lunes, 31 de enero de 2011

IES "MAIMÓNIDES". DÍA DE LA PAZ.

   Para celebrar el Día de la Paz, alumnos y alumnas de 1º Bachillerato A, dirigidos por las profesoras Rosa García y Carmen Piñar, interpretaron en el patio del "Maimónides" unos fragmentos de Lisístrata, de Aristófanes.
   Veamos algunas fotos:








Rosa García, profesora de Griego


Carmen Piñar, profesora de Inglés y coordinadora de Mediación

POESÍA. "Biografía", de Gabriel Celaya (1911-1991)

Gabriel Celaya

BIOGRAFÍA

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.

Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.

No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.

CUENTO. "Historia de mi palomar", de Isaac Bábel (1894-1940)

Isaac Bábel
Historia de mi palomar
                                A A. M Gorki.

   De niño mi gran deseo era tener un palomar. Jamás conocí deseo más fuerte. A los nueve años mi padre me prometió dinero para tablas y para tres pares de palomas. Fue en mil novecientos cuatro. Yo me disponía a pasar los exámenes para el grado preparatorio en el gimnasio de Nikoláyev. Mi familia vivía en la ciudad de Nikoláyev, provincia de Jersón. Hoy la provincia no existe: nuestra ciudad fue incorporada a la región de Odesa.
   Contaba sólo nueve años y temía los exámenes. En ambas asignaturas, ruso y matemáticas, no podía sacar menos de cinco puntos. El cupo en nuestro gimnasio era muy pequeño: el cinco por ciento. De cuarenta niños sólo dos judíos podrían matricularse en el grado preparatorio. Los maestros preguntaban a estos niños con arte: a nadie preguntaban con tantas argucias como a nosotros. Por eso mi padre me prometió las palomas a cambio de dos cincos con cruces. Me tenía totalmente martirizado; caí en una interminable modorra, en un largo sueño infantil de desesperación. Sumergido en ese sopor acudí a examinarme; no obstante pasé el examen mejor que los demás.
   Las ciencias se me daban. Los maestros, pese a las astucias, no podían privarme de la inteligencia y de una memoria ávida. Las ciencias se me daban bien y obtuve dos cincos. Después todo cambió. Jaritón Efrussi, mayorista de cereales que exportaba trigo a Marsella, dio quinientos rublos por su hijo, a mí me pusieron cinco con un menos en vez del cinco y en mi lugar ingresó en el gimnasio Efrussi hijo. Mi padre no podía consolarse. Desde los seis años me venía enseñando todas las ciencias que yo podía asimilar. El signo menos le llenó de desesperación. Quiso pegar a Efrussi o sobornar a dos cargadores para que pegasen a Efrussi, pero mi madre le disuadió y yo comencé a prepararme para los exámenes del año siguiente, para el primer grado. Sin yo enterarme, mis padres animaron al maestro a pasar en un año el curso preparatorio y de primer grado y, como estábamos desilusionados de todo, me aprendí de memoria tres libros de texto. Los tres libros eran la gramática de Smirnovski, el compendio de problemas de Evtushevski y la historia inicial de Rusia de Putsikóvich. Los niños ya no estudian por esos manuales, pero yo los aprendí de memoria, de cabo a rabo, y al año siguiente en el examen de lengua rusa el maestro Karaváyev me puso un insuperable cinco con una cruz.
   Ese Karaváyev era un hombre sonrosado y airado, procedente del estudiantado moscovita. Contaba treinta años escasos. En sus viriles mejillas ardían coloretes de rajaz campesino; en una mejilla tenía una verruga de la que nacía un matojo de cenicientos pelos de gato. Además de Karaváyev al examen asistió Piátnitski, adjunto del curador, considerado persona importante en el gimnasio y en toda la provincia. El adjunto del curador me preguntó sobre Pedro Primero; experimenté una sensación de aturdimiento, una sensación de proximidad del fin y del abismo, un abismo seco, solado de exaltación y de desesperación.
   Me sabía a Pedro Primero de memoria por el manual de Putsikóvich y por los versos de Pushkin. Verraqueé los versos, las caras humanas se volcaron en mis ojos y se confundieron allí como naipes nuevos. Allí se barajaron en el fondo de mis ojos mientras yo, temblando, irguiéndome y apresurándome gritaba a pleno pulmón los versos pushkinianos. Los grité durante mucho tiempo: nadie interrumpió mi demencial farfulla. A través de una ceguedad purpúrea, a través de la libertad que me arrebataba, sólo percibía el rostro viejo, inclinado de Piátnitski con su barba plateada. No me interrumpió y sólo dijo a Karaváyev, satisfecho de mí y de Pushkin:
   -Qué pueblo -murmulló el anciano-, estos judiítos. Llevan el diablo dentro.
   Cuando callé me dijo:
   -Bien, vete amigo mío...
   Salí del aula al pasillo y allí, recostado sobre la pared cruda, fui despertando de la convulsión de mis sueños. Los niños rusos jugaban alrededor, la campana del gimnasio pendía junto al hueco de la escalera oficial, el bedel dormitaba en una silla despachurrada. Yo observaba al bedel y despertaba Los niños se acercaban a mí por todos los lados. Venían a darme capirotazos o a jugar y en esto apareció en el pasillo Piátnitski. Me rebasó y se detuvo un instante; la chaqueta formó una ondulación complicada y lenta en su espalda. Noté turbación en aquella espalda espaciosa, carnosa y señorial y avancé hacia el viejo.
   -Niños -dijo a los alumnos-, no toquéis a este muchacho.Y colocó su mano gorda y suave en mi hombro.
   -Amigo mío -se volvió Piátnitski-, dile a tu padre que has ingresado en el primer grado.
   Una exuberante estrella refulgió en su pecho, las órdenes tintinearon en la solapa; su cuerpo grande, negro, uniformado se alejó sobre unas piernas rígidas. El cuerpo iba comprimido por las hoscas paredes, se movía entre ellas como se mueve una gabarra en un canal profundo, y desapareció por la puerta del director. Un subalterno con un ruido solemne le llevó té y yo eché a correr a casa, a la tienda.
   En nuestra tienda un comprador aldeano se rascaba lleno de dudas. Al verme, mi padre dejó al campesino y no desconfió de mi relato. Gritó al dependiente que cerrara la tienda y se fue a la calle Sobórnaya para comprarme una gorra con escudo. Mi pobre madre me rescató con dificultad de aquel hombre enloquecido. En aquel momento mi madre estaba pálida y tentaba al destino. Tan pronto me acariciaba como me apartaba con repugnancia. Dijo que la lista de todos los matriculados en el gimnasio se publicaba en los periódicos y que Dios nos castigaría y que la gente se mofaría de nosotros si comprábamos el uniforme antes de tiempo. Mi madre estaba pálida, leía el destino en mis ojos y me observaba con amarga compasión, como a un contrahecho porque sólo ella conocía la desdicha de nuestra familia.
   Todos los hombres de nuestra estirpe eran confiados con la gente y prontos a las acciones irreflexivas. No teníamos suerte en nada. Mi abuelo, rabí en Bélaya Tsérkov y expulsado por profanar, vivió ruidosa y pobremente otros cuarenta años, estudió lenguas extranjeras y comenzó a perder el juicio al rayar los ochenta. El tío Liev, hermano de mi padre, estudió en el seminario de Volozhin, se escapó en 1892 del servicio militar y raptó a la hija de un intendente del distrito militar de Kiev. Mi tío Liev llevó a su mujer a California, a Los Ángeles, la abandonó allí y murió en una casa de vicios, entre negros y malayos. Después de su muerte la policía americana nos envió la herencia de Los Ángeles: un gran baúl guarnecido color castaño. El baúl contenía pesas de gimnasia, mechones de pelo de mujer, el taled de mi abuelo, fustas con empuñadura dorada y té en estuches adornados con perlas baratas. De toda la familia sólo quedábamos mi tío Simón el loco, que vivía en Odesa, mi padre y yo. Pero mi padre se fiaba de la gente, la ofendía con la exaltación del primer amor, la gente no se lo perdonaba y le engañaba. Por eso mi padre creía que su vida estaba regida por un hado maligno, por un ser inexplicable que le perseguía y que en nada se parecía a él. Así que de toda la familia a mi madre sólo le quedaba yo. Como todos los judíos era yo bajo de estatura, debilucho y tenía dolores de cabeza de tanto estudiar. Mi madre veía todo eso y jamás se dejó cegar por la soberbia mísera de su marido ni por su fe inexplicable de que nuestra familia algún día sería la más fuerte y rica del mundo. Ella no confiaba en nuestra suerte, temía comprar el uniforme antes de tiempo y sólo me permitió fotografiarme para un retrato grande.
   El veinte de septiembre de mil novecientos cinco en el gimnasio colgaron la lista de los matriculados en el primer grado. Allí estaba mi nombre. Toda la familia fue a ver aquel papel y hasta Shoil, mi tío abuelo, acudió al gimnasio. Yo quería a aquel viejo fanfarrón porque vendía pescado en la plaza. Sus manos rollizas, húmedas, cubiertas de escamas de pescado hedían a hermosos mundos fríos. Shoil destacaba de lo común de la gente con sus inverosímiles historias sobre la insurrección polaca de 1861. Hacía mucho Shoil fue tabernero en Skvir y vio cómo los soldados de Nikolai Primero fusilaron al conde de Godlevski y a otros insurrectos polacos. Quizá no lo vio. Ahora sé que Shoil no era más que un viejo ignorante y un mentiroso sin picardía, pero no olvidé sus jácaras; estaban bien hechas. Así que hasta el mentecato de Shoil fue al gimnasio a ver la lista con mi nombre y por la noche danzó y taconeó en nuestra pobre fiesta.
   Mi padre, que no cabía en sí de alegría, dio una fiesta e invitó a sus compañeros: a traficantes de trigo, a intermediarios en venta de fincas y a los viajantes que en nuestra comarca vendían maquinaria agrícola. Aquellos viajantes vendían maquinaria a cualquiera. Los campesinos y los terratenientes les tenían pánico: era imposible desprenderse de ellos sin comprarles algo. Entre los judíos, los viajantes eran la gente más corrida y alegre. En nuestra fiesta entonaron canciones hasiditas cuya letra tenía sólo tres palabras, pero se cantaban mucho rato y con un sinfín de divertidas inflexiones. La gracia de esas inflexiones es accesible sólo al que celebró la Pascua entre los hasiditas, o al que estuvo en sus ruidosas sinagogas de Volín. Además de los viajantes vino el viejo Libermán que me enseñaba el Thora y el hebreo antiguo. En casa le llamábamos mosié Libermán. Bebió vino besarabo algo más de la cuenta, los tradicionales cordones de seda asomaron por debajo de su chaleco rojo y pronunció en mi honor un brindis en hebreo antiguo. En ese brindis el viejo felicitó a mis padres y dijo que yo vencí en el examen a todos mis enemigos, vencí a los mofletudos niños rusos y a los hijos de nuestros zafios ricachones. En la antigüedad, David, rey judío, también venció a Goliat y de la misma forma que yo me impuse a Goliat nuestro pueblo vencería con la fuerza de su inteligencia a los enemigos que nos cercan y que ansían nuestra sangre. Dijo eso mosié Libermán y se echó a llorar y llorando bebió más vino y gritó ¡Viva! Los invitados le hicieron corro y comenzaron a bailar en torno a él una vieja cuadrilla como en las bodas de un lugar judío. Todos estaban alegres en nuestra fiesta; mi madre sorbió vino, aunque no bebía vodka y no comprendía cómo podía gustar; por esa razón tenía a todos los rusos por locos y no concebía cómo las mujeres soportaban a los maridos rusos.
   Pero nuestros días dichosos vinieron más tarde. Para mamá vinieron con las mañanas en que antes de irme al gimnasio me preparaba bocadillos, cuando recorrimos las tiendas comprando mis utensilios de Reyes Magos: el plumero, la hucha, el cartapacio, los libros nuevos con pastas de cartón y los cuadernos con sobrecubiertas satinadas. En el mundo nadie siente las cosas nuevas con la fuerza con que las siente el niño. El niño se estremece ante ese olor como el perro ante las huellas de la liebre y experimenta una locura que después, cuando somos mayores, se llama inspiración. Este puro sentimiento infantil de propietario de cosas nuevas se transmitía a mi madre. Estuvimos un mes habituándonos al plumero y a la penumbra matinal cuando yo me sentaba a tomar el té en una esquina de la espaciosa mesa iluminada y colocaba los libros en el cartapacio; estuvimos un mes habituándonos a nuestra vida feliz y sólo al terminar el primer trimestre volví a acordarme de las palomas.
   Todo lo tenía preparado para ellas: un rublo y cincuenta kopeks y un palomar que el abuelo Shoil construyó de un cajón. El palomar estaba pintado de marrón. Tenía nidos para doce pares de palomas, tablillas en el techo y un enrejado especial que yo inventé para atrapar mejor las palomas ajenas. Todo estaba dispuesto. El domingo veinte de octubre me dispuse a ir a la Ojótnitskaya, pero surgieron obstáculos imprevistos.
   La historia que estoy contando, mi matriculación en el primer grado del gimnasio, ocurrió en otoño de mil novecientos cinco. Fue cuando el zar Nikolai dio la Constitución al pueblo ruso; oradores con abrigos raídos se encaramaban a los guardacantones ante el Ayuntamiento y arengaban al pueblo. De noche en las calles sonaban disparos y mamá no quería que fuese a la Ojótnitskaya. La mañana del veinte de octubre los niños de la vecindad lanzaban una corneta frente a la mismísima comisaría de la policía y nuestro aguador dejó el trabajo y paseó por las calles engominado, con la cara colorada. Después vimos a los hijos del panadero Kalístov sacar un potro de cuero y hacer gimnasia en medio de la calzada. Nadie les interrumpió. Es más, el municipal Semérnikov les animaba a saltar más alto. Semérnikov llevaba un cinto de seda de fabricación casera y sus botas ese día habían sido lustradas con un brillo hasta entonces desconocido. Nada asustó tanto a mamá como el municipal vestido de forma antirreglamentaria; por ello no me dejaba salir, pero me escabullí y, cruzando patios, llegué a la Ojótnitskaya, detrás de la estación.
   En la Ojótnitskaya, en su lugar de siempre, estaba Iván Nikodímich, el palomero. Vendía, además de palomas, conejos y un pavo real. El pavo, con la cola extendida y encaramado en un palo, meneaba de un lado a otro su impávida cabezuela. Tenía una pata atada con un cordel; el otro cabo estaba cogido con la silla de mimbre de Iván Nikodímich. Nada más llegar compré al viejo un par de palomas rojizas de exuberantes colas despeinadas y un par de palomas de moño y las metí en una saca que guardaba en el seno. De la compra me quedaron cuarenta kopeks, pero el viejo no me cedía por ese dinero una pareja "kriúkovo". En las "kriúkovo" me gustaban sus picos cortos, granulosos, benevolentes. Cuarenta kopeks era su precio justo, pero el cazador regateaba y torcía su cara amarilla, abrasada por retraídas pasiones de pajarero. Terminaba el mercado y, al ver que no aparecían otros compradores, Iván Nikodímich me llamó. Todo salió como yo quería y todo salió torcido.
   A las once y pico o algo más tarde cruzó la plaza un hombre con botas de fieltro. Caminaba ligero sobre sus piernas hinchadas y en su cara borracha ardían ojos entusiásticos.
   -Iván Nikodímich -dijo al pasar al lado del pajarero-, deje las herramientas: en la ciudad los hidalgos de Jerusalén reciben la Constitución. En la Ríbnaya al viejo Bábel lo dejaron en las últimas.
   Lo dijo y pasó ligero entre las jaulas como el labriego que camina descalzo por el lindero.
   -Mal hecho -musitó Iván Nikodímich a las espaldas del caminante-, mal hecho -gritó con mayor severidad, recogió los conejos y el pavo real y me dio las palomas "kriúkovo" por cuarenta kopeks-. Las metí en el seno y observé cómo la gente abandonaba la Ojótnitskaya. El último se iba el pavo real sobre el hombro de Iván Nikodímich. Iba como el sol en el húmedo cielo otoñal, como julio en la orilla rosada del río, un julio incandescente entre alta hierba fresca. En el mercado no quedaba nadie y los disparos retumbaban cerca. Eché a correr hacia la estación, crucé un jardín que se volcó en mis ojos e irrumpí en un callejón desierto con firme de tierra amarilla. Al final del callejón estaba en su silla de ruedas el cojo Makárenko que en su silla recorría la ciudad vendiendo tabaco. Los niños de nuestra calle le compraban tabaco, los niños le querían y yo corrí por el callejón hacia él.
   -Makárenko -dije con la respiración entrecortada por la carrera y acaricié el hombro del cojo-, ¿has visto a Shoil?
   El mutilado no respondió. Su cara tosca hecha de grasa roja, de puños y de hierro, transparentaba. Se removía nervioso en la silla: Katiusha, su mujer, volvió hacia él su fofo trasero mientras clasificaba los objetos apilados en el suelo.
   -¿Qué has contado? -preguntó el cojo y reclinó todo el cuerpo como si de antemano no pudiera soportar la respuesta.
   -Catorce polainas -dijo Katiusha sin incorporarse-, seis fundas de mantas, ahora cuento las cofias...
   -Cofias -gritó Makárenko; se le cortó la respiración y emitió algo así como un gemido-. Está visto, Katerina, que Dios me señaló a mí para responder por todos... La gente lleva el lienzo por piezas. La gente se lleva lo bueno y nosotros cofias...
   Así era. Por el callejón pasó corriendo una mujer de hermosa cara encendida. Llevaba un manojo de feces en una mano y una pieza de paño en la otra. Con voz feliz y desesperada llamaba a los hijos extraviados; arrastraba el vestido de seda y la chaqueta azul tras su cuerpo veloz y no oía a Makárenko que la seguía en su silla. El cojo iba quedando atrás, sus ruedas chirriaban; él movía las palancas con todas sus fuerzas.
   -Madamita -gritaba con voz estentórea-, ¿de dónde sacó el percal, madamita?
   Pero la mujer del vestido veloz ya había desaparecido. En dirección opuesta salió de la esquina un carro tambaleante. Un muchacho campesino iba en el carro de pie.
   -¿A dónde corre la gente? -preguntó el muchacho y levantó una rienda roja sobre los jamelgos que se agitaban dentro de sus colleras.
   -Toda la gente está en la plaza de la Catedral -dijo suplicando Makárenko-, allí está toda la gente, buen hombre. Todo lo que cojas, tráemelo, lo compro todo.
   El muchacho se inclinó hacia adelante y azotó a los jamelgos píos. Los caballos corcovearon como los becerros sus grupas sucias e iniciaron el trote. El callejón amarillo volvió a quedarse amarillo y desierto; entonces el cojo volvió hacia mí sus ojos apagados.
   -¿Es que Dios me señaló a mí? -dijo desfallecido-. ¿Es que soy yo el hijo del hombre?...
   Y Makárenko me tendió la mano salpicada por la lepra.
   -¿Qué llevas en el morral? -dijo y cogió la saca que me calentaba el corazón. La mano gruesa del mutilado alarmó a los tumbler y sacó a la paloma rojiza. El ave reposaba en su mano con las patas estiradas.
   -Palomas -dijo Makárenko y chirriando sus ruedas se aproximó a mí-, palomas -repitió y me pegó en la cara.
   Me pegó de revés con la mano que sujetaba el ave. El trasero fofo de Katiusha se revolvió en mis pupilas y caí al suelo con mi nuevo abrigo.
   -Hay que eliminar a toda su semilla -dijo entonces Katiusha y se inclinó sobre las cofias-, no puedo ver a su semilla ni a sus hombres apestosos...
   Ella dijo algo más de nuestra semilla, pero no oí más. Estaba tirado en el suelo y por mi sien se escurrían los intestinos del pájaro despachurrado. Se escurrían a lo largo de las mejillas, serpenteando, salpicando y cegándome. La suave tripa de la paloma se deslizó por mi frente; cerré el último ojo sin tapar para no ver el mundo que se extendía ante mí. Ese mundo era pequeño y terrible. Una piedra yacía ante mis ojos, una piedra mellada como la cara de una vieja quijaruda; algo más allá había una cuerda y un manojo de plumas aún palpitantes. Cerré los ojos para no verlo y me apreté a la tierra que yacía debajo de mí con su mudez tranquilizadora. Aquella tierra apisonada no se parecía a nuestra vida ni a la espera de los exámenes en nuestra vida. Lejos de aquí sobre ella marchaba el dolor a lomo de un caballo grande, pero el golpeteo de los cascos se hacía más débil, se perdía y el silencio, el amargo silencio que algunas veces asombra a los niños en desgracia, borró la raya entre mi cuerpo y la tierra inmóvil. La tierra olía a suelo húmedo, a tumba y a flores. Escuché su olor y lloré sin miedo. Caminé por una calle ajena, llena de cajas blancas, caminé adornado con plumas sangrientas, sólo por el medio de las aceras barridas como si no fuese domingo y lloré con tanta amargura, plenitud y felicidad como jamás volví a hacerlo. Los cables blanquecinos susurraban sobre mi cabeza, un perro callejero corría delante de mí; en un callejón lateral un hombre joven con chaleco rompía un marco en la casa de Jaritón Efrussi. Lo rompía con un mazo de madera, se impelía con todo el cuerpo y, suspirando, sonreía a diestro y siniestro con la sonrisa bonachona de la embriaguez, del sudor y de la fuerza espiritual. La calle toda estaba llena de estrépitos, de crujidos y del canto de la madera quebrantada. El hombre maceaba sólo para tener motivos de inclinarse, de sudar y de gritar palabras extrañas en un lenguaje desconocido, no ruso. Las gritaba y cantaba, desgarrando por dentro sus ojos azules hasta que en la calle apareció la procesión que venía del Ayuntamiento. Ancianos con barbas teñidas portaban el retrato del zar peinado, los estandartes con santos sepulcrales se agitaban sobre la procesión, ancianas enardecidas avanzaban rápidas. El hombre del chaleco vio la procesión, apretó el mazo contra el pecho y corrió tras los estandartes; yo esperé el fin de la procesión y llegué a nuestra casa. Estaba vacía. Sus puertas blancas quedaron abiertas y la hierba al pie del palomar aplastada. Sólo Kuzmá no abandonó la casa. Kuzmá el barrendero estaba en el cobertizo y amortajaba al difunto Shoil.
   -Te lleva el viento como a la mala astilla -dijo el viejo al verme-, estuviste fuera una eternidad... El pueblo se cargó a tu abuelo. Ya lo ves...
   Kuzmá gimoteó, se revolvió y sacó de la bragueta del abuelo una perca. Dos percas metieron a mi abuelo: una en la bragueta y otra en la boca; el abuelo había muerto, pero una perca estaba viva y se estremecía.
   -Se cargaron al abuelo, a nadie más -dijo Kuzmá y tiró las percas al gato-, los puso de vuelta y media y de qué manera; un tío formidable... Tápale los ojos con monedas, anda...
   Entonces, a mis diez años, no sabía para qué los muertos necesitan las monedas.
   -Kuzmá -le susurré-, sálvanos...
   Me acerqué al barrendero, abracé su vieja espalda derrengada, con un hombro sobresaliente, y vi a su espalda al abuelo muerto. Shoil yacía sobre serrín con el pecho aplastado, la barba erguida, los borceguíes calzando los pies desnudos. Sus piernas separadas estaban sucias, violáceas, muertas. Kuzmá trajinaba en torno a ellas. Amarró las mandíbulas y se puso a cavilar qué más podría hacer con el muerto. Andaba como si tuviese en casa muebles nuevos y se apaciguó cuando peinó la barba del muerto.
   -Los puso a todos de vuelta y media -dijo sonriendo y observó el cadáver con cariño-. Si hubiesen sido los tártaros, los hubiese echado, pero llegaron los rusos y con ellos las mujeres rusas. A los rusos les disgusta perdonar. Conozco a los rusos...
   El barrendero puso más serrín bajo el muerto, se quitó el mandil de carpintero y me tomó de la mano.
   -Vamos a ver a tu padre -murmuró cogiéndome más fuerte-, tu padre anda buscándote desde la mañana. No vaya a ser que se muera...
   Y Kuzmá y yo nos fuimos a casa del recaudador de impuestos, en la que mis padres se escondían del pogrom.

PRENSA. 31 enero 2011

   En "El País":

1. Máscaras. Columna de Almudena Grandes.

2. Otras vidas. Columna de David Trueba.

3. Tú con tu abuela, yo a trabajar. Reportaje de Inmaculada de la Fuente. Más que canguros de sus nietos, algunos se sienten esclavos de sus hijos - Hay expertos que denuncian abusos - Pero muchos ancianos reconocen que el trato con los niños les reporta alegría y hace posible que las madres trabajen.

4. El narrador del cuento tiene dos mamás. Reportaje de Elisa Silió. Los libros infantiles enseñan a abordar con naturalidad realidades y asuntos familiares minoritarios o tabú.

5. ¿Y Marruecos? Artículo de Abdellatif Laâbi, escritor marroquí. Traducción de Juan Ramón Azaola. La mayoría de los marroquíes desea una transición pacífica pero irreversible hacia la democracia. Se necesita un cambio de rumbo que instaure la separación de poderes y la protección de las libertades.

6. Los espectros optimistas de otros Davos. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

domingo, 30 de enero de 2011

POESÍA. "Retirado en la paz de estos desiertos...", de Quevedo (1580-1645)


Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Literatura, compromiso y moral", por Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Literatura, compromiso y moral

HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 22/01/2011

   Las historias de las vidas de los santos eran literatura comprometida, y más aún, moralista, es decir, con una moral prescriptiva. La receta era simple: presentar vidas ejemplares que pudieran servir como receta vital. Si quieres ser un buen católico, sinónimo de buena persona, debes vivir según el ejemplo de los santos varones. Esta literatura típicamente medieval (que hoy se deja leer con el mismo placer extrañado que nos producen los bestiarios) tuvo un fugaz renacimiento en el siglo XIX. Preocupados por el auge de la novela realista, donde ya no se presentaban figuras nobles sino que incluso los protagonistas podían ser hombres disolutos y mujeres extraviadas, algunos propagandistas piadosos se dedicaron a reeditar historias hagiográficas.
   Estos relatos amenos debían servir de antídoto a las perniciosas novelas modernas. Contra la funesta novelería, las vidas de los santos servían para afirmar "la autoridad paterna, la fe conyugal, la santidad de la ley, la inviolabilidad de la propiedad, la virtud, la piedad...". Y para enseñanza y escarmiento de las frívolas lectoras de novelas se proponía el ejemplo de las santas mujeres: Santa Genoveva, Santa Inés, Santa Clotilde... Hay que decir, sin embargo, que este remake del siglo XIX no tuvo mucho éxito y la novela burguesa, con personajes de todas las calañas, en la que abundan libertinos y prostitutas, se impuso como una representación más amena y fidedigna del mundo.
   Luego vino el siglo XX y otras religiones tuvieron su momento de dominio: nazismo, comunismo, fascismo. Tan autoritarios como los prelados de la Iglesia católica, sus jerarcas quisieron imponer la forma en que debían escribirse las historias. También ellos, a su manera, preferían personajes ejemplares. Quemaron libros de autores decadentes, prohibieron las novelas de judíos, declararon indeseables a los escritores que escribían tramas con inclinaciones pequeño-burguesas, enviaron al Gulag a poetas y dramaturgos que no siguieran ciertas normas. Un nuevo tipo de literatura confesional, fiel a otra iglesia y con otros santos, trató de imponerse en las formas del arte: había que presentar con buenos ojos el ascenso del proletariado, las luchas de liberación de los pueblos, o bien proteger las sanas costumbres, o ensalzar a los pueblos superiores y a las razas puras. De esta receta no quedó nada bueno. La propaganda aria, comunista, falangista o indigenista es indigesta. La buena literatura siguió su camino, sin santos y sin héroes de una sola pieza; regresamos a los héroes ambiguos y complejos como Lázaro, don Quijote, Jacques, Cándido, Lucien de Rubempré, Julian Sorel... Úrsula Iguarán es real y terrena como Sancho; la Maga y Emma Sunz son de carne y hueso, como Fortunata y Jacinta.
   ¿Quiere decir esto que ya no hay Novelas ejemplares, y que ya ninguna historia ni ningún escritor debe proponer un "modelo moral" como se hacía en las vidas de los santos? No es así. Por mucho que la novela no tome partido, los dilemas morales son parte esencial del quehacer literario. Los lectores reconocen al benévolo y al malévolo sin que el autor deba decir que X es bueno e Y es malo. Dijo Borges: "Vedar la ética es arbitrariamente empobrecer la literatura. La puritánica doctrina del arte por el arte nos privaría..." y sigue una lista de casi todos los escritores del mundo.
   Sucede que lo que un buen escritor describe en tintas claras u oscuras no es lo que le dicta previamente una iglesia, una secta o un partido. Todos los grandes escritores antiguos, modernos y contemporáneos tienen un hondo sentido ético. Si Marías escribe sobre la traición o Vargas Llosa sobre los horrores imperiales o Cercas sobre la ambigüedad de los malvados es porque en todos hay una pasión moral y una sed de justicia. Sin el repudio implícito a la violencia contra las mujeres es imposible incluso de leer a un escritor como Stieg Larsson.

   Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) publicó el año pasado el libro de relatos Traiciones de la memoria (Alfaguara).

PRENSA. "Iconos", de Manuel Vicent

Manuel Vicent

   En "El País":
Iconos

MANUEL VICENT 23/01/2011

   La cultura moderna consiste en estar sentado, en mirar, en teclear y callar. El pensamiento ya no es una fuente de creación ni de rebeldía. Frente a nuestros ojos discurre ahora una cinta perenne de imágenes, cada una más excitante que la anterior, más directa, más luminosa. Prácticamente el cerebro humano se ha convertirlo en un recipiente de iconos, de rostros, sexos, muñecos, envases, marcas, paneles, pornos, carátulas, solapas, videojuegos, e-mails, telediarios que hacen rodar las tragedias por la pantalla como esa nube de algodón azucarado que venden en las ferias y que duran solo un minuto en poder de los niños. Los carteles de espectáculos pegados a una tapia estaban visibles al menos una mañana entera antes de que los tapara otro reclamo, pero hoy la noria de luces superpuestas es instantánea y convulsiva cuyo vértigo constituye ya la sustancia de la mente. Los jóvenes hoy se alimentan de imágenes. Lo que no se ve, no existe. El pensamiento clásico ha quedado en manos de algunos taxistas cabreados con un mondadientes en la boca y de sus discípulos predilectos, que son algunos articulistas, intelectuales y analistas obsesionados con las zanjas del Ayuntamiento, con el ruido callejero y con la dificultad para aparcar. La crisis de la existencia ha sido reducida a un malhumor municipal, en esa charca ha sido ahogado Schopenhauer. Luego están los moralistas sin sentido del humor y los políticos gafes que se han visto obligados por la cultura de la imagen a teñirse el pelo y a trasquilarse las ojeras. Con un dedo firme señalan el camino, con palabras podridas por la halitosis te dan lecciones, pero nada es valido ya sin la alegría superficial y gentil del facebook, nada es real sin las imágenes que se devoran unas a otras bajo el relámpago de magnesio sobre una infinita alfombra roja que va rolando por las esferas e introduce a los héroes del momento en nuestra cocina, en el comedor, en el cuarto de baño, en el dormitorio y los ahoga en las dos mejillas de la almohada donde se confunden con el sueño o el insomnio. Somos seis mil millones de humanidad. La mitad está sentada mirando cómo la otra mitad hace el payaso. Y así sucesivamente se va llenado el desván de nuestro cerebro de iconos. Mirar, callar y teclear, de todo, de nada.

PINTURA. HISTORIA. "The field of Prince Igor Svyatoslavich's (1151-1201) battle with the Polovtsy', de Victor Mikhailovich Vasnetsov (1843-1926)

PRENSA (2). 30 enero 2011

   En suplementos de "El País":

1. Huir por el corredor turco. Reportaje de Blanca López Aragüena. Cada día, 200 'sin papeles' atraviesan la frontera que separa Grecia de Turquía ayudados por las mafias. 1.000 dólares por llegar a la frontera desde Estambul. 500 dólares por cruzar el paso en barca. Desesperado, el Gobierno heleno quiere evitarlo levantando una valla.

2. Obama y el fantasma chino. Por Elvira Lindo.

3. Chaplin descubre a Charlot. Reportaje de Lucía Magi. La intuición de Charles Chaplin creó ese vagabundo genial vestido de dandi que se convirtió en la primera estrella del cine universal. Hoy, tras años fragmentadas y olvidadas por el mundo, se pueden admirar, reunidas por primera vez, las 33 películas.

4. Doble castigo para las palestinas. Entrevista. Por Ana Carbajosa. Las encierran en prisión, y además, cuando salen, sus compañeros las miran con desconfianza. Ellas no obtienen el pedigrí de luchadoras. Arrastran un doble estigma. Hablamos con tres de estas mujeres.

5. ¿Compañeros o amigos? Reportaje de psicología. Por Ferrán Ramón-Cortés. En las relaciones laborales, la amistad es una elección, pero la confianza debería ser una obligación. Sin ella es más difícil entenderse y llegar a ser buenos compañeros.

6. Elegía. Por Almudena Grandes.

7. Discusiones ortográficas I. Por Javier Marías.

PRENSA (1). 30 enero 2011

   En "El País":

1. La oca. Columna de Manuel Vicent.

2. La Liga Norte esconde los libros que no le gustan. Por Lucía Magi. Una biblioteca pública del Véneto retira 'Gomorra', de Saviano.

3. La batalla de Himera emerge de las fosas de sus guerreros. Reportaje de Jacinto Antón. El hallazgo de los restos ilumina el decisivo combate que ganaron los griegos a los cartagineses hace 2.500 años.

4. Para estudiar es mejor hacer tests que repasar. Por Malen R. de Elvira. Practicar lo aprendido con pruebas cortas refuerza la memoria, según los expertos.

5. No creas en lo que ven tus ojos... Artículo de Juan Goytisolo sobre los sucesos del Magreb y otros países árabes.

6. La batalla de Egipto continúa. Artículo de Alaa Al Aswany, escritor egipcio, autor de El edificio Yacobian. © 2011 Alaa Al Aswany. Traducción de Mª Luisa Rguez. Tapia.

7. Los réprobos. Artículo de Vargas Llosa. La genialidad artística no es un atenuante del racismo, pero la decisión del Gobierno francés de suspender los actos del cincuentenario de Céline envía un mensaje peligrosamente equivocado.

8. ¿Quiénes hacen la revolución? Por Nuria Tesón. Yehi, Ramy, Moussa... los egipcios cuentan por qué han tomado las calles. ¿Efecto dominó? Sí, pero a su ritmo. Por Ignacio Cembrero. Intelectuales y académicos magrebíes y del sur de Europa reflexionan sobre la propagación por el norte de África de las revoluciones tunecina y egipcia.

sábado, 29 de enero de 2011

POESÍA. "Soneto amoroso", de Quevedo (1580-1645)

SONETO AMOROSO

Dejad que a voces diga el bien que pierdo,
si con mi llanto a lástima os provoco;
y permitidme hacer cosas de loco:
que parezco muy mal amante y cuerdo.

La red que rompo y la prisión que muerdo
y el tirano rigor que adoro y toco,
para mostrar mi pena son muy poco,
si por mi mal de lo que fui me acuerdo.

Óiganme todos: consentid siquiera
que, harto de esperar y de quejarme,
pues sin premio viví, sin juicio muera.

De gritar solamente quiero hartarme.
Sepa de mí, a lo menos, esta fiera,
que he podido morir, y no mudarme.

PRENSA. "Manolillo y los bomberos", por Elvira Lindo

Elvira Lindo
   En "El País":
Manolillo y los bomberos

ELVIRA LINDO. 23/01/2011

   Desde que el mundo es mundo, los niños que soñaban con ser escritores eran los rarillos. Una rareza que no se apreciaba, porque ya se encargaban esos niños fantasiosos de que nadie descubriera su diferencia. En este aspecto las cosas no han cambiado. Tú preguntas en una clase, "¿a alguien le gusta escribir?", y las criaturas bajarán la cabeza como si hubieras preguntado quién se masturba o algo parecido. Tal vez un alumno decida romper la tensión señalando a una compañera, "ésta escribe poesías", y lo más probable es que la pobre enmudezca, deseando que sus compañeros se olviden pronto de su tara. El niño que escribe es el rarillo. La niña, la rarilla. Porque en la niñez la destreza para la acción tienen mucho más prestigio que las dotes reflexivas. Algunos maestros me han dicho que hay niños que aspiran a ser zánganos de Gran Hermano. En fin, cada generación ha dado su camada de zánganos, ahora, además, tienen programa en la tele. Pero quiero creer que siguen respondiendo a un primitivo impulso heroico que les hace querer curar, ganar carreras, salvar vidas, pilotar aviones, vencer a un enemigo, perseguir al malo. Y todo eso con un uniforme, si es posible. La otra noche, por esos regalos inesperados que te concede la vida, me vi viajando en un microbús con seis bomberos de Huelva y un niño. Íbamos a la entrega de premios del programa El público lee, que de manera tan inteligente presenta Jesús Vigorra. Los bomberos recibían el premio por su labor de rescate en catástrofes y el niño, Manuel Camacho, el que se le otorgaba a la película Entre lobos. Manolillo, como así lo llamaba su madre, iba fascinado, como el niño Jesús entre los doctores, preguntándoles por tsunamis, terremotos y derrumbamientos. Quería saber con detalle cómo era eso de salvar a otros niños como él, de diez años, o a uno mucho más chico de Haití que él había visto en la tele, un niño con una entereza de adulto que, después de que el perro de rescate hubiera señalado el lugar exacto donde había sido sepultado, esperaba paciente a que los bomberos procedieran a desescombrar el lugar y devolverlo a la vida. Yo cerraba los ojos y me dejaba llevar por las voces: la del niño Manuel, excitado por estar entre hombres que salvan niños; las de los bomberos, que iban contestando con la buena disposición de quienes aman su oficio y disfrutan contándolo. Los niños adoran a los bomberos. Las mujeres, por otras razones, también. Con el tiempo supe que los gays adoraban a los bomberos por las mismas razones que las mujeres. En realidad, la curiosidad hacia los equipos de rescate es general, porque qué pocos son los adultos que finalmente hacen realidad los sueños heroicos que tuvieron de niños. Una vez que todas las muchachas de la fiesta se hicieron fotos con ellos, me acerqué. Lo bueno de tener esta página, de haber cumplido el deseo secreto de la niña rarilla que fui, es que tengo la excusa perfecta para colarme en las vidas ajenas, y así, de la misma manera que había hecho Manolillo en el microbús, me colé en el corro formado por Luis Felipe, Antonio Zunino, Javier, Florentino y Antonio Bandera. Cinco hombres que se sentían un poco extraños dentro de su uniforme de fiesta: americana azul con botones dorados. Sobre la inmensa espalda de uno de ellos colgaban largas rastas que, en las horas de faena, enrolla dentro del casco de bombero. A diario cumplen un trabajo más o menos monótono, pero se movilizan en cuanto ocurre una catástrofe al otro lado del mundo y, dependiendo de los donativos que reciban para correr con los gastos del viaje, ponen en marcha un destacamento mayor o menor. Dedicaron el premio a esos perros que cumplen un papel fundamental en la tarea. Educados para amar al ser humano, esos animales, no importa su raza, son capaces de dejarse la vida con tal de señalar un punto donde perciben la presencia de un enterrado vivo. Hace tiempo se les entrenaba premiándoles con comida, más tarde se descubrió que la recompensa afectiva les incentiva aún más que la golosina. No dejan que sus perros tengan malas experiencias con humanos, porque el secreto de su entrega en el rescate está en que piensen que todo humano es siempre un amigo. Cada bombero convive con su perro. El grado de colaboración entre ellos es tal que pronunciaron el nombre de todas sus mascotas. Esto sólo puede parecer pueril a quienes no sean capaces de calibrar hasta qué punto es posible la camaradería entre un animal y un hombre o no se detengan a pensar que el resultado de esa cuidadosa convivencia es la salvación de un ser humano. Estos hombres viajan a distintos países para entrenar a otros bomberos en su especialidad de rescate. En Haití colaboraron con colegas peruanos. Salvaron a veinte personas. La idea es que cuanto más cerca de la tragedia haya bomberos expertos más se acorta un tiempo que puede ser fatal en la vida de un sepultado. Uno de los bomberos me pidió que me hiciera una foto con él. Para mi novia, dijo, que te sigue. Y yo pensé, el tiempo diluye las diferencias: aquí está uno de aquellos niños de acción que persiguió el sueño de ser heroico, y aquí, una de esas rarillas que quería escribir. Ellos, los audaces, actúan; nosotros, los medrosos, contamos su historia.

PINTURA. "Alejandro Magno y el físico Filipo de Arcarnarnia" (1870), de Henryk Siemiradzki (1843-1902)

PRENSA. 29 enero 2011

   En "El País":

1. 'Susi' y 'Jimy'. Columna de Manuel Rivas.

2. Liszt sí sabía lo que eran los fans. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. El genio arrebatador del pianista y compositor húngaro, que desataba la locura en los escenarios, sigue vigente en el 200º aniversario de su nacimiento.

3. La belleza del excremento. Por Vicente Verdú. La basura ha eliminado parte de su carácter negativo y despertar el interés de investigadores.

4. La biblioteca que escapó del fuego. Artículo del escritor Rafael Argullol.

5. Europa y la revolución democrática árabe. Artículo de Javier Valenzuela. La historia late con intensidad en el norte de África, para pasmo y temor del 'establishment' europeo. Unas juventudes urbanas conectadas por Internet luchan por el fin inmediato del despotismo y la corrupción.

6. La calle tunecina. Por Samí Naïr. Traducción de M. Sampons.

viernes, 28 de enero de 2011

IES "MAIMÓNIDES". REFLEXIONES SOBRE LA PAZ. POESÍA. RECURSOS DIDÁCTICOS. Alumnado de 2º de ESO

   A continuación, unas REFLEXIONES SOBRE LA PAZ, escritas por alumnos y alumnas de HISTORIA Y CULTURA DE LAS RELIGIONES, asignatura impartida por la profesora Juana Duque:

LA PAZ Y LAS RELIGIONES
   Las religiones forman parte del ser humano, ya que afirman la existencia de una realidad distinta a la nuestra, y tratan de responder a las preguntas que nos planteamos y de resolver los problemas que nos angustian.
   A lo largo de la historia han existido numerosas batallas originadas por las diferencias entre religiones; desde las luchas entre moros y cristianos hasta las actuales guerras entre musulmanes y judíos. Es triste que religiones que se basan en la paz y la tolerancia sean motivo de guerra y no de unión. Si cada uno piensa que su religión es la verdadera y que su dios es el único, ahí está el conflicto.
   Cada religión propone una forma distinta de vida condicionada por sus doctrinas; sin embargo, todas ellas tienen valores comunes. Hay más similitudes que diferencias y aun así surgen enfrentamientos.
   Entonces, ¿cuál es la solución? Debemos aliarnos por esos aspectos comunes, olvidando nuestras diferencias. ¿Qué importa que tu Dios sea Alá, Yahvé o Buda, cuando todos buscan la paz y la tolerancia? Debemos convertir las religiones en lazos que nos unan y no en murallas que nos separen.
                                                   Ara Méndez Murillo. 2º ESO A

¿LAS RELIGIONES CAUSAN GUERRAS?
   Si nos limitásemos a escuchar la radio y ver las noticias pensaríamos que sí, que gran parte de las guerras, ya sean actuales o pasadas, están causadas por motivos religiosos. Yo pienso que no es así.
   Las guerras ocurren por una razón: las diferencias. La culpa no es suya, sino de algunas personas que no quieren aceptarlas. Personas cerradas de mente que ven un solo camino, el suyo.
   Las religiones son una de esas diferencias. En el origen de algunas de ellas está la explicación del nuestro y sin embargo se utilizan para destruirnos. Las usamos como muros cuando deberían ser puentes; nos hemos acostumbrado a odiar lo distinto, tachándolo de raro.
   Al pensar en religiones, visualizamos muchas cosas distintas cuando, en realidad, son todas tan parecidas que es fácil confundirse. Comparten muchísimos rasgos comunes, claro que también hay características que las diferencian.
   Sería mucho más fácil vivir sin religión alguna, no habría tantos conflictos, pero eso nunca habría sido posible porque el ser humano necesita creer en algo, cualquier cosa. La clave está en ser libre para creer, respetando las creencias de los demás. Los problemas aparecen cuando intentas imponer tus creencias usando la violencia, cuando la mejor arma son las palabras.
   Sí, sería más fácil vivir sin religión alguna, pero en mi opinión no sería lo correcto, sería intolerante.
                                                Carmen Aparicio Serrano. 2º ESO A

LAS RELIGIONES Y LA PAZ
   “Tenemos la suficiente religión para odiarnos (…) pero no la suficiente para amarnos…”.

   Creo que esa frase es muy cierta, ya que personas de diferentes religiones (judía, cristiana, musulmana, budista…) no aceptan las de los demás, no aceptan otro Dios que el suyo; este sentimiento genera conflictos y el uso de la fuerza en nombre de la religión provoca sufrimiento. Si nadie quiere la guerra, ¿por qué la provocamos? La religión no provoca nada, somos los hombres; las religiones nos dan un guión, nosotros lo interpretamos o lo interpretamos mal. Las religiones no odian a nadie, el hombre sí en su nombre.
                                               Inmaculada Granados Alba. 2º ESO A

REFLEXIÓN SOBRE LA PAZ Y LA RELIGIÓN
   Desde mi punto de vista, no creo que la religión tenga que estar siempre diciendo “SÍ A LA PAZ, NO A LA GUERRA”. Cada hombre opina que su religión es la mejor; de todas maneras, el problema no es la religión, es el fanatismo y la ignorancia de quien considera que el suyo es el único punto de vista.
                                                          Luis López Valiente. 2º ESO A

   Éstas son reflexiones hechas por alumnos de la asignatura de Historia y Cultura de las Religiones de 2º de ESO. En el aula, ellos expresan sus opiniones, después del conocimiento histórico de las distintas culturas y creencias. Están plenamente convencidos de que la diversidad nos enriquece y que la tolerancia y el respeto nos hacen grandes. Es nuestro granito de arena a la conmemoración del Día Mundial de la Paz y la No Violencia con una invitación a la lectura de estos poemas.

   Juana Mª Duque Pérez. Profesora de Historia y Cultura de las Religiones de 2º ESO

Gloria Fuertes

SÓLO TRES LETRAS
Solo tres letras, tres letras nada más,
solo tres letras que para siempre aprenderás.
Solo tres letras para escribir PAZ.
La P, la A, y la Z, solo tres letras.
Solo tres letras, tres letras nada más,
para cantar PAZ, para hacer PAZ.
La P de pueblo, la A de amar
y la zeta de zafiro o de zagal.
(De zafiro por un mundo azul,
de zagal por un niño como tú.)
                    GLORIA FUERTES

Miguel Hernández

GUERRA
La vejez en los pueblos.
El corazón sin dueño.
El amor sin objeto.
La hierba, el polvo, el cuervo.
¿Y la juventud?
En el ataúd.

El árbol, solo y seco.
La mujer, como un leño
de viudez sobre el lecho.
El odio sin remedio.
¿Y la juventud?
En el ataúd.
              MIGUEL HERNÁNDEZ. Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

POESÍA. "Salmo XIX", de Quevedo (1580-1645)


SALMO XIX

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, Vida mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!

Ya cuelgan de mi muro tus escalas,
y es tu puerta mayor mi cobardía;
por vida nueva tengo cada día,
que el tiempo cano nace entre las alas.

¡Oh mortal condición! ¡Oh dura suerte!
¡Que no puedo querer ver la mañana
sin temor de si quiero ver mi muerte!

Cualquier instante de la vida humana
es un nuevo argumento que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, y cuán vana.

IES "MAIMÓNIDES". CLUB DE LECTURA DE MADRES Y PADRES. "El amor en los tiempos del cólera", de Gabriel García Márquez. FRAGMENTO 3

Gabriel García Márquez

   Su ansiedad se convertía en desesperación a medida que se acercaban las vacaciones de diciembre, pues se preguntaba sin sosiego qué iba a hacer para verlo, y para que él la viera, durante los tres meses en que no iría al colegio. Las dudas persistían sin solución la noche de Navidad, cuando la estremeció el presagio de que él estaba mirándola entre la muchedumbre de la misa del gallo, y esa inquietud le desbocó el corazón. No se atrevió a volver la cabeza, porque estaba sentada entre el padre y la tía, y tuvo que sobreponerse para que ellos no advirtieran su turbación. Pero en el desorden de la salida lo sintió tan inminente, tan nítido en el tumulto, que un poder irresistible la obligó a mirar por encima del hombro cuando abandonaba el templo por la nave central, y entonces vio a dos palmos de sus ojos los otros ojos de hielo, el rostro lívido, los labios petrificados por el susto del amor. Trastornada por su propia audacia, se agarró del brazo de la tía Escolástica para no caer, y ésta sintió el sudor glacial de la mano a través del mitón de encaje, y la reconfortó con una señal imperceptible de complicidad sin condiciones. En medio del estruendo de los cohetes y los tambores de nación, de las farolas de colores en los portales y el clamor de las muchedumbres ansiosas de paz, Florentino Ariza vagó como un sonámbulo hasta el amanecer viendo la fiesta a través de las lágrimas, aturdido por la alucinación de que era él y no Dios el que había nacido aquella noche.
   RBA. Biblioteca García Márquez. Página 94

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Joaquín Roses, coordinador de las actividades que se celebrarán para conmemorar el 450 aniversario de Góngora

Góngora. Cuadro de Velázquez
  
En "El Día de Córdoba":
"A partir de Góngora, la lengua y la literatura española son otras: es un renovador"

   Una exposición, un congreso internacional y otras actividades revisarán este año la vida y la obra del cordobés y pondrán de manifiesto su influencia en la historia de la poesía

Alfredo Asensi / Córdoba
Actualizado 23.01.2011
  
   Hace 450 años nació en la Casa de las Pavas Luis de Góngora y Argote, figura mayor de la poesía occidental y protagonista de un programa de actividades que, organizado por varias instituciones y coordinado por Joaquín Roses, profesor titular de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Córdoba, se desarrollará en los próximos meses. El autor de las Soledades se asoma al siglo XXI con la luz de unos versos que también son música y misterio.
   -¿Qué objetivos se persiguen con esta conmemoración?
   -Desde hace muchos años estamos desarrollando una labor de reivindicación de la figura de Góngora, porque ocurre muchas veces, desagraciadamente, que lo que tenemos más cerca no lo vemos con claridad o no sabemos valorarlo. Aprovechando que se cumplen 450 años de su nacimiento, queremos demostrarle a la ciudad y al país entero, porque se trata de una celebración estatal, la dimensión de Góngora como figura importantísima de la cultura española, que transformó por completo el idioma.
   -¿Qué actividades hay previstas y cómo va a ser su distribución a lo largo del año?
   -Lo primero que hay que decir es que todo esto existe gracias a la iniciativa política y el trabajo de la diputada por Córdoba Angelina Costa. Se presentó un proyecto muy ambicioso antes del verano de 2010, del cual algunas actividades están en marcha. En primer lugar hay que hablar de una gran exposición sobre Góngora, que se celebrará en la sala Recoletos de la Biblioteca Nacional (Madrid), entre septiembre y noviembre, y Córdoba, desde diciembre hasta enero o febrero de 2012. No se va a limitar a fondos documentales, manuscritos y ediciones de la obra de Góngora y sus contemporáneos, sino que incluirá otros contenidos. Asimismo, se explicará al visitante la importancia y la vigencia que el poeta tiene en toda la época posterior, especialmente en el siglo XX. Para no mutilar la exposición, financiada íntegramente por la Sociedad Estatal de Acción Cultural, en Córdoba ocupará dos espacios que reúnen las condiciones adecuadas: la sala Vimcorsa y el Centro de Arte 'Pepe Espaliú'. Al margen de la Sociedad Estatal, que depende del Ministerio de Cultura, las instituciones implicadas en las actividades conmemorativas son el Ayuntamiento, la Diputación, la Universidad y la Junta de Andalucía. La financiación de las iniciativas es diversa, pero el protagonismo institucional va a ser de todas. Las tres primeras colaborarán en la realización del congreso, segunda gran actividad del año y que posiblemente se celebrará en noviembre, coincidiendo con el final de la exposición en la Biblioteca Nacional. Hay quien puede preguntarse cuántos congresos sobre Góngora se han celebrado en Córdoba. La respuesta es: ninguno. Se han hecho diez foros de debate -'Góngora Hoy'- que han dado como resultado una colección de estudios gongorinos de la que han salido once números, el último sobre las Soledades. Eran foros en los que venían cinco conferenciantes, que carecían de comunicaciones y que se celebraban en dos o tres días. Ahora afrontamos un congreso internacional de una semana de duración y en el que los jóvenes investigadores presentarán sus comunicaciones. Será el primer congreso internacional sobre Góngora que se celebre en España, y su objetivo es estudiar las tradiciones en las que el poeta aprende su arte y cómo luego es capaz de dinamitarlas, así como las proyecciones de su obra en toda la poesía posterior, con especial relevancia en el siglo XX, tanto en España como en Hispanoamérica. Y sin quedarnos exclusivamente en la literatura, ya que estableceremos conexiones con otras disciplinas como la Historia, el arte y, muy destacadamente, la música. La tercera actividad es la más ambiciosa y la que está costando más trabajo. Góngora también era dramaturgo y escribió en 1610 una obra llamada Las firmezas de Isabela que publicó en Córdoba en 1613. Esta obra es una joya. Pero, como sucede con la poesía, acercarse a su teatro conlleva una dificultad. No es el tipo de teatro facilón de la fórmula lopesca. Ha habido contactos con el Inaem -Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música, dependiente del Ministerio de Cultura- que han puesto de manifiesto la dificultad de llevarla a la escena por motivos de producción. El Inaem sugirió que busquemos una coproducción con una productora privada y en eso estamos. Tenemos pendientes nuevas reuniones para avanzar en el proyecto.
   Otra línea de trabajo que me parece fundamental es la referente a las publicaciones. He presentado a la Dirección General del Libro del Ministerio de Cultura y a la de la Consejería de Cultura un proyecto editorial serio que incluye unos diez títulos. Hay, por ejemplo, un texto de finales del siglo XIX publicado en Córdoba por Manuel González Francés, Góngora racionero, que nunca se ha vuelto a editar: sería interesante reeditarlo en facsímil junto a otros textos. Hay facsímiles de principios del siglo XX que también vale la pena recuperar, así como la única biografía de Góngora publicada hasta la fecha, escrita por Miguel Artigas en 1925. Junto a esto hay una serie de libros de nueva creación que he propuesto, entre ellos una segunda antología en honor a Góngora -Gerardo Diego hizo la primera en 1927-, con poetas del siglo XX, y una selección de la crítica realizada sobre Góngora el siglo pasado que muestre la manera en que estos textos han transformado el conocimiento que tenemos del poeta actualmente, muy distinto del que tenían, por ejemplo, los académicos cordobeses que le rindieron homenaje en 1927. Quizá sería interesante también comprobar cómo leen a Góngora los poetas vivos. Pero todo esto no está tan desarrollado como la exposición y el congreso. Hay también una propuesta de documental que carece de momento de una partida económica que lo haga posible. Me he entrevistado con el director y el productor, tenemos una escaleta y un presupuesto y lo ideal sería que se estrenara en el marco del congreso, por ejemplo en la Filmoteca de Andalucía. No hay un documental dedicado a su figura. Góngora fue de los primeros en darse cuenta de la importancia que tiene la relación entre la trayectoria vital y la obra, como demuestra el Manuscrito Chacón, en el que data cada uno de sus poemas, y queremos que este aspecto esté presente en el documental, así como su proyección en autores como Lezama Lima, Severo Sarduy y los poetas del 27.
   En lo referente al público infantil, en 2009 hice dos antologías didácticas, para la ESO y Bachillerato, que no han tenido la suficiente difusión, por lo que se podría aprovechar esta conmemoración para hacer con ellas un programa de difusión de Góngora por colegios e institutos. Angelina Costa está en conversaciones con la concejala de Educación e Infancia, Elena Cortés, y con profesores de instituto. Finalmente, lancé la idea de que Góngora esté presente en las actividades culturales que con periodicidad anual se celebran en Córdoba: Cosmopoética, Feria del Libro, Festival de la Guitarra... Cosmopoética parece que ha recogido la idea y le va a hacer un homenaje. En la Feria del Libro me consta que también habrá actividades. La parte musical es asimismo importante. El Ayuntamiento está interesado en programar un ciclo de música barroca, con grupos que han hecho cosas sobre Góngora como 'Cinco Siglos'. Todas las actividades están enmarcadas bajo la etiqueta Góngora, la estrella inextinguible. Raíces y proyecciones de un andaluz universal en el 450º aniversario de su nacimiento.
   -El Ayuntamiento anunció para este año la apertura del Centro de Estudios Gongorinos. ¿Están haciendo las instituciones implicadas la apuesta necesaria para llevar a buen término este proyecto?
   -No, no están haciendo la apuesta necesaria. Siempre que me preguntan por esto respondo lo mismo: que pregunten a los políticos. Ya que sale este asunto, diré que Córdoba podría contar con la biblioteca del profesor granadino Emilio Orozco, uno de los grandes expertos del siglo XX en Góngora. Una biblioteca llena de obras de los siglos XVI y XVII, manuscritos, primeras ediciones..., valorada en un millón de euros. El deseo de sus hijos -Orozco falleció en los años 80- era donarla a un centro de estudios sobre Góngora a cambio de la edición de las obras completas del profesor. Hay responsables políticos de Córdoba que han conocido este ofrecimiento pero no se ha hecho nada. Una oportunidad perdida.
   -Con este centro, es de esperar que vuelva el Foro Anual de Debate 'Góngora Hoy'.
   -El último se celebró en 2007, año en que entró un nuevo equipo en la Diputación. Ya no se celebraron más, decían que no era necesario porque el Centro de Estudios Gongorinos se encargaría de continuar esa labor tan importante. Pero el centro no se pone en marcha y se terminan los foros, cuyo interés no residía sólo en el hecho de reunir a varios especialistas sobre Góngora sino en la colección de estudios que produjo. En la Biblioteca del Congreso de Washington o en la Biblioteca Pública de Nueva York están las actas del foro. Góngora está en todas las bibliotecas del mundo. Que un premio Nobel como Mario Vargas Llosa haya afirmado en varias ocasiones que su poeta preferido, por encima de los franceses, es Góngora debería hacer que intentáramos contestar a la siguiente pregunta: ¿conocemos realmente a Luis de Góngora? Los cordobeses tenemos la obligación de conocerlo, entre otras cosas, y por decirlo de una manera muy sencilla, porque actualmente se hacen las cosas de cualquier manera: la gente escribe, viste, conversa de cualquier manera. Góngora no lo hacía. Él intenta elevar la lengua española a la altura de la latina. A partir de Góngora, la lengua y la literatura españolas son otras: es un renovador. Lo imitan en poesía y en prosa, y el hecho de que fuera tan imitado en prosa en el siglo XVII hace que el mensaje de Cervantes no se difunda, su prosa llana no triunfe como debería haber triunfado. En el XVIII y el XIX, sin embargo, su huella desaparece, por una ceguera que tiene que ver con los críticos, con la repetición de las inercias de un manual a otro... Pero resurge en el XX, cuya poesía no se puede entender sin Góngora, entre otros aspectos porque es un autor que adelanta una gran obsesión de los poetas contemporáneos: la especificidad del lenguaje poético y la poesía como tema. También hay que reparar en su oído musical: es el poeta de mejor oído de la literatura española. En esto supo imitar bien a Garcilaso. Góngora demuestra hasta qué punto la poesía se acerca al misterio de la música. El Polifemo, que es la fábula más perfecta de la literatura occidental, está lleno de referencias musicales.
   -¿Cómo trata Córdoba a Góngora?
   -Yo ampliaría la pregunta: ¿cómo trata Córdoba todo lo que tiene que ver con la cultura? ¿Y de qué Córdoba hablamos: de la de las peñas, el dominó y el perol...? Vivimos en una época de frivolidad, superficialidad, banalidad. La arqueología, una fuente de riqueza turística que la ciudad atesora, es vista como un obstáculo, no como un instrumento de transformación y dinamización. Pero estas cosas no sólo pasan en Córdoba, también en otros sitios; lo que ocurre es que por una serie de circunstancias socioeconómicas que todos conocemos, todo esto es aquí más grave si cabe: una exaltación de lo cateto.
   -¿Qué aspectos de la vida y la obra de Góngora quedan por conocer? ¿En qué dirección avanzan los estudios actuales?
   -Esto nos lleva al catálogo de la exposición. Debe ser un catálogo con aportaciones exclusivas en las que se manifieste el cambio de perspectiva que se está produciendo respecto al análisis y la interpretación de la poesía de Góngora. Un capítulo importante será el biográfico. Me consta que hay una investigadora que está actualmente trabajando en su biografía y está descubriendo una serie de documentos que demuestran la sarta de disparates que se han dicho sobre la vida del poeta. Se está haciendo también mucha labor de conexión de Góngora con otras disciplinas. Sus grandes obras, en su calidad de clásicas, soportan múltiples lecturas, son inagotables, y además son iluminadas por nuestra propia vida y las teorías literarias actuales. Se están haciendo estudios importantes sobre las Soledades, el Polifemo y el texto que a Góngora le resultaba más querido: la Fábula de Píramo y Tisbe, de 1618, un romance en el que pone en marcha su novedosa idea de lo que debe ser la poesía.

PRENSA. 28 enero 2011

   En "El País":

1. 'True blood'. Columna de Juan José Millás.

2. "Jesús Aguirre era pura ficción".  Reportaje de Elsa Fernández-Santos. Manuel Vicent reconstruye la vida del cura, editor y último duque de Alba - Entre la biografía y la crónica, el libro repasa un convulso fin de siglo español.

3. Los colegas de 'Mad Max'. Fernando Savater sobre las descargas ilegales.

4. Susurrando a los dictadores. Columna de José Ignacio Torreblanca.

5. CINE. Crítica de cine. Divertida... pero no tanto (Red, de  Robert Schwentke. Por Carlos Boyero). Miserias cruzadas (Mil cretins, de Ventura Pons. Por Jordi Costa). El tiempo de comedia (¿Cómo sabes si...?, de James L. Brooks. Por Javier Ocaña). Vida de una santa (Thérèse, de Alain Cavalier. Por Jordi Costa). Zona de desvalimiento (Miel, de Semih Kaplanoglu. Por Jordi Costa). Ser o no ser Saramago. (José y Pilar, de Miguel Gonçalves Mendes. Por Javier Ocaña).