viernes, 31 de julio de 2009

LECTURA. "El amor asesinado", de Emilia Pardo Bazán

EL AMOR ASESINADO

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: "No me separo de ti. Vamos juntos."
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y, poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.
El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y, así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre...; no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...
El Amor, a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.

LECTURA: "El Búho que quería salvar a la humanidad", de Augusto Monterroso

EL BÚHO QUE QUERÍA SALVAR A A HUMANIDAD

En lo más intrincado de la Selva existió en tiempos lejanos un Búho que empezó a preocuparse por los demás.
En consecuencia se dio a meditar sobre las evidentes maldades que hacía el León con su poder; sobre la debilidad de la Hormiga, que era aplastada todos los días, tal vez cuanto más ocupada se hallaba; sobre la risa de la Hiena, que nunca venía al caso; sobre la Paloma, que se queja del aire que la sostiene en su vuelo; sobre la Araña, que atrapa a la Mosca y sobre la Mosca que con toda su inteligencia se deja atrapar por la Araña, y en fin, sobre todos los defectos que hacían desgraciada a la Humanidad, y se puso a pensar en la manera de remediarlos.
Pronto adquirió la costumbre de desvelarse y de salir a la calle a observar cómo se conducía la gente, y se fue llenando de conocimientos científicos y psicológicos que poco a poco iba ordenando en su pensamiento y en una pequeña libreta.
De modo que algunos años después se le desarrolló una gran facilidad para clasificar, y sabía a ciencia cierta cuándo el León iba a rugir y cuándo la Hiena se iba a reír, y lo que iba a hacer el Ratón del campo cuando visitara al de la ciudad, y lo que haría el Perro que traía una torta en la boca cuando viera reflejado en el agua el rostro de un Perro que traía una torta en la boca, y el Cuervo cuando le decían qué bonito cantaba.
Y así, concluía: “Si el León no hiciera lo que hace sino lo que hace el Caballo, y el Caballo no hiciera lo que hace sino lo que hace el León; y si la Boa no hiciera lo que hace sino lo que hace el Ternero y el Ternero no hiciera lo que hace sino lo que hace la Boa, y así hasta el infinito, la Humanidad se salvaría, dado que todos vivirían en paz y la guerra volvería a ser como en los tiempos en que no había guerra.”
Pero los otros animales no apreciaban los esfuerzos del Búho, por sabio que éste supusiera que lo suponían; antes bien pensaban que era tonto, no se daban cuenta de la profundidad de su pensamiento y seguían comiéndose unos a otros, menos el Búho, que no era comido por nadie ni se comía nunca a nadie.

PRENSA. LECTURA: "El país de las hadas muertas", de Nuria Labari

En "El País", este relato de Nuria Labari: EL PAÍS DE LAS HADAS MUERTAS:


Él se ha quedado dormido en su silla del jardín. La camisa se le abre un poco en la panza. Tu madre recoge la mesa sin hacer ningún ruido. Ella tampoco quiere que despierte. El calor derrite vuestra casa como un helado que nadie quiere comer. A ti te gusta ese calor porque lo deja tieso. Coges la aguja y te vas. Sales corriendo hasta el lugar donde brincan las alas azules y allí te quedas quieta mirando hasta que atrapas la primera. Muy despacio, arrancas una de sus alas y posas el cuerpo mutilado de la libélula sobre la tierra. Le colocas una piedrecilla encima para que no arrugue las otras con sus estertores. Coges la aguja y ensartas el ala en tu collar de hada. Cuando empezaste a hacerlo pensabas que sería azul transparente. Ahora algunas alas son verde oscuro y marrones, como pétalos secos. Es el collar de un hada muerta, pero te gusta.
Prefieres las heridas a los moratones. Todos los niños tienen heridas y algunas niñas también. Los moratones, sobre todo los de la espalda, no hay quien los explique.
Las lagartijas las llevas en el bolsillo pequeño de la mochila. Lo mejor es que mueran asfixiadas porque así no se estropea su piel ni les faltan las patas o la cola. Las que matan los chicos se quedan totalmente espachurradas. En tu habitación sacas el cutter y divides al primer animal en dos con una incisión que lo recorre de la cabeza a la cola. Sacas las tripas con cuidado. Casi no hay sangre. No gotea como una herida humana, pero las vísceras sí son rojas. La vacías hasta que puedes extender su piel como una hoja sobre tu escritorio. Es hermosa y perfecta. Colocas dos tomos de la enciclopedia Larousse sobre la piel escamada y esperas mientras se prensa junto a las demás. Serán alfombras en tu casa de muñecas. Todas durarán siempre.
Él quiere al gato tanto como a sus herramientas. Lo encontró dentro del motor de la camioneta y lo llamó Alicates. Hoy Alicates ha salido de la casa y lo encuentras cerca del río. El animal casi nunca sale porque él nunca olvida cerrar una puerta. Cierra y volverá más tarde, cierra y ya no puedes salir, cierra y ya está en casa. El gato no está alerta. Lanzas y la piedra lo atiza en la cabeza. Alicates gime como un chiquillo. Y sangra. No huye, sólo chilla y se lame la herida, como si pudiese beber toda la sangre que brota. Quieres ayudarlo. Coges su cuerpecillo y lo metes en el río para lavar la herida. Pero Alicates se revuelve y lanza gemidos afilados. Sumerges su cabeza y así Alicates se tranquiliza. Inmediatamente deja de chillar y sus movimientos se vuelven lentos debajo del agua. Hasta quedarse completamente quieto. Por fin Alicates no siente nada.
Ha vuelto a olvidar cerrar una puerta. Baja por las escaleras al garaje. Ves su nuca y agarras la misma pala con la que enterraste a Alicates. Sabes que será más fácil que matar al gato.


Nuria Labari es autora de Los borrachos de mi vida (Lengua de Trapo), con el que ganó el VII Premio de Narrativa Caja Madrid.

PRENSA. 31 julio 2009

En "El País":

1. Adocenados en Internet. Reportaje de Javier Sampedro. Las masas son conservadoras, también en la Red,y frenan las ideas rompedoras. El sistema tiende al consenso pero hay diversidad en la gestión.

2. La aldea global es una novela negra. Artículo de Javier Valenzuela. Las obras policiacas y de espionaje narran con crudo realismo los entresijos del mundo. De ahí su popularidad. Petroleros, vendedores de armas, especuladores, politicastros y sicarios son, entre otros, sus nuevos villanos.

3. CINE. Críticas: Desgracia, de Steve Jacobs (inspirada en la novela homónima del Nobel Coetzee); además, Aurora Intxausti entrevista al director. Arrástrame al infierno, película de terror de Sam Raimi. Up, película de animación.

jueves, 30 de julio de 2009

PRENS. LECTURA. "Muerte de un 'single'", relato de Lola Beccaria

En "El País", este relato de Lola Beccaria: MUERTE DE UN 'SINGLE':

Estoy caído contra el suelo y apenas puedo moverme. El navajazo me ha atravesado el pecho, pero respiro bien y no sangro por la boca. Veo el líquido oscuro invadiendo despacio las baldosas. Si corriera rojo brillante, inundándolas a chorro, moriría en seguida. Significa que la hemorragia no es arterial y que tengo cierto margen. Sólo necesito aguantar un poco más. Hasta que llegue Carol. ¿Qué hora es? Casi no puedo levantar la mano. El reloj marca ahora las ocho y media. Ya tendría que estar aquí. Qué fatalidad, justo hoy llega tarde... Carol, si no vienes pronto, no me encontrarás ni podrás ayudarme; si no vienes, nadie me encontrará y moriré aquí tirado, con un agujero en el tórax, desangrado y solo. Siempre vienes a esta hora, porque es verano y porque vives cerca de la clínica y porque te gusta dar un paseo cuando todavía es de día. Si fuera invierno no vendrías, pero tengo la suerte de que es verano y de que te gusta venir a buscarme antes de que anochezca... Qué dulce eres, Carol... Si no fuera verano, y si no amases los jazmines que bordean el camino, y si su olor no anunciara el atardecer, si no amases entrar por la puerta y besarme, hoy yo moriría.
Carol, ¿dónde estás, qué te ha retenido, cómo te alejas de mí en este trance? Moriré aquí, en este lugar aislado por donde nadie ha de pasar si no eres tú. Si ahora llegaras, todavía habría tiempo: te daría instrucciones, controlarías la hemorragia y pedirías ayuda.
Pero no estás aquí... Ahora me doy cuenta de que ni vienes ni vas a venir jamás, Carol. Tú, que habrías sido mi salvación. No vas a venir, seamos realistas. No vas a venir porque un día te dije que si seguía viéndote acabaría enganchándome, y que no quería nada serio, que estaba muy cómodo así, y por ese motivo dejé de verte y corté de raíz nuestra relación. No vendrás porque decidí estar solo, porque la vida es muy larga y ya habría tiempo de vivir un amor, porque creía que si te perdía, en cualquier momento podría llegar otra como tú, porque no sabía que los dioses ponen precio al tiempo desperdiciado y se cabrean si rechazas sus preciosos regalos... Y si no hubiera estado ciego creyendo que en solitario habría de vivir más, y más felizmente, ahora estaría ante el resto de mi vida y no en su triste remate final. Con tu amor, habría superado este dolor en el pecho, me habrías cosido a besos, me habrías amado y ese amor mismo habría vuelto la sangre a mis venas y habría cauterizado la herida...
-¿Carol? ¡Carol...! ¡Has venido! No puedo creerlo...
-Sí, Frank, así es. No he abandonado mis paseos, y lo he visto todo a través de la ventana.
-Eres mi ángel de la guarda.
-No, querido. Uno no mata a su ángel de la guarda, y tú me mataste. Sólo soy un espíritu errante que no tendría que estar aquí.
-Pero...
-Adiós, Frank. Cuídate.

Lola Beccaria es escritora, autora de El arte de perder (Planeta).

miércoles, 29 de julio de 2009

LECTURA. "Decorado en la noche", cuento de Ray Bradbury

DECORADO EN LA NOCHE

Los escenarios de los estudios cinematográficos se alzaban detrás de altos muros verdes. El sol quemaba y tensaba las telas de los decorados durante el día y la niebla humedecía y aflojaba las mismas telas por la noche. En la "rue de la Paix" reinaba el silencio. En Piccadilly Circus, los pajaritos picoteaban las migajas dejadas por un electricista durante la filmación de una película unos meses atrás. Podía observarse el lugar donde la lluvia había envejecido realmente los edifi­cios nuevos que representaban otros antiguos. Múlti­ples técnicos habían trabajado durante años para enve­jecer estos escenarios de Oslo, Viena, Dnieperpetrovsk, Singapore, Dublín... y ahora el tiempo finalizaba la tarea convirtiendo aquel proceso en un arte.
Era ya muy tarde. Reinaban las sombras alargadas y el frío. Era la primavera, pero los árboles de cartón no exhibían sus vástagos, esperando adquirir belleza y barniz gracias a los técnicos. Era sólo una media pri­mavera. El cielo era benigno, pero la tierra necesitaba un director que, como Cristo, pudiese golpear las rocas con su varita y un apropiado talonario de cheques, para provocar magnificencias, colores y un burbujeo de es­pectáculos naturales.
El hombre estaba en la sombra, sin hacer nada. Se inclinó, recostándose contra un poste telefónico, con las manos en los costados, inexpresivo el rostro.
Otro hombre más joven rodeó una esquina de la plaza, cerca de la "catedral de Notre Dame", pasó delante de un Banco americano, una hacienda española, y atisbó por cada puerta, buscando algo y claramente preo­cupado.
Los dos hombres se encontraron. El que buscaba re­trocedió un paso, y luego corrió adelante.
—¡Matt... estás aquí!
Matt, el que estaba recostado contra el poste, en la sombra, no habló, no se movió, no agitó un solo pár­pado.
El individuo más joven pareció aturdido y añadió, mirando la sombra:
—¿Eres tú, Matt? —parecía dudarlo. El que estaba junto al poste miraba a los lejos. Al cabo de un instante entreabrió los labios para decir:
—Hola.
—Matt, soy yo... Paul. No pensé en buscar en este lugar. Se me ocurrió hoy. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Mucho tiempo —contestó Matt, mirando al cielo. Paul alargó una mano.
—¿Desde diciembre?
—Más aún.
—Fue en diciembre cuando desapareciste.
—Más aún —repitió el hombre que estaba en la som­bra, quedamente.
—¡Pero es... es imposible! —el joven Paul rio, tole­rante—. ¡No desapareciste hasta diciembre!
El hombre que estaba junto al poste no cambió de postura.
—Te sorprendería saber cuánto tiempo llevo aquí. Esto me gusta.
—Bien, ahora vendrás a casa. Vera te perdona.
—Ya estoy en casa.
—Vera se alegrará mucho de verte.
—¿Quién es?
—Vámonos, Matt.
El hombre de la sombra no se movió.
—Por favor, quita la mano de mi brazo, Paul. No iré contigo. Ya no pertenezco allí. No me gusta aquello. Yo soy de aquí. Este es mi hogar. Aquí conozco a todo el mundo.
—Estás cansado.
—Estoy descansando —ni una sola vez durante la conversación había mirado al joven—. Si saliera de aquí me cansaría. Jamás me sentí tan descansado como ahora.
—¿No estás solo?
—No. Estaba solo con Vera, Tom y los demás. Iba con ellos y siempre me divertía. Será mejor que vuel­vas a su lado, Paul.
—Vine a buscarte y no me iré —se obstinó el joven.
—Entonces, supongo que soy yo quien tendrá que marcharse —repuso el hombre desde la sombra—. Bue­nas noches, Paul.
Y cuando el hombre dio media vuelta en la sombra, su espalda, su espina dorsal y su nuca no fueron nada más que un conjunto de puntales y zoquetes que lo man­tenían de una pieza y daban sustancia a la masa de cartón de su postiza parte delantera.
Se desvaneció lentamente por entre los oscuros edi­ficios.

PRENSA. LECTURA: "Morir en Benidorm", relato de Óscar Aibar

En "El País", este relato del cineasta y escritor Óscar Aibar: MORIR EN BENIDORM:

El legendario detective Perico Varela, también llamado el Chucho en el negocio de los problemas, bajaba del autobús en la estación de Benidorm cuando un taxista se acercó para ayudarle con su maleta.
-Déjala, todavía me queda un brazo -le gruñó.
-¿Unos días de vacaciones?
-No, he venido a buscar el otro.
No empezó a echarlo realmente de menos hasta unos días antes, cuando soltó de repente en medio de una partida de mus: "no quiero que me entierren incompleto". Sus colegas de la residencia se habían acostumbrado a verle así, manco, separando las cartas con la punta de la nariz para mirar el juego. Por eso pensaron que quería que lo enterraran junto a su difunta esposa. Pero él hablaba de su brazo izquierdo. "Tengo que encontrarlo", añadió. No lo había necesitado en los ochenta para atrapar al conde Petrov, el mayor traficante de uranio de la Costa del Sol, ni en el 67 para enchironar al sacamantecas de Murcia, ni en el verano del 91 para meterle en Menorca una bala del 38 entre ceja y ceja a Rudolph Iceman de parte del Mossad. Pero ahora, 45 años después del accidente de tráfico que lo apartó de la policía para siempre, sin saber por qué Varela necesitaba urgentemente reunirse con su brazo antes de estirar la pata.
Aquel calor pringoso de la costa retorcía los viejos huesos del Chucho, pero su cabeza aún estaba en su sitio. No tardó ni cuatro horas en localizar el hospital donde le habían troceado y en conseguir soltar algunas lenguas valiéndose de su natural simpatía y de unos cuantos billetes marrones.
Flora, la enfermera jefe encargada de los desechos clínicos, era una hembra de las de antes. Su naturaleza se había expandido con los años como una supernova, pero todavía conservaba unas curvas capaces de joderle la vida a un hombre.
-Ahora hay empresas especializadas que se encargan de retirar los desechos humanos, pero entonces simplemente lo quemábamos todo en la caldera -le explicó después de un breve interrogatorio.
-¿Y las cenizas, qué pasaba con las cenizas?
-Las tirábamos a la basura. ¿Por qué?
La historia del viejo detective conmovió a Flora y aquella misma noche la mujer descubrió que la naturaleza había compensado muy bien al Chucho por su carencia. Pasó una semana y luego un mes y luego tres años, y una noche paseando por la playa frente al bar de María Jesús y su acordeón, Varela tiró su vieja Astra al mar para siempre y miró fijamente a Flora.
-Mi última voluntad es que me entierren en el vertedero, junto a las cenizas de mi brazo. ¿La respetarás cuando llegue el momento?
La vieja enfermera asintió y él rodeó con el otro brazo su infinita cintura.
Ahora, Perico Varela espera a la muerte en Benidorm. Nunca nadie imaginó que la historia de un hombre como él acabara de esta manera y en un lugar como éste, pero cosas más raras se han visto.


Óscar Aibar es cineasta y escritor, autor de Making of (Mondadori)

martes, 28 de julio de 2009

PRENSA. LECTURA. "Recién parida", de Luz Mellado

En "El País", la escritora y periodista Luz Mellado se nos muestra RECIÉN PARIDA:

Mañana vuelvo al trabajo después del parto. No veo el momento. Voy más ancha que larga. He empalmado el permiso de maternidad y las vacaciones, pero 20 semanas no son nada para desembarazarse de los kilos del embarazo. Cuando llegué a 22 dejé de contarlos y aún tardé tres semanas en parir. Lo de dar a luz es un eufemismo de revista femenina. Lo mío fue un parto como está mandado. A pelo.
Me dejaron en dilatación diciéndome que iba para largo. Pero a la hora, mientras me clavaban en el lomo la banderilla de la epidural, vino la matrona, me metió mano y empezó a chillar que al paritorio, que ya. "Estas cuarentonas no tienen término medio, o van a cesárea o se les cae el crío a plomo", oí que le decía a otra mocosa por lo bajinis. Me dolió, mira tú. Una cosa es ser primípara añosa y otra que te lo recuerden cuando estás en un ay, sudando a mares y con el culo al aire.
El celador fue más amable. "Levanta el culete, que nos vamos", va y me dice el tipo, un yogurín cosidito de piercings. ¡Culete!, a mí, con semejante pandero. Qué mono. La niña salió en tres empujones, eso sí. Acababan de coserme los puntos de la episiotomía cuando noto un cosquilleo en los bajos. La epidural. Más vale tarde que nunca. No pegué ojo en tres días, pero tuve las piernas dormidas toda la noche, algo es algo.
De la lactancia ni hablamos. Que me perdonen las de la Liga de la Leche, pero yo me rajo. Aún tengo los pezones como badajos después de semanas ordeñándomelos sin saciar a la criatura. Desde que le enchufé biberones como extintores cada tres horas fue otra niña. Y yo, otra mujer.
Con mi poquita de depresión posparto, vale. Que parece que sólo la tienen las famosas. Que si Brooke Shields, o Gwyneth Paltrow, o cualquier guiri con glamour se confiesa en el Hola, le hacemos la ídem muertas de la empatía: qué sencilla, qué humana, cómo sufre. Pero tú, que tenías tantas ganas. Tú, que casi se te socarra el arroz esperando al padre perfecto. Tú, que te has pasado dos años en reproducción asistida visto que no aparecía. Tú ¿de qué te quejas, mona? De la vida. Mañana vuelvo al curro. Vuelvo a ser persona. No una alienígena como esa Miranda Rijnsburger, señora de Julio Iglesias, que salía de la clínica con los gemelos en brazos y los pitillo bailándole en las caderas. A mí también me baila la ropa. Me he agenciado un surtido de blusas flotantes y bombachos tipo Bollywood que ni me rozan las lorzas. Igual creo tendencia en la empresa. Para algo soy la jefa.

lunes, 27 de julio de 2009

LECTURA. "Acerca de la muerte de Bieito", de Rafael Dieste

ACERCA DE LA MUERTE DE BIEITO

Fue cerca del camposanto cuando sentí removerse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro portadores del ataúd yo era uno). ¿Lo sentí o fue aprensión mía? Entonces no podría asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan suave!... Como la tenaz carcoma que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi magín enfervorizado aquel suave rebullir.
Pero es que yo, amigos míos, no estaba seguro, y por tanto -comprendedme, escuchadme-, por tanto no podía, no debía decir nada.
Imaginaos por un instante que yo hubiera dicho:
-Bieito está vivo.
Todas las cabezas de los viejos que portaban cirios se alzarían con un pasmado asombro. Todos los chiquillos que iban extendiendo la palma de la mano bajo el gotear de la cera vendrían en remolino a mi alrededor. Se apiñarían las mujeres junto al ataúd. Resbalaría por todos los labios un murmullo sobrecogido, insólito:
-¡Bieito está vivo! ¡Bieito está vivo!...
Callaría el lamento de la madre y de las hermanas, y en seguida también, descompasándose, la circunspecta marcha que plañía en los bronces de la charanga. Y yo sería el gran revelador, el salvador, eje de todos los asombros y de todas las gratitudes. Y el sol en mi rostro cobraría una importancia imprevista.
¡Ah! ¿Y si entonces, al ser abierto el ataúd, mi sospecha resultara falsa? Todo aquel magno asombro se volvería inconmensurable y macabro ridículo. Toda la anhelante gratitud de la madre y de las hermanas se convertiría en despecho. El martillo clavando de nuevo la caja tendría un son siniestro y único en la tarde atónita. ¿Comprendéis? Por eso no dije nada.
Hubo un instante en que por el rostro de uno de los compañeros de fúnebre carga pasó la leve insinuación de un sobresalto, como si él también estuviese sintiendo el tenue rebullir. Pero no fue más que un lampo. En seguida se serenó. Y no dije nada.
Hubo un instante en que casi me decido. Me dirigí al de mi lado y, encubriendo la pregunta en una sonrisa de humor, deslicé:
-¿Y si Bieito fuese vivo?
El otro rió pícaramente como quien dice: «Qué ocurrencias tenemos», y yo amplié adrede mi falsa sonrisa de broma.
También me encontré a punto de decirlo en el camposanto, cuando ya habíamos posado la caja y el cura rezongaba los réquienes.
«Cuando el cura acabe», pensé. Pero el cura terminó y la caja descendió al hoyo sin que yo pudiese decir nada.
Cuando el primer terrón de tierra, besado por un niño, golpeó dentro de la fosa contra las tablas del ataúd, me subieron hasta la garganta las palabras salvadoras... Estuvieron a punto de surgir. Pero entonces acudió nuevamente a mi imaginación la casi seguridad del horripilante ridículo, de la rabia de la familia defraudada si Bieito se encontraba muerto y bien muerto. Además, decirlo tan tarde acrecentaba el absurdo desorbitadamente. ¿Cómo justificar no haberlo dicho antes? ¡Ya sé, ya sé, siempre se puede uno explicar! ¡Sí, sí, sí, todo lo que queráis! Pues bien... ¿Y si hubiese muerto después, después de sentirlo yo remecerse, como quizá se pudiera adivinar por alguna señal? ¡Un crimen, sí, un crimen el haberme callado! Oíd ya el griterío de la gente...
-Pidió auxilio y no se lo dieron, desgraciado...
-Él sentía llorar, se quiso levantar, no pudo...
-Murió de espanto, le saltó el corazón al sentirse bajar a la sepultura.
-¡Ahí lo tenéis, con la cara torcida por el esfuerzo!
-¡Y ése que lo sabía, tan campante, ahí sonriendo como un payaso!
-¿Es tonto o qué?
Todo el día, amigos míos, anduve loco de remordimientos. Veía al pobre Bieito arañando las tablas en ese espanto absoluto, más allá de todo consuelo y de toda conformidad, de los enterrados en vida. Llegó a parecerme que todos leían en mis ojos adormilados y lejanos la obsesión del delito.
Y allá por la alta noche -no lo pude evitar- me fui camino del camposanto, con la solapa subida, al arrimo de los muros.
Llegué. El cerco por un lado era bajo: una piedras mal puestas sujetas por hiedras y zarzas. Lo salté y fui derecho al lugar... Me eché en el suelo, arrimé la oreja, y pronto lo que oí me heló la sangre. En el seno de la tierra unas uñas desesperadas arañaban las tablas. ¿Arañaban? No sé, no sé. Allí cerca había una azada... Iba ya hacia ella cuando quedé perplejo. Por el camino que pasa junto al camposanto se sentían pasos y rumor de habla. Venía gente. Entonces sí que sería absurda, loca, mi presencia allí, a aquellas horas y con una azada en la mano.
¿Iba a decir que lo había dejado enterrar sabiendo que estaba vivo?
Y huí con la solapa subida, pegándome a los muros.
La luna era llena y los perros ladraban a lo lejos.

LECTURA. "El niño suicida", cuento de Rafael Dieste

EL NIÑO SUICIDA

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante -un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha-, habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:
-Yo sé la historia de ese niño.
Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.
-Yo sé la historia de ese niño -repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:
-Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.
Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y, como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.
El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.
Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que los que le habían conocido la primera vez pensaron que había sido un milagro de la Virgen.
Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie -a no ser uno o dos amigos fieles-, podría vivir mejor su verdadera vida.
Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa... Pero de eso no estoy seguro.
Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré -tenía ocho años- estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!
Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después... ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final... ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica -puede que cuando ella durmiese- para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente...
El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:
-Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.
Los cuatro bebedores de aguardiente creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido: sin pagar.

PRENSA. LECTURA: "Caídos del cielo", relato de Luis Leante

En "El País", este relato de Luis Leante: CAÍDOS DEL CIELO:

Primero fue el cadáver de un pelícano que apareció flotando en el centro de la piscina a mediados de verano. Luego, una orangutana a la que los vecinos de la urbanización bautizaron como Chita. Pero hasta que no encontraron una cría de canguro sobre el agua clorada a nadie se le ocurrió llamar a la policía. No era normal que cayeran marsupiales del cielo, especialmente en aquellas latitudes.
El inspector Chacón estaba convencido de que todo era un montaje del nuevo comisario para ponerlo a prueba. Empujó el cadáver del canguro con la punta del zapato y pidió que le enseñaran los otros animales que habían aparecido en la piscina. "Jodido comisario", pensó el inspector Chacón mientras examinaba la panza del animal y sus patitas encogidas. A su alrededor se arremolinaba una maraña de vecinos que querían ver en acción a la policía. "Dispérsense, señores, dispérsense, que aquí no tienen nada que hacer", gritaba un agente de uniforme.
Aquella noche la pasó el inspector Chacón junto a la piscina, haciendo guardia bajo una palmera datilera, con los ojos clavados en el cielo a la espera de que apareciera sobre el agua un urogallo, un lince, o tal vez un oso polar. De todas formas aquel asunto le había quitado el sueño y prefería pasar la noche al raso que estar dando vueltas sobre el colchón hasta el amanecer, empapado en sudor. Y justamente al amanecer, cuando la rosada aurora pintarrajeaba en el horizonte, lo vio caer como un proyectil sobre la piscina. Cerró y abrió los ojos varias veces hasta identificar el cuerpo de un águila perdicera flotando en el agua cristalina. Miró al cielo y descubrió, en la última planta del edificio, la presencia de un hombre que en seguida desapareció de su vista. El inspector Chacón tuvo que subir los ocho pisos a pie, porque el ascensor estaba averiado. Pulsó el timbre y le abrió un inofensivo ancianito. "Creo que esto es suyo", dijo el policía blandiendo el cuerpo disecado del águila perdicera, "¿podemos hablar?". El taxidermista jubilado lo invitó a pasar. Sobre la mesa del salón, el inspector reconoció un zorro disecado, un hurón, dos lagartos canarios y un alimoche africano. "Veo que está usted desprendiéndose de la colección", dijo el policía, desconcertado. "Así es", afirmó el taxidermista, "a mi pobre Carmen nunca le gustaron los animales disecados. Se pasó toda la vida renegando, y ahora que ella... en fin... ha fallecido, es el momento de desprenderme de mis criaturas". "Le acompaño en el sentimiento", dijo el policía. Entonces, se dio la vuelta y vio a una mujer sentada en la terraza, mirando al infinito. Se acercó y le dio los buenos días, pero la anciana no respondió. "Es inútil", le explicó el taxidermista, "la pobre Carmen ya no puede oírnos: ni sufre, ni padece". El inspector Chacón se situó frente a ella y vio su mirada vítrea, las piernas encogidas como las patitas de un canguro y los dedos agarrotados como los de un águila perdicera.

Luis Leante es escritor, autor de La luna roja (Alfaguara)

PRENSA. 27 julio 2009

En "El País":

1. Ha llegado el momento de la historia. En este artículo, Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, defiende la enseñanza de la Historia en las escuelas.

2. Ahora sí, otro mundo es posible. Artículo de Federico Mayor Zaragoza. La crisis y el liderazgo de Obama son una oportunidad para cambiar el rumbo, para conseguir que primen los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad, pisoteados en la anterior etapa por el culto al mercado.

3. Me considero un 'friki' que disfruta de su condición. Entrevista al director de cine Peter Jackson, por Rocío Ayuso.

domingo, 26 de julio de 2009

PRENSA. Sobre la traducción y los traductores de 'best sellers' en España

En el diario "Público", estos dos artículos sobre la traducción de best sellers en España, firmados por Jesús Rocamora:


1. UN ÉXITO A CONTRARRELOJ

Gracias a ellos, podemos leer en español a Stephen King, Ken Follett, Harry Potter y la trilogía de Larsson. Aunque su labor es invisible, están sujetos a la presión y a los plazos del autor, pero pocas veces a los mismos derechos.


Como dice el escritor y editor mexicano Roberto Pliego en el número de mayo de la revista Texturas, el best seller "tiene menos expectativa de vida que una mosca". Convertirse en un fenómeno editorial no tiene tanto que ver con la cantidad como con el tiempo: no es tan crucial vender determinadas toneladas de libros como que esos millones se despachen en un plazo cada vez más corto de tiempo.
"No es lo mismo vender 100.000 copias en un mes que 1.000.000 en 15 años", asegura Pliego, para quien hablamos de un producto con fecha de caducidad en el reverso, "como el pan de caja, los alimentos enlatados, las medicinas".
Una vez dentro de la cadena de montaje del best seller, cada una de las divisiones de la producción queda afectada irremediablemente por su vocación instantánea: desde los plazos de entrega de los propios autores, a la distribución y la colocación de los ejemplares en las tiendas. También la traducción, posiblemente una de las labores más invisibles y menos reconocidas de todas aquellas que permiten que un libro llegue finalmente a su lector.
Tomemos como ejemplo al omnipresente Stieg Larsson
, cuya condición de best seller revelación de la temporada ha sorprendido incluso a sus traductores al castellano, que han visto cómo unas ventas cada vez mayores empujaban el ritmo de una traducción que, como siempre, debía estar lista para ayer. "De un plazo de unos diez y once meses, que es lo ideal y es lo que tardamos con el primer volumen, Los hombres que no amaban a las mujeres, hemos pasado a la mitad, unos seis meses, que es lo que tuvimos para La reina en el palacio de las corrientes de aire", dice Martin Lexell, profesor de literatura nórdica y cotraductor de Larsson en España junto a Juanjo Ortega.

UN CAMBIO EN EL MERCADO
Lexell, que publicó su primera traducción de una novela en 1993, asegura que su trabajo ha cambiado mucho, especialmente en los últimos años, y mucho más con el boom de la literatura nórdica: "Antes, estos libros no eran best sellers y su traducción caía en otro tipo de editoriales. Y no corría tanta prisa; era otro mercado. En el fondo, con Larsson nunca nos planteamos que estuviéramos traduciendo a un superventas. No nació con esa vocación: era un escritor desconocido y era su primera obra, así que no es igual que un Dan Brown o un Ken Follett".
Su método de trabajo siempre pasa por la colaboración ("No me gusta traducir solo"), en el caso de Larsson, con Juanjo Ortega, con quien ha compartido durante los dos últimos años notas, comentarios, soluciones a problemas sintácticos y semánticos, y con quien celebraba lecturas colectivas para resolver dudas "en un proceso de aprendizaje mutuo".
Ortega, por su parte, resopla al recordar "que hemos corrido lo que no está escrito porque, a raíz del éxito, la editorial [Destino] aceleró los plazos de entrega. Ha sido una experiencia única, con dedicación, dura e intensa, pero también muy agradecida". Es lo que tiene ir por el metro o la calle, y darse cuenta de que ocho de cada diez peatones llevan algún tomo de Larsson: "A veces me entra un ataque de soberbia y te entran ganas de decir: ¡Oye, que ese libro lo he traducido yo!".
Según cuenta Ortega, la traducción del sueco les ha exigido, en cierta manera, localizar el texto para evitar expresiones que un lector español no pueda entender: "A veces hay que rebuscar en el lenguaje, retorcer el texto hasta que exprese lo que quería el autor originalmente". ¿Debe ser invisible el traductor? "Debe ser objetivo y fiel al texto original, lo que no quiere decir literal. Hay muchos términos para los que, sencillamente, no hay traducción".
Se refiere a casos concretos de los tres tomos. Sin ir más lejos, en La reina en el palacio abundan los términos jurídicos y democráticos sin equivalencias porque los sistemas de gobierno no siempre son equiparables. "En Los hombres nos topamos con la palabra sueca midsommar, una celebración que no tiene equivalente en español: no es la fiesta del medio-verano, tampoco la de san Juan, que es otro referente cultural, ni la celebración del solsticio, que suena muy rebuscado. Así que optamos por dejarlo en original y explicar el término en una anotación dentro del texto".
Para problemas con el lenguaje, los que habitualmente sortea Lourdes Porta traduciendo a autores japoneses, entre otros, Haruki Murakami, algo así como un best seller de culto cuyas ventas, si no llegan al nivel masivo de Ken Follett o Stephen King, pueden contarse por millones.
Al igual que Larsson, ha ido creciendo con el tiempo. "A Murakami lo descubrí hace 15 años y en Japón ya era best seller, pero aquí ha sido una sorpresa", reconoce Porta, para quien el subidón experimentado por el autor tras la publicación de Tokio Blues ha acelerado un poco el ritmo de publicaciones en castellano... pero no mucho: una media de uno al año. "No puedes traducir del japonés al mismo ritmo que lo haces del inglés o del francés. Requiere un tiempo y necesitas hacer reposar la prosa, descansar y revisar porque el estilo se tiene que trabajar muchísimo. De ahí que el ritmo no sea como en otros best sellers".

UNA COMUNA DE LETRAS
El estudio de traductores Anuvela es el encargado de la traducción al castellano de Ken Follett
, Stephen King, Frederick Forsyht y Katherine Neville, entre otros. Se definen como "un colectivo de traductores literarios", nacido en Barcelona en 2001 ante "la necesidad de compartir espacio y recursos" y de "crear un remanso profesional donde varios amigos pudieran ofrecerse apoyo mutuo y risas terapéuticas". Son responsables de algo cada vez más corriente en tiempos de lanzamientos mundiales: la traducción colectiva.
Fue el caso del último libro de Follett, Un mundo sin fin. Random House Mondadori acudió a ellos "porque necesitaban tenerlo en menos de tres meses", recuerda Robert Falcó, de Anuvela, cotraductor junto a Laura Martín, Laura Rins y Ana Alcaina. "Lo normal sería el doble, pero un título así nunca se hace en el plazo normal porque quiere aprovechar la repercusión del autor con el lanzamiento en el extranjero".
Las traducciones en grupo se han hecho siempre, reconoce Falcó: "Nosotros hemos intentado profesionalizarlas".
Su método de trabajo incluye a una persona que, además de traducir su parte, se encarga de que todos los textos mantengan una unidad, un estilo y de que el todo sea coherente. Como resultado, la traducción es firmada como colectivo, aunque también se recogen los nombres individuales. La encargada de coordinar Follett es Ana Alcaina, que también ejerció como tal en El fuego, de Katherine Neville. "En ninguno de los dos casos la editorial nos impuso directrices ni presiones. Al tratarse de secuelas, sí nos indicaron que leyésemos Los pilares de la tierra y El ocho. El coordinador debe encargarse de que la secuela guarde paralelismos con la anterior".
Pero también hay un lado menos amable de tratar con autores como King o Forsyth: "El muchos casos, por el mismo tema de plazos que sufre el escritor, hay que corregir en el original datos históricos imprecisos, usos incorrectos de otras lenguas, incoherencias en el argumento, lo cual añade una dificultad extra", dice Verónica Canales, también de Anuvela. Y si es una secuela, como es el caso de King y su Torre Oscura, "implica la elaboración de un glosario que mantenga la coherencia".
Si además el libro original no se ha publicado aún en el país de origen (como El afgano, de Forsyth), "el autor puede introducir continuas correcciones al texto que tú estás traduciendo", dice Canales, lo que convierte a la traducción en una "retraducción".

TARIFAS ALTAS Y REPERCUSIÓN
En Anuvela tienen claro cuáles son las diferencias entre traducir un best seller y un título que no lo es. "La tarifa y la repercusión mediática de tu trabajo", dice Falcó. Sobre lo primero, "tenemos la contrapartida de que negociamos una tarifa de traducción más alta a la habitual y, si el libro acaba siendo un éxito de ventas, cobramos un porcentaje de los libros vendidos en concepto de derechos de autor, como cualquier escritor". Sobre lo segundo, "sabes que, cuando traduces a Follett, tu trabajo va a ser leído por mucha gente. Eso impone respeto. También que vaya a ser analizado por la crítica".
El anhelo del traductor está en boca de Verónica Canales: "Aspiramos a que algún día el lector pueda tener preferencias por un traductor u otro, que sepa que la calidad de lo que lee está en manos de autores con nombres y apellidos distintos (y a la vez tan parecidos) al escritor".


2.
¿QUIÉN SE COMIÓ EL QUESO DEL TRADUCTOR?
Las relaciones entre editoriales y traductores siempre podrían ser mejores: en algunos casos rozan la ilegalidad.


"Obviamente, bombazos como El señor de los anillos, Harry Potter o Ken Follett hay muy pocos. Y hay que tener en cuenta que, para llegar a cobrar derechos de autor, un libro tiene que superar, más o menos, los 60.000 ejemplares vendidos; lo cual son muchos ejemplares si tenemos en cuenta que la tirada media de un libro está entre los 4.000 o 5.000 ejemplares", reconoce Robert Falcó, del estudio de traductores Anuvela.
Según la Ley de Propiedad Intelectual, los traductores son autores y, como tal, reciben un porcentaje de la explotación de derechos. Sin embargo, "aún hay editoriales que no hacen contratos de traducción o que no especifican el porcentaje de derechos de autor que nos corresponde", avisa Falcó.

UN PELOTAZO NO ESPERADO
¿Quién se ha llevado mi queso?
El caso de Montserrat Gurguí ha sido uno de los más sonados, aunque no se considera traductora de best sellers porque, de los 120 libros aproximadamente que ha traducido en 23 años de carrera, sólo el 5% le ha dado derechos. Su mala experiencia viene precisamente de uno de esos superventas por los que nadie parecía apostar: ¿Quién se ha llevado mi queso?, de Spencer Johnson (Ediciones Urano). "Lo hice sin contrato, gracias a una modalidad que contempla la LPI que se llama a tanto alzado y por la que el traductor cobra lo estipulado (por página) y el editor sólo puede sacar una única edición. Si quiere sacar más, debe hacer contrato".
El libro se publicó por primera vez en febrero de 2000. En otoño de este año, Gurguí vio que iba por la octava edición y que empezaba a aparecer en la lista de más vendidos. "En La Vanguardia se decía que se habían vendido 100.000 ejemplares. Me puse en contacto con el editor, le dije que la edición estaba fuera de la ley y le invité a que regularizáramos la situación. Me aseguró que él no creía en los contratos, como si fuera una cuestión de fe".
Después de un tira y afloja, pactaron un 0,50% de royalties y firmaron un contrato en noviembre de 2000. Pero en Navidades del mismo año, había otra edición en la calle con el nombre de otro traductor. "Era prácticamente igual que la mía. Se habían dedicado a cambiar cuento por relato, luego por después, etc. El autor de la nueva traducción era un colaborador de la casa, amigo personal del editor. Se había saltado el contrato en función de una cláusula que llevan todos los contratos y estaba explotando otra traducción. Lo rompió y tuvo que indemnizarme".


UN CLÁSICO SIN DERECHOS

Tolkien y su versión española
Falcó recuerda también "uno de los casos más sangrantes", el de Matilde Horne, traductora de Las dos torres y El regreso del rey, de la trilogía El señor de los anillos. Horne, que murió a mediados del año pasado, recibió tan sólo el pago de 6.000 euros en concepto de derechos de autor por sus traducciones cuando el editor Franciso Porrúa vendió Minotauro al gigante editorial Planeta. "Y cuando reclamó a Planeta, le ofrecieron 1.200 euros al año", recuerda Falcó, que propone jugar con los números: "Imaginemos que en 2001 [tras el boom de la primera película] se vendieron 500.000 ejemplares y que cada uno podía costar unos 20 euros. Eso equivale a 10.000.000 de facturación". Si le hubieran pagado "un simple 0,5%, el total asciende a 50.000 euros en concepto de derechos de autor. Y eso sólo teniendo en cuenta lo que debería haber cobrado en el año 2001".
Posteriormente, y gracias a la intervención de las asociaciones de traductores, Planeta acabó liquidándole los derechos que le correspondían desde la compra de Minotauro.

INGLÉS EN LAS ALPUJARRAS

Chris Stewart, el escritor que fue batería de Genesis
Gurguí subraya un caso reciente y "muy flagrante de impagos y malos tratos": el de Chris Stewart, batería del grupo Genesis, británico enamorado del paisaje de Las Alpujarras al más puro estilo de Gerald Brenan. Stewart publicó en 1999 Driving among lemons. An optimistic in Andalucía, un best seller en Reino Unido y EEUU que en España ha sido editado por Almuzara bajo el título Entre limones.
Según denunciaba el propio autor a El diario de Córdoba en febrero, no ha cobrado "nada" por el libro, que en España ha vendido 250.000 ejemplares. Es la cabeza visible de una situación con el grupo Almuzara que, según ACEtt, asociación fundada en 1983 para defender los intereses y derechos de los traductores de libros, afecta a nueve de sus afiliados.

BIBLIOTECA. "Erec y Enide", de Manuel Vázquez Montalbán

Amor y desamor confluyen en esta novela cuyo título remite al primer "roman" del ciclo artúrico que Chrétien de Troyes escribió en el siglo XII. La trama gira en torno a las vivencias de Julio Matesanz, un viejo catedrático de literatura, su mujer, su amante y el ahijado de éste, Pedro, que, junto con su compañera Myriam, ejercen de cooperantes de Médicos sin Fronteras en una Guatemala devastada por las heridas de la guerra civil.
(Texto de la contracubierta)

Editada por Público/SabadellAtlántico, tiene 239 páginas y está en la BIBLIOTECA.
Además, en Espéculo. Revista de estudios literarios, de la Universidad Complutense de Madrid, firmado por Catherine d'Humières, de l'Université de Cergy-Pontoise, podemos leer este artículo, en el que se nos evoca en paralelo la novela de Vázquez Montalbán con la historia de Chrétien de Troyes: Un ejemplo de transubstanciación literaria: Erec y Enide, de Chrétien de Troyes a Manuel Vázquez Montalbán.

PRENSA (2). 26 julio 2009

En suplementos de "El País":


1. Darle tiempo al tiempo. Reportaje de psicología, firmado por Xavier Guix. Las vacaciones son una buena oportunidad para regalarnos tiempo y también para reflexionar sobre su sentido en nuestra vida.


2. El 'dios' al que se podía tocar. Reportaje firmado por Jesús Ruiz Mantilla. El 19 de junio falleció un español que fue como un dios para muchos indios. Vicente Ferrer creó uno de los proyectos de cooperación más importantes del mundo. Salvó en Anantapur las condiciones de vida de 2,5 millones de personas. La labor que comenzó hace 40 años continúa con su viuda y su hijo. Ellos garantizan su legado.


3. 25 oportunidades en tiempos de crisis. Reportaje. Cuatro millones de parados y subiendo. Negocios que cierran. La amenaza del ERE. Un déficit público que se acerca a récords históricos. El bombardeo de malas noticias es constante desde hace meses. Pero no todo son nubarrones. Aparece algún claro si uno se para un rato a pensar. Muchas de las más importantes empresas han nacido en tiempos de recesión. El medio ambiente agradece el descenso de la producción. Bajan los divorcios y crecen las reconciliaciones. Los talleres de reparación vuelven a llenarse. Sube la natalidad. Las rebajas duran todo el año. Los precios de la vivienda empiezan a ajustarse. Le ofrecemos una ración de optimismo: 25 maneras de atisbar algún resquicio de luz en estos días oscuros.


4. Medio siglo de terror. Reportaje de Emilio Alfaro. El nacimiento de ETA, hace 50 años, ha supuesto una pesadilla amarga. Hoy, debilitada y aislada, sobrevive como un residuo sangriento en Europa. Pese a ello, sigue empeñada en atemorizar en nombre de un pueblo vasco que sólo existe en su imaginación.


5. 'No hay nadie en casa'. Fragmento del libro de Dubravka Ugresic, publicado por Anagrama. Literatura y geopolítica se entremezclan en este agudo análisis de la escritora croata Dubravka Ugrešic, que refleja las curiosidades, contradicciones y paradojas del mundo actual.

PRENSA. ARTÍCULO: "Cuando ya no se distinguen", de Javier Marías

En "El País semanal", artículo del escritor Javier Marías sobre la verdad y la ficción, sobre la verdad y la mentira en la actualidad: CUANDO YA NO SE DISTINGUEN:

Lo vi en dos medios de comunicación que no se cuentan entre los más frívolos y sin escrúpulos, TVE y este periódico, luego cabe suponer que habrá aparecido en infinidad de ellos más. El tratamiento dado en estos dos no era parco –un buen rato en la televisión y un cuarto de página en El País, que titulaba “Obsesiva, insegura y discreta” y luego subtitulaba “La revista británica Psychologies publica una entrevista a Penélope Cruz y la actriz la desmiente de forma tajante”–. No entendí nada: si desde el primer momento se sabe que una entrevista es apócrifa y ni siquiera ha sido concedida, ¿qué hace la prensa dando pábulo a su contenido? Es probable que el problema sea el tajante desmentido de la actriz y el anuncio, por parte de sus abogados, de que “estudian qué medidas legales tomar”. De no haber dicho nadie nada, es casi seguro que esa entrevista inventada habría pasado inadvertida y pocos se habrían enterado de su existencia. Lo curioso del caso es que, al ser denunciada su falsedad, todos los medios no sólo acuden a ver en qué consiste esa falsedad, sino que además la reproducen una y otra vez con detalle. ¿Por qué, si ya se está al tanto de que nada de lo que ahí se atribuye a Cruz ha sido dicho por Cruz y, por lo tanto, ya no debería contar en un mundo seminormal? A lo sumo, la noticia tendría que haber sido el mencionado subtitular de este diario y nada más.
Dije aquí hace un par de semanas que a una gran parte de la población mundial la verdad ha dejado de importarle. Me temo que me quedé corto y que lo que ocurre es aún más grave: una gran parte de esa población es ya incapaz de distinguir la verdad de la mentira, o, más exactamente, la verdad de la ficción. Y por ello, el antiguo dicho español “Calumnia, que algo queda” ha perdido sentido y se oye cada vez menos. Para empezar, si ustedes se fijan, el verbo “calumniar” se emplea ya rara vez, y hasta su significado ha empezado a desvaírse y difuminarse, como suele ocurrir con los vocablos que definen algo anómalo –un quebranto de la regla– cuando la anomalía pasa a ser normal y la regla. (Si todo el mundo mintiera y además lo hiciera sin cargo de conciencia ni temor a las consecuencias, el concepto mismo de mentira quedaría privado de sentido y ésta quedaría tan sólo, probablemente, como “una forma más de ejercer la libertad de expresión: camino de ello vamos, no se crean.) Hoy el dicho debería ser: “Calumnia, que nadie lo va a notar”, o “Calumnia, que tus calumnias acabarán nivelándose con la verdad”.
La velocidad y la facilidad con que cualquier patraña o rumor se expanden hoy por Internet y a través de los SMS hacen casi imposible atajar los bulos y las informaciones falsarias. Para cuando alguien avisa de que, por ejemplo, Harrison Ford no ha muerto en un estrafalario accidente en Europa, como se corrió por la red, habrá mucha gente que ya habrá “archivado” esa noticia en su cerebro y que será incapaz de borrarla del todo aunque a los pocos días vea a Ford con aspecto saludable en un estreno. Pensará: “Ah, pues no ha muerto en Europa”, y a la siguiente vez que lo vea es fácil que por su cabeza cruce rápidamente la idea: “Mira que contar que había muerto en Europa …” El dato inventado, cuanto más llamativo más, aparecerá y reaparecerá, aunque sólo sea para descartarlo como disparate. En mi novela Tu rostro mañana hablé de la muerte de la actriz de los años cincuenta y sesenta Jayne Mansfield, una rubia platino mucho más exuberante que cualquier otra que ustedes puedan conocer o recordar. Sufrió un accidente de coche cuando iba de Biloxi a Nueva Orleans, y la peluca rubia que llevaba puesta salió disparada hasta el guardabarros, lo cual dio lugar a que corriera la voz de que había muerto escalpada, o bien decapitada y que su hermosa cabeza había rodado por aquella oscura carretera de Louisiana. La verdad ha sido incapaz de imponerse, y para la mayoría de sus aún numerosos y nostálgicos admiradores la idea de su muerte está teñida de una truculencia de la que careció. Si la fuerza de la leyenda era ya tan grande en 1967, imagínense cuarenta y dos años después, cuando los rumores y las invenciones vuelan; cuando no se les puede poner freno o si se les pone es peor, como en el reciente caso de Penélope Cruz y su anodina entrevista de paripé; cuando hasta los novelistas (bueno, los demagógicos) “permiten” que los lectores “intervengan” en la trama y “decidan” el final, negando así la esencia misma de las ficciones, que justamente no se pueden enmendar ni contradecir; cuando tanta gente no está dispuesta a prescindir de una historia si ésta es conspiratoria o macabra, por mucho que se haya comprobado su falsedad. En la época en que más medios hay para contrastar y verificar las informaciones, mayor es la indistinción entre lo verdadero y lo falso, confundidos en una especie de magma, y cada vez va teniendo menos sentido decir y saber la verdad. ¿Total, para qué, si ya casi pesa lo mismo que la mentira y apenas cuenta?

PRENSA. ARTÍCULO: "El lector vampiro", de Javier Cercas

En "El País Semanal, artículo de Javier Cercas: EL LECTOR VAMPIRO:

En 1991, Saul Bellow, que fue el último escritor serio que escribió la palabra alma sin que se le escapara la risa, declaró lo siguiente: “En mi juventud, la literatura formaba parte integrante de la vida; se absorbía, se asimilaba en el organismo. No se era conocedor, esteta, amante de la literatura. No, con la literatura daba uno forma a su vida, era algo que se ingería, que pasaba a ser parte de la propia sustancia, que constituía la senda de la liberación y la libertad plena”. Luego Bellow concluía: “Creo que el ambiente de entusiasmo y amor por la literatura, ampliamente extendido en los años veinte, empezó a desaparecer en el decenio de los treinta”. En 1996, la novelista Cynthia Ozick discrepó levemente de estas palabras de Bellow: “Todo ferviente lector elegirá probablemente el momento de su propia juventud como la edad de oro en que la literatura se entreteje con la urdimbre del mundo”. Es posible que Ozick tenga razón; es posible que, a su modo, Bellow también la tenga. Sea como sea, lo que importa es que ninguno de los dos habla del lector común; sin darle ese nombre, ambos hablan del lector vampiro.
¿Qué es un lector vampiro? Bellow lo explica bien: no es el lector que lee para matar el rato o para divertirse, ni siquiera para hacerse sabio; todo eso es estupendo, pero el lector vampiro no lee para nada de eso: lee para sobrevivir. De hecho, podría incluso decirse que, propiamente, el lector vampiro no lee libros: los apalea, los acuchilla, les arranca las entrañas, les chupa la sangre, les roba el alma; no quiere leer los libros: quiere ser los libros, que los libros leídos pasen a formar parte, como dice Bellow, “de la propia sustancia”. Esta atroz carnicería suele ser un espectáculo aterrador, y por eso el lector vampiro procura llevarla a cabo sin testigos, como si se tratara del acto más íntimo de su vida íntima; y por eso, también, el lector vampiro suele ser un mal reseñista de libros –está demasiado absorto devorando las vísceras del libro para opinar sobre él–, pero no necesariamente un mal crítico, aunque, como el libro ha pasado a ser sangre de su sangre, casi siempre sea muy difícil distinguir si lo que dice lo dice del libro o lo dice de sí mismo. En suma: este tipo de lector sólo lee en realidad para salvarse, ese verbo que desde hace 50 años es imposible escribir sin que se le escape a uno la risa.
¿Cuándo nace un lector vampiro? ¿Cómo nace? Mi impresión es que el lector vampiro nace en la adolescencia, que es la última etapa de la vida en que uno cree que puede salvarse; en cuanto al cómo, las historias son muy variadas, pero tienen un común denominador: casi todas son ridículas. Aunque me da mucha vergüenza hacerlo, contaré la mía, con la esperanza de que mi ejemplo anime a otros congéneres a salir del armario. En aquella época, yo tenía 14 o 15 años y era, dentro de mis posibilidades, una persona normal; también era un lector alegre y confiado. Por desgracia, aquel verano me enamoré, y al volver a casa después de las vacaciones sólo tenía ganas de colgarme del cimborrio de la catedral de Gerona; fue un momento serio, que intenté capear echando mano del libro más serio que encontré en mi casa, con tan mala fortuna que el elegido resultó ser San Manuel Bueno, mártir, de don Miguel de Unamuno. Se trata, como recordarán, de una novela mal escrita y confusísima, que sin embargo leí como si me fuera la vida en ello y con la que me armé tal lío que en un par de días dejé de ser católico y me entregué al alcohol, el tabaco y el desenfreno; no contento con ello, en los meses que siguieron leí todos los libros de don Miguel, lo que acabó de sumirme en un estado de frenético descontrol moral del que todavía no he emergido. Ésta es mi trágica historia; la de mis congéneres, me temo, no es muy distinta. Por supuesto, luego leímos libros mejores que los de don Miguel, pero el mal ya estaba hecho; además, el pobre don Miguel no tiene ninguna culpa: si no hubiera sido él, hubiera sido otro, porque cuando uno le chupa la sangre a un libro ya sólo quiere chupar sangre de libro. ¿Fue un error? Puede ser. O al menos eso es lo que piensan esos modernos que se precian de no leer novelas y saltan de alegría cada vez que oyen hablar del final del libro impreso y se ríen a carcajadas con la trampa en que caímos los chicos de provincias de los setenta, que según ellos nos entregamos a la literatura porque no podíamos entregarnos a las cosas grandes –a la política, a la guerra, a la televisión, al cine, al periodismo– y que, también según ellos, nos creímos que la literatura servía para ser más alto, más rubio y mejor, y aquí seguimos, bajitos, morenos y empeorando. Bellow pensaba que la literatura dejó de contar hacia los años treinta; Ozick piensa que todavía cuenta, aunque ya no cuenta como contó; yo, francamente, no sé qué pensar. Pero lo que sí sé es que hay por ahí todavía lectores vampiro, gentes capaces de apostarse enteras en cada frase y de jugarse el tipo en cada página, porque sienten todavía que la literatura es el mejor modo de que todo esto se vuelva más rico, más complejo, más intenso y más real; gentes nocturnas que sobreviven sorbiendo sangre ajena, tan seguras como todo el mundo de que no se salvarán, pero más dispuestas que casi todo el mundo a vender caro su pellejo. Aunque se les escape la risa.

PRENSA. ARTÍCULO. "Cantamañanas", de Maruja Torres

En "El País Semanal", artículo de Maruja Torres sobre la motivación: CANTAMAÑANAS:

La palabra motivación lleva un par de décadas incrustada en el huero aunque aparatoso torreón del vocabulario empresarial, cuya fortaleza –en el fondo, inexpugnable– necesita, en su versión moderna, de torres vigías aparentemente amables, o de falsos puentes ansiosos de amistoso compadreo. Eso, por una parte; por otra, estaba el lucro de los intermediarios. Motivar fue un verbo que conjugaron mucho –y siguen haciéndolo– los particulares o los grupos humanos que, aparentando servir de chamanes o intérpretes de las nuevas realidades laborales, se dedican a vivir del esfuerzo de los otros, ya sean éstos los que controlan y organizan los bienes de producción, o ya sean los que aportan su plusvalía.
Nunca como en los noventa –los años del especula cuanto puedas y busca el beneficio rápido– se abusó tanto y tan mal del vocablo motivación, y nunca como en estos últimos meses de la última parte de la primera década del siglo XXI el dicho vocablo y su aplicación me han parecido más idiotas. Conste que es una visión mía y que no representa a nadie más que a mí. Es lo bueno de la opinión: puede ser detestable, pero no da gato por liebre, como ocurre con no pocas informaciones. Y con la motivación según los malabaristas del lenguaje.
Motivar a un chaval para que estudie ha constituido siempre –y quizá hoy más que nunca– un objetivo digno de ser perseguido. Motivar a los adolescentes para que sepan que sus estudios no serán en vano, para que confíen en el valor del aprendizaje y de la responsabilidad: aquí hablamos de palabras mayores, hablamos de honestidad y decencia, de preparar para el viaje de la vida. Motivar a un crío que no le ve la gracia a las lecciones que tiene por delante, estimular a los alumnos de una clase atiborrada para que presten atención: he ahí la labor del buen profesorado, siempre luchando contra las limitaciones y los agujeros del sistema, sacrificándose para llegar a donde no alcanzan los medios públicos. Mucho respeto, pues, para el verbo motivar en sus mejores acepciones.
Otra cosa es lo que las empresas consideran motivación, y que tiene mucho más que ver con el descubrimiento de que las gallinas ponen más huevos si se les impide dormir dejando que permanezcan permanentemente con las luces encendidas. A eso se entregaron unos y otros durante los felices noventa, a gallinear al personal, y ahora aún quedan restitos de ayer, que resultan infinitamente más patéticos por desarrollarse en el contexto en que nos movemos, o en el que no nos movemos, o en el que nos encenagamos. Es decir, la crisis, que moralmente no nos va a servir para nada, según observamos. Parches, parches, parches. Y nada de repensarse, nada de reconstruirse, nada de rechazar los viejos modelos.
La motivación es hoy un asunto peliagudo, lo mires por donde lo mires, amor. Entre motivar a un estudiante y dar cursillos de motivación a jefes y capataces para que sean capaces de motivar al trabajador media un estrecho que es, más que un trecho, un océano. Los motivados cargos medios salen del curso meneando el culillo y se encuentran no sólo con que los empleados ya no están para hostias, sino con que apenas quedan empleados, porque han sido previamente motivados para que se larguen a casa. Por todo ello, al encontrarse ante los jóvenes y eternos becarios de treinta y tantos, a los motivadores sólo les queda una opción: motivarles para que hagan ver que se motivan, o motivarse para soportar el desprecio que su motivación provoca. Patético.
Esos chantas deliberadamente ignoran que lo único que motiva –y no me hablen de Gladiator en versión Guardiola: estamos hablando de trabajadores algo menos retribuidos que los futbolistas– es ver que el trabajo bien hecho se aprecia y se recompensa; y que quienes meten la pata repetida e intencionadamente son penalizados. Por el contrario –qué les voy a contar a ustedes–, nada desmotiva más que asistir a la continua escalada de los más inútiles y de los más pelotas y de los más dóciles. Eso sí que es un cursillo en vena. Hace demasiado tiempo que la mediocridad campa por sus respetos, y presumiblemente tenemos para largo.
El paraíso de los cantamañanas continúa con las puertas abiertas: entran y salen, salen y entran.

PRENSA. ARTÍCULO. "Diamantes en la boca", de Elvira Lindo

En el suplemento Domingo, de "El País", este artículo de Elvira Lindo, dedicado a Frank McCourt, recientemente fallecido, autor de Las cenizas de Ángela: DIAMANTES EN LA BOCA:

Hay personas que mejoran el mundo. Estoy convencida de que Frank McCourt fue una de ellas, no sólo por su conmovedora aportación literaria con Las cenizas de Ángela, sino por esas tres décadas de profesor de instituto en Nueva York en las que inoculó a sus alumnos el dulce veneno de la literatura. Frank McCourt fue siempre un escritor viejo porque decidió escribir una vez que se retiró de la enseñanza. Aquello que le impedía escribir (la docencia), solía decir él, fue lo que le hizo escritor. El recuerdo más emocionante que se le ha dedicado estos días ha sido la avalancha de testimonios de antiguos alumnos de la Stuyvesant High School. Ellos han contado en la prensa, en la radio, cómo, cuando leyeron Las cenizas de Ángela en 1996, reconocieron muchas de las historias que el profesor McCourt les había contado en clase. Él les hablaba de su infancia miserable en Limerick, de su padre alcohólico, de una madre condenada a criar hijos que no podía alimentar; les hablaba de su hermano Malachy, al que quiso y protegió como sólo saben hacerlo algunos niños pobres con sus hermanos chicos; les confesaba que cuando el estómago le crujía de hambre deseaba estar preso, vivir encerrado en la cárcel donde había oído que se servían tres comidas al día. Para él la enseñanza de la literatura consistía en acercar al alumno su utilidad antigua: la narración de historias. "Contando mi infancia, les decía, distinguí lo significativo de mi insignificante vida". Sus compañeros de claustro le aconsejaban no ser tan confesional con los alumnos. Y él contestaba: "Es que mi vida me salvó la vida". Yo puedo comprender la fascinación de esos estudiantes; leí y conocí al profesor McCourt cuando vino a España a presentar Las cenizas de Ángela. Le acompañamos a la Facultad de Filosofía y Letras, donde presentaba el libro. El anfiteatro estaba casi vacío. Sentí un poco de vergüenza al comprobar que los profesores no habían sabido transmitir a los alumnos de literatura que merecía la pena escuchar a aquel hombre o los alumnos habían despreciado la convocatoria. Después de la charla, la editorial nos invitó a un rudo mesonazo en el que la voz de McCourt, suave y discreta como él, se perdía entre el griterío, las viandas que sobrevolaban nuestras cabezas y el humazo ambiental. Habiéndose criado en la miseria, McCourt era un hombre de una gran elegancia personal. Practicaba la ironía, era un virtuoso convirtiendo la tragedia en humor del absurdo. Su último libro recogía su experiencia como profesor sin ahorrarse algún capítulo penoso, como ése en que contaba su primer día, cuando vio cómo un alumno tiraba un sándwich al suelo y él, tan cerca aún de los años del hambre, se agachó, no para tirarlo a la papelera sino para comérselo. La última visión que tengo de él es fugaz. Un día después del 11 de septiembre, paseando por aquel Nueva York poblado de fantasmas, lo vimos salir de Central Park, absorto en la tragedia que acababa de suceder. La muerte ha agrandado su figura, no como escritor sino como ser humano, se han desempolvado sus años de docencia gracias a un buen número de estudiantes agradecidos que quieren rendir tributo a aquel hombre que les cantaba viejas canciones irlandesas para que le perdieran el miedo a la poesía. Sabemos de la importancia que tuvo su trabajo como maestro gracias a que, un día, ya retirado, se decidió a escribir lo que tantas veces había narrado a jóvenes proclives a distraerse. Él descubrió a Shakespeare de adolescente, en la biblioteca de un hospital en el que estaba curándose una tremenda infección provocada por la falta de higiene. Dice que leyó unos versos en voz alta y que sintió que la boca se le llenaba de diamantes. No abandonó jamás la idea de que la educación, el respeto y el humor pueden rescatarnos de una desgracia que parece inevitable. Y esa idea que marcó definitivamente todos sus pasos se me ha venido a la cabeza muchas veces estos últimos días: he pensado en lo que puede significar encontrarse con un McCourt para niños que crecen sin saber lo que es ni la educación ni el respeto ni el humor que nada tiene que ver con la mofa cruel. Un McCourt puede aparecer en tu vida en la figura de un maestro, de un padre, una madre o un hermano mayor; un McCourt es alguien que te enseña a protegerte de la crueldad ajena y a no ejercerla, a arrepentirte cuando haces daño, a no escudarte en la barbarie del grupo. ¡Cuántos McCourts necesita nuestro sistema educativo! En el colegio y dentro de casa. Si miramos el pasado sin teñirlo de sepia todos podemos recordar ese momento en que ejercimos la crueldad, en que fuimos mezquinos. La adolescencia ofrece un catálogo de recuerdos vergonzosos. Pero siempre hubo, al menos en mi caso, alguien que me enseñó a sentir dolor por el dolor ajeno o alegría por la alegría ajena. Cuántos McCourts nos hacen falta para guiar a tantas pandillas de salvajes a los que han abandonado a su suerte los padres o ese sistema educativo autocomplaciente que destina a los pobres a ser, además, brutos o brutales. Habrá que ponerle una vela a ese santo laico, San McCourt, pedirle que cambie la grosería que hoy ensucia tantas bocas por esas palabras que en la suya se convirtieron en diamantes.

PRENSA. LECTURA. "La lección del señor gordo", relato de Javier Sáez de Ibarra

En "El País", Javier Sáez de Ibarra escribe LA LECCIÓN DEL SEÑOR GORDO:

Entró un señor muy gordo mientras el profe estaba de espaldas y, cuando se volvió y lo vio, se quedó completamente paralizado. Nosotros también nos callamos al momento. El señor gordo pasó por delante de la tarima, sacó una pistola tremenda de un bolsillo y la puso de un golpe sobre la mesa del profe. Luego, nos fue mirando, avanzando por el pasillo por donde casi no cabía, y se tiró un pedo largo y muy fuerte, pero nadie se atrevió a reírse. Luego eligió sentarse al lado de Nadia, y para eso empujó con su cuerpo a Carlitos, que siempre le gusta ponerse con ella. El profe no dijo nada, se había quedado tan mudo como nosotros. Yo me quedé atontado mirando la pistola que había dejado; no oí bien sus palabras, pero dijo que nos daría la clase él. La pistola tenía un cañón enorme, el gatillo parecía tan grande que podrían caber por lo menos tres dedos.
Dijo que teníamos que tener mucho cuidado con lo que hiciéramos, porque si nos metíamos en un lío, vendría un hombre como él a hablar con nosotros. Nos dijo que nuestro profesor había sido malo. Nos contó cosas suyas que no entendí bien, que le gustaba jugar a un juego de cartas en que se pierde dinero, y que debía mucho. Dijo que a él y a su jefe les gustaba que debiera dinero, yo hubiera querido preguntar por qué, pero no me atreví. Ni siquiera el Luisja había hablado, y si él no lo hacía no lo haríamos ninguno. Nos explicó que todos tenemos necesidades y que los tipos listos son los que saben sacar provecho de ellas. Eso lo recuerdo bien porque lo repitió varias veces y nos mandó que nos lo aprendiéramos. Luego contó que para pagar ese dinero tenía que heredar un piso de su madre, pero que no se moría y luego se murió de repente o algo le pasó. Pero dijo que el profe no quiso pagar sus deudas. Él era un simple cobrador que venía a recordarle una cosita. Me hizo gracia que dijo "cosita" -que es como mi madre llama a mi hermano pequeño-, pero no me reí.
Después de un rato se levantó y a Nadia le pasó un dedo por el moflete. Se paseó por la clase, recogió su pistola y la guardó. El profe no había movido ni las manos, todavía tenía la tiza con la que estaba explicando. Luego le cogió al profe por la barbilla y le dio un beso en la cara. Algunos se rieron y nos reímos todos. Entonces el hombre gordo nos miró y nos hizo callar con la mirada. Estaba muy serio. Luego se fue.
Cuando llegué a casa no se lo conté a mis padres. Pero me daba mucha rabia todo. No sé por qué lo hice. Pero cogí a una tortuguita que tengo y la tiré al váter y luego tiré de la cadena.

Javier Sáez de Ibarra, es escritor, autor de La propuesta imposible (Páginas de Espuma).

PRENSA (1). 26 julio 2009

En "El País":

1. Se puede reeducar en lugar de encarcelar. Reportaje firmado por J.A. Aunión y E.Hidalgo. Existen fórmulas para encauzar a los niños menores de 14 años que cometen delitos. Faltan decisión política y medios.

2. Prohibido prohibir. Artículo de Mario Vargas LLosa. El eslogan de Mayo del 68 extendió al concepto de autoridad su partida de defunción y legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa. No destruyó el Estado, pero sí la educación.

3. La receta. Moisés Naín, con esta receta, tiene como propósito ofrecer los ingredientes y la preparación para golpes de Estado que no dependan -al menos inicialmente- del uso de las Fuerzas Armadas.

4. Ver como un niño. El Nobel de Literatura Orham Pamuk nos escribe sobre Venecia y Estambul (2ª entrega).

sábado, 25 de julio de 2009

PRENSA CULTURAL. LECTURA. "El viaje en la arena", de Antonio Muñoz Molina

En el "Babelia" de hoy, este artículo de Antonio Muñoz Molina, sobre Doñana y la
aldea de El Rocío: EL VIAJE EN LA ARENA:

Por culpa del jetlag me despierto antes del amanecer y cuando me asomo al balcón es como si hubiera ingresado en otro sueño. A la luz de unas pocas farolas veo una plaza de forma irregular, bordeada por casas bajas encaladas, una plaza con el suelo de arena en la que crecen unos árboles demasiado altos y frondosos para ser olivos, quizás a causa de la arbitrariedad parcial de los sueños. Dentro de la habitación cerrada hacía mucho calor, pero al abrir los postigos ha entrado un aire muy fresco, ligeramente húmedo, casi un aire de playa aunque no estamos cerca del mar. Me explicarán después que la causa de este fresco singular de las noches es la arena de las calles. La arena se calienta muy rápido pero se enfría muy rápido también. Por eso apenas llega el anochecer ya empieza la brisa, que en un paisaje tan liso puede llegar desde el mar sin encontrar un solo obstáculo. Sin encender la luz me he asomado por el balcón abierto a una silenciosa Venecia de arena en la que no sé cuánto durará todavía la noche, en la que se escuchan a veces relinchos y cascos amortiguados de caballos y voces humanas pero no pasos, porque no hay adoquines ni aceras en los que puedan resonar. Sólo la arena, muy blanca, muy cernida, ocupando las calles y toda la anchura de las plazas, en algunas de las cuales hay espadañas blancas de iglesias coronadas por nidos de cigüeñas, con pegotes de barro seco bajo los aleros que son nidos de golondrinas. Cuando caía la tarde y el fresco de la primera brisa era acentuado por las mangueras que regaban la arena a las puertas de las casas para asentar el polvo las golondrinas y los vencejos silbaban atravesando el aire en sus vertiginosas cacerías de insectos. Ahora, todavía de noche, en la noche sin indicios temporales de quien se ha despertado de pronto y no distingue la hora en el reloj, en el espesor de ese árbol que está cerca del balcón, se escuchan aleteos de pájaros que se remueven en el sueño. Estos olivos mucho más altos y frondosos que los de mi tierra de origen son acebuches. La plaza de arena y silencio a la que me estoy asomando, los codos apoyados en el metal frío del balcón, es la de la aldea del Rocío, adonde llegamos ayer a la hora más calurosa y cegadora de la tarde, arrastrando maletas de tamaño desproporcionado y un cansancio de viaje transatlántico agravado por la irrealidad de los cambios horarios. Llegamos ayer por la tarde y en cuanto se haga de día nos marcharemos de nuevo. Hemos venido aquí para estar cerca del parque nacional de Doñana. De vez en cuando la vida adquiere la forma de un extraño viaje. Entre el nombre de este lugar y lo que yo veo por el balcón y lo que recordaré cuando me haya ido no hay ninguna correspondencia: el Rocío. El Rocío empezó siendo un pueblo fantasma entrevisto en medio del polvo de arena que levantaban las ruedas del coche y el vestíbulo de un pequeño hotel adormecido en la siesta. Ahora es esta plaza por la que alguien, un trasnochador o madrugador solitario, camina sobre la arena con pasos callados y enérgicos, por la que cruza una silueta a caballo, en la que se ve el fogonazo de los ojos de un gato cobijado como en una gruta en el tronco casi geológico de un acebuche, en la que se escucha con asombrosa nitidez una risa lejana, un relincho, una puerta cerrándose.

En Doñana aprendemos que el paisaje está cambiando siempre. La historia natural y la historia se entrecruzan como variables del mismo proceso
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Con movimientos austeros y precisos, el guarda José mantiene equilibrado el volante mientras el Land Rover escala rugiendo una ladera de arena. La arena es tan fina que sobre ella se imprimen delicadamente las variaciones más sutiles del viento: si el guarda no condujera con tanta pericia, con acelerones súbitos que se tragan las cuestas, las ruedas del Land Rover se hundirían sin remedio en la arena. Llegamos a lo alto de la duna y de pronto todo es horizonte, espacio plano hasta donde alcanza la vista, en todas direcciones, hacia la bruma del mar o hacia la llanura plateada en la que el calor suscita espejismos de agua, y en la que un árbol remoto es el único punto de referencia en la lejanía; hacia los pinares de un verdor alimentado por las aguas subterráneas; hacia las otras dunas que avanzan literalmente como olas lentísimas empujadas por el viento, a una velocidad incontenible de seis o siete metros por año. Antonio, nuestro guía entusiasta, y el guarda José nos dicen los nombres de las plantas, y al decírnoslos ayudan a que nuestra mirada inexperta comprenda el paisaje: esos arbustos torcidos, de raíces tortuosas, como abatidos por un viento fantasma, son enebros que no se rinden al avance de la arena, que no se dejan doblegar por ella; esas matas tiernas de pino no son brotes jóvenes, sino las puntas más altas de árboles ya completamente sumergidos en la arena que dentro de poco los habrá cubierto del todo; esa especie de juncos gráciles que brotan de la arena y no se sabe cómo ni de dónde sacan la humedad necesaria para alimentarse son barrones. En la imaginación urbana y moderna, desde el Romanticismo, el paisaje es un mundo virgen y estático, el reverso de la ciudad, el paraíso detenido en el tiempo sobre el que se proyectan distraídamente ilusiones de orígenes y sueños de huida. En Doñana aprendemos que el paisaje está cambiando siempre, moldeado por el viento, por el agua, por las vastas emigraciones de los pájaros, por el trabajo de los hombres. La historia natural y la historia se entrecruzan como variables del mismo proceso; la selección natural está tan impresa en estas llanuras aluviales del Guadalquivir como las formas sucesivas del dominio de clase.
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El guarda José nos enseña las chozas en las que aún habitaba la gente cuando él era niño: los tejados impermeables de haces de juncos o brezo, el delicado armazón interior de varas resistentes y flexibles de sabina, dotado de la cóncava solidez de una barca. En la memoria de este hombre distinguido y enjuto está el pasado de latifundio señorial de Doñana y el gran tránsito de la vida popular española, desde los oficios arcaicos arrimados a la tierra y ejercidos con soberana dignidad a pesar del atraso hasta el mundo de ahora, cuyos logros nadie valora más que quien conoció la pobreza, aunque añore tal vez ciertas cosas que se fueron con ella. De niño José vivía con sus padres en el interior de Doñana y una vez al mes iba con ellos a Sanlúcar, en un viaje a caballo de tres días: uno de ida, otro dedicado al descanso y las compras, otro de regreso. Ahora nos lleva en Land Rover por caminos para nosotros invisibles y maneja el móvil con igual soltura que el volante. El paisaje que mira José es mucho más rico que el que vemos nosotros, está más lleno de nombres y ausencias. El tiempo que recuerda es mucho más largo que su propia vida.