar y encerrándose dentro con ella, llorando comenzó a decirle:
-Ghismunda, pareciéndome conocer tu virtud y tu honestidad, nunca habría podido caberme en el ánimo, aunque me lo hubieran dicho, si yo con mis ojos no lo hubiera visto, que someterte a algún hombre, si tu marido no hubiera sido, hubieses no ya hecho sino ni aun pensado; por lo que yo en este poco resto de vida que mi vejez me conserva siempre estaré dolorido al recordarlo. Y hubiera querido Dios que, pues que a tanta deshonestidad encaminarte debías, hubieses tomado un hombre que a tu nobleza hubiera sido conveniente; pero entre tantos que mi corte frecuentan, elegiste a Guiscardo, joven de condición vilísima en nuestra corte casi como por el amor de Dios desde niño hasta este día criado; por lo que en grandísimo afán de ánimo me has puesto no sabiendo qué partido tomar sobre ti. De Guiscardo, a quien esta noche hice prender cuando por el respiradero salía y lo tengo en prisión, ya he determinado qué hacer, pero de ti sabe Dios que no sé qué hacer. Por una parte, me arrastra el amor que siempre te he tenido más que ningún padre tuvo a su hija y por la otra me arrastra la justísima ira ocasionada por tu gran locura: aquél quiere que te perdone y éste quiere que contra mi misma naturaleza me ensañe; pero antes de tomar partido, deseo oírte lo que tengas que decir a esto.
Y dicho esto, bajó el rostro, llorando tan fuertemente como habría hecho un muchacho apaleado. Ghismunda, al oír a su padre y al conocer no solamente que su secreto amor había sido descubierto sino que Guiscardo estaba preso, un dolor indecible sintió y de mostrarlo con gritos y con lágrimas, como la mayoría de las mujeres hace, estuvo muchas veces cerca, pero venciendo esta vileza su ánimo altanero, su rostro con maravillosa fuerza contuvo, y se determinó a no seguir con vida antes que proferir alguna súplica por ella misma, imaginando que ya su Guiscardo había muerto, por lo que no como dolorida mujer o arrepentida de su yerro, sino como mujer impasible y valerosa, con seco rostro y abierto y en ningún rasgo alterado, así dijo a su padre:
-Tancredo, ni a negar ni a suplicar estoy dispuesta porque ni lo uno me valdría ni lo otro quiero que me valga; y además de esto, de ningún modo entiendo que me favorezcan tu benevolencia y tu amor sino la verdad confesando, primero defender mi fama con razones verdaderas y luego con las obras seguir firmemente la grandeza de mi ánimo. Es verdad que he amado y amo a Guiscardo, y mientras viva, que será poco, lo amaré y si después de la muerte se ama, no dejaré de amarlo; pero a esto no me indujo tanto mi femenina fragilidad como tu poca solicitud en casarme y la virtud suya. Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré. »Y ciertamente en esto puse toda mi virtud al no querer que ni para ti ni para mí, de aquello que al natural pecado me atraía (en cuanto yo pudiera evitarlo) viniese ninguna vergüenza. A lo que el compasivo Amor y la benigna fortuna una muy oculta vía me habían encontrado y mostrado, por la cual, sin nadie saberlo, yo mis deseos alcanzaba: y esto (quien sea que te lo haya mostrado o como quiera que lo sepas) no lo niego. A Guiscardo no escogí por acaso, como muchas hacen, sino que con deliberado consejo lo elegí antes que a cualquiera otro, y con precavido pensamiento lo atraje, y con sabia perseverancia de él y de mí largamente he gozado en mi deseo. En lo que parece que, además de haber pecado por amor, tú, más la opinión vulgar que la verdad siguiendo, con más amargura me reprendes al decir, como si no te hubiese enojado si a un hombre noble hubiera elegido para esto, que con un hombre de baja condición me he mezclado; en lo que no te das cuenta de que no mi pecado sino el de la fortuna reprendes, la cual con asaz frecuencia a los que no son dignos eleva, dejando abajo a los dignísimos. »Pero dejemos ahora esto, y mira un poco los principios del asunto: verás que todos nosotros de una sola masa de carne tenemos la carne, y que por un mismo creador todas las almas con igual fuerza, con igual poder, con igual virtud fueron creadas. La virtud primeramente hizo distinción entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble, y si de otra manera se le llama, no quien es llamado sino quien le llama se equivoca.
»Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos. En la virtud y el valor de Guiscardo no creí por el juicio de otra persona, sino por tus palabras y por mis ojos. ¿Quién le alabó tanto cuando tú le alababas en todas las cosas loables que deben ser alabadas en un hombre valeroso? Y ciertamente no sin razón: que si mis ojos no me engañaron, ninguna alabanza fue dicha por ti que yo ponerla en obra, y más admirablemente que podían expresarlo tus palabras, no le viese; y si en ello me hubiera engañado en algo, por ti habría sido engañada. ¿Dirás, pues, que con un hombre de baja condición me he mezclado? No dirás verdad; si por ventura dijeses que con un pobre, con vergüenza tuya podría concederse, que así has sabido a un hombre valioso servidor tuyo traer a buen estado; pero la pobreza no quita a nadie nobleza, sino los haberes. »Muchos reyes, muchos grandes príncipes fueron pobres, y muchos que cavan la tierra y guardan ovejas fueron riquísimos, y lo son. La última duda que me expusiste, es decir, qué debas hacer conmigo, deséchala por completo: si en tu extrema vejez estás dispuesto a hacer lo que de joven no acostumbraste, es decir, a obrar cruelmente, prepárate a ello, sé cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán. Y ahora anda, vete con las mujeres a derramar lágrimas, y para descargar tu crueldad con el mismo golpe, a él y a mí, si te parece que lo hemos merecido, mátanos.
Conoció el príncipe la grandeza de ánimo de su hija, pero no por ello creyó que estuviese tan firmemente dispuesta a lo que con sus palabras amenazaba como decía; por lo que, separándose de ella y alejando el pensamiento de obrar cruelmente contra ella, pensó con la condenación del otro enfriar su ardiente amor, y mandó a los dos que a Guiscardo guardaban que, sin hacerlo saber a nadie, la noche siguiente lo estrangularan y, arrancándole el corazón, se lo llevasen. Los cuales, tal como se les había ordenado, lo hicieron, por lo que, venido el día siguiente, haciéndose traer el príncipe una grande y hermosa copa de oro y puesto en ella el corazón de Guiscardo, por un fidelísimo sirviente suyo se lo mandó a su hija y le ordenó que cuando se lo diera le dijese:
-Tu padre te envía esto para consolarte con lo que más amas, como le has consolado tú con lo que él más amaba.
Ghismunda, no apartada de su dura decisión, haciéndose traer hierbas y raíces venenosas, luego de que su padre partió, las destiló y las redujo a agua, para tenerla preparada si lo que temía sucediese. Y venido el sirviente a ella con el regalo y con las palabras del príncipe, con inconmovible rostro la copa recibió, y descubriéndola, al ver el corazón y al oír las palabras, tuvo por certísimo que aquél era el corazón de Guiscardo, por lo que, levantando los ojos hacia el sirviente, dijo:
-No convenía sepultura menos digna que el oro a tal corazón como es éste; discretamente ha obrado mi padre en esto.
Y dicho esto, acercándoselo a la boca, lo besó y después dijo:
-En todas las cosas y hasta en este extremo de mi vida he encontrado tiernísimo el amor que mi padre me tiene, pero ahora más que nunca; y por ello las últimas gracias que debo darle ahora por tan gran presente, de mi parte le darás.
Dicho esto, mirando la copa que tenía abrazada, mirando el corazón, dijo:
-¡Ay!, dulcísimo albergue de todos mis placeres, ¡maldita sea la crueldad de aquel que con los ojos de la cara me hace verte ahora! Bastante me era mirarte a cada momento con los del espíritu. Tú has cumplido ya tu carrera y te has liberado de la que te concedió la fortuna; llegado has al final a donde todos corremos; dejado has las miserias del mundo y las fatigas, y de tu mismo enemigo has recibido la sepultura que tu valor merecía. »Nada te faltaba para recibir cumplidas exequias sino las lágrimas de quien mientras viviste tanto amaste; las que para que las tuvieses, puso Dios en el corazón de mi cruel padre que te mandase a mí, yo te las ofreceré aunque tuviera el propósito de morir con los ojos secos y con el gesto de nada espantado; y después de habértelas ofrecido, sin tardanza alguna haré que mi alma se una a la que, rigiéndola tú, con tanto amor guardaste.
»¿Y en qué compañía podré ir más contenta y más segura a los lugares desconocidos que con ella? Estoy segura de que está todavía aquí dentro y que mira los lugares de sus deleites y los míos, y como quien estoy segura de que sigue amándome, espera a la mía por la cual sumamente es amada.
Y dicho esto, no de otra manera que si una fuente en la cabeza tuviese, sin hacer ningún mujeril alboroto, inclinándose sobre la copa, llorando empezó a verter tantas lágrimas que admirable cosa era de ver, besando infinitas veces el muerto corazón. Sus damiselas, que en torno de ella estaban, qué corazón fuese éste y qué querían decir sus palabras no entendían, pero por la piedad vencidas, todas lloraban; y compasivamente le preguntaban en vano por el motivo de su llanto, y mucho más, como mejor podían y sabían, se ingeniaban en consolarla. La cual, después de que cuanto le pareció hubo llorado, alzando la cabeza y secándose los ojos, dijo:
-Oh, corazón muy amado, todos mis deberes hacia ti están cumplidos y nada me queda por hacer sino venir con mi alma a estar en tu compañía.
Y dicho esto, se hizo dar la botijuela donde estaba el agua que el día anterior había preparado; y la echó en la copa donde el corazón estaba, con muchas lágrimas suyas lavado; y sin ningún espanto puesta allí la boca, toda la bebió, y habiéndola bebido, con la copa en la mano subió a su cama, y lo más honestamente que supo colocó sobre ella su cuerpo y contra su corazón apoyó el de su muerto amante, y sin decir palabra esperaba la muerte. Sus damiselas, habiendo visto y oído estas cosas, como no sabían qué agua fuera la que había bebido, a Tancredo habían mandado a decir todo aquello, el cual, temiendo lo que sucedió, bajó prontamente a la alcoba de su hija. Adonde llegó en el momento en que ella se echaba sobre la cama, y tarde, con dulces palabras viniendo a consolarla, viendo el término en que estaba, comenzó doloridamente a llorar; y la señora le dijo:
-Tancredo, guarda esas lágrimas para algún caso menos deseado que éste, y no las viertas por mí que no las deseo. ¿Quién ha visto jamás a nadie llorar por lo que él mismo ha querido? Pero si algo de aquel amor que me tuviste todavía vive en ti, por último don concédeme que, pues que no te fue grato que yo calladamente y a escondidas con Guiscardo viviera, que mi cuerpo con el suyo, dondequiera que lo hayas hecho arrojar muerto, esté públicamente.
La angustia del llanto no dejó responder al príncipe, y entonces la joven, sintiéndose llegar a su fin, estrechando contra su pecho el muerto corazón, dijo:
-Quedaos con Dios, que yo me voy.
Y velados los ojos y perdido todo sentido, de esta dolorosa vida se partió. Tal doloroso fin tuvo el amor de Guiscardo y de Ghismunda, como habéis oído; a los cuales Tancredo, luego de mucho llanto, y tarde arrepentido de su crueldad, con general dolor de todos los salernitanos, honradamente a ambos en un mismo sepulcro hizo enterrar .

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