jueves, 30 de junio de 2011

POESÍA. "Improvisados", de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965)

Fabián Casas

Improvisados

Estamos abrazados en una cama improvisada en el piso.
Tus ojos están cerrados; pero no sé si dormís.
Este es tu cuarto de soltera,
un lugar agradable, neutral.
Por la ventana suben los ruidos
de un día que empieza a moverse.
La ropa permanece arrugada, a un costado,
ignorando la farsa de dar y recibir.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pequeña magnitud" (y 3), de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959)

Fernando Aramburu

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Pequeña magnitud (y 3)

   Deseé ceñir la corona de rey por un motivo. Me habría gustado presenciar mi propia abdicación.

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   De acuerdo, practicaré el ascetismo, pero sólo hasta la hora de comer.

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   Dedicarse sin descanso a mantener a raya las ambiciones, ¿acaso no es también una ambición?

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   Conozco pocos entretenimientos compatibles con la agonía. Quizá la fe.

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   Anoche soñé que un tomo de mis obras completas me caía sobre la cabeza desde la balda más alta y me mataba en el acto. La pesadilla no consistió tanto en el golpe como en la sospecha de haberlo merecido.

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   Sinceramente, cumplidos setenta y cinco, ochenta, ochenta y cinco años, ¿aceptaría usted que lo bajaran a la calle en su silla de ruedas; que lo colocasen en una parte de las barricadas donde estorbase lo menos posible, donde no estuviera demasiado expuesto a las corrientes de aire; y que, en suma, a punto de comenzar la refriega, le tuviesen que dar las últimas y fundamentales instrucciones a grito limpio porque está usted más sordo que una tapia? A partir de cierta edad convendría ir pensando poco a poco en la jubilación revolucionaria.

PRENSA CULTURAL."Babelia". Crítica de "A Siberia", novela de Per Petterson

Per Petterson

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
A Siberia

SERGIO RODRÍGUEZ PRIETO 25/06/2011

   Narrativa. Quince años antes de ganar el premio del 'Consejo Nórdico' con Yo maldigo el río del tiempo, Per Petterson ya estuvo nominado con esta novela que ahora Mondadori recupera para el lector español. Buena oportunidad para admirar la evolución y destreza narrativa de este autor que, a través de las técnicas más convencionales, sin alardes ni artificios de ninguna clase, logra crear escenas y personajes de una intensidad poco usual. Esta vez tampoco defrauda. El empleo de una primera persona femenina con semejante grado de control y empatía ya apuntaban a Petterson como un maestro de la subjetividad, al igual que la habilidad con que despliega todo un sistema narrativo en tres niveles o capas. Desde el núcleo -la memoria- surge la voz de una niña cuya visión irá evolucionando al proyectarse y cobrar forma sobre el segundo plano, allí donde transcurre el drama familiar, con sus rencores y medias verdades, sólo desveladas a través de anécdotas tan eficaces que permiten prescindir de reflexiones sesudas o sentimentaloides. Y desde esta esfera tan íntima, casi palpable, se percibe ya de fondo el proceso de decadencia social que desembocó en la invasión nazi de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. Pero con Petterson la trama es lo de menos; los pilares de la historia no son los hechos, sino precisamente lo que no llega a suceder. Del mismo modo que el título hace alusión a un lugar soñado y nunca visto, el tema central de la historia es un amor que tampoco se realiza, el que siente la narradora por su idolatrado hermano mayor. Ya hace falta sutileza para que todo el relato transcurra al filo del incesto y la tensión sexual se sostenga sobre un par de excursiones nocturnas, algún gesto confuso y muestras supuestamente inocentes de cariño fraternal. Y es que con elegancia se puede hablar de todo; se puede incluso diseccionar el recuerdo ajeno hasta desvelar una anatomía emocional tan compleja y precisa, con tantas conexiones y tan bien imbricadas, que al cerrar el libro uno tenga la impresión de estar sosteniendo un organismo vivo, un animal quebrado que se ha caído de algún nido.

A Siberia
Per Pettersen
Traducción de Cristina Gómez Baggethun
Mondadori. Barcelona, 2011
219 páginas. 16,90 euros

PRENSA. "Elogio a la familia (con algunos gritos aterrados al fondo)", por Rosa Montero

Rosa Montero

   En "El País Semanal":
Elogio a la familia (con algunos gritos aterrados al fondo)

ROSA MONTERO 26/06/2011

   Una de las noticias que más me han impresionado últimamente es una pequeña y acongojante historia que sucedió en Madrid, en Villaviciosa de Odón, hace unas semanas: una mujer de 62 años mató de un disparo a su padre, de 91, en mitad de la noche. La mujer se confesó culpable y al parecer el padre padecía demencia senil. Esto es todo lo que se sabe sobre el asunto porque los medios no han vuelto a tocar el tema, de lo cual me alegro. Es una tragedia demasiado íntima, demasiado esencial como para escarbar en ella. Bastante carga ha de sobrellevar la detenida sobre los hombros, esa culpa ancestral del parricidio. Sobre todo si, como yo me imagino, lo mató por piedad, porque estaba muy anciano y muy demente y lo veía sufrir.
   Pero, aun así, ¡qué terrible nudo gordiano roza esta historia de violencia y de muerte! En el hermetismo de la privacidad doméstica, las familias hacen y deshacen vidas a su antojo, establecen leyes inconfesables, otorgan premios y ordenan castigos, crean paraísos y atizan infiernos construidos a la medida de media docena de personas, o de cuatro, o de dos, justo ese pequeño grumo de individuos que componen lo que llamamos un hogar.
   La familia, sí. Palabra contradictoria, enorme en sus significados, aterradora y hermosa al mismo tiempo. Durante muchos años me quejé y despotriqué de la familia latina, de ese núcleo de convivencia tan pegajoso, del cariño y el odio que nos tenemos, de cómo los españoles no sabemos vivir, por lo general, sin estar entrañados con nuestra reata de sangre. Y, en mi juventud, envidié el desprendimiento de los anglosajones, su ligereza a la hora de volar del nido, su facilidad para desengancharse. Tuve que cumplir los treinta, residir un tiempo en Estados Unidos e impartir clase allí en la universidad, para darme cuenta de los estragos psíquicos que ese distanciamiento familiar había provocado en mis alumnos. Al cabo aprendí que, puestos a pagar un precio (siempre se paga), prefería el exceso emocional de la familia latina a la frialdad y la enloquecedora ausencia de la anglosajona. Cuando te peleas contra el otro (los padres, los hermanos) te construyes. Pero cuando no existe el otro, cuando nadie te refleja ni te limita, es el abismo. Por no hablar de lo que esto supone en cuanto a cohesión social: España, con su enorme porcentaje de parados, sigue siendo uno de los países con menos vagabundos callejeros, porque las familias se aprietan y acogen en sus casas a aquellos que lo han perdido todo. Mientras que Inglaterra, por ejemplo, está llena de personas sin hogar, muchas de ellas sorprendentemente jóvenes.
   Releo lo que he escrito y advierto que estoy haciendo una especie de elogio a la familia. Pues sí, es verdad, reivindico la familia pese a todo, y más ahora, cuando, por fortuna, nos estamos librando del modelo tradicional, patriarcal, autoritario y represivo (sí, justo ese modelo de cartón piedra que tanto defiende la Iglesia católica). Pero esto no me impide reconocer que el núcleo familiar es una caldera hirviente en la que cabe todo, desde el cobijo, la complicidad y el amor más generoso y sin exigencias, hasta la barbarie y la crueldad.
   Me refiero a los terribles secretos de alcoba, que son todas esas perversiones emocionales que suceden en el sancta sanctórum más inexpugnable de la casa, en el interior del hogar y sin testigos. Desde los malos tratos físicos a las humillaciones, culminando, claro está, en los abusos sexuales. Es decir, en el incesto, ese gran secreto familiar que casi nadie se atreve a nombrar. Angélica Liddell lo gritaba furiosamente hace unos días sobre un escenario madrileño, en su contundente obra teatral Maldito sea el hombre que confía en el hombre. Y Montxo Armendáriz lo cuenta con estremecedora veracidad en su gran película No tengas miedo. Es un infierno real, mucho más común de lo que querríamos creer, desoladoramente próximo (quizá esté crepitando en estos momentos al otro lado de la puerta de tu vecino). Según un informe de 2008 de la prestigiosa Revista d'Estudis de la Violència, entre un 20%-25% de mujeres y un 10%-15% de hombres españoles confesaron en diversos estudios haber sufrido abusos sexuales en la infancia; en el 39% de los casos el agresor era el padre, y en el 30% otro familiar. Son unas cifras aterradoras.
   "El niño es el padre del hombre", decía Wordsworth en un hermoso verso que me gusta citar. Y es verdad: lo que fue nuestra infancia (nuestra familia) influye decisivamente en lo que somos, esto es, en el resto de nuestra vida. Nunca acabamos de salir del todo de ese nido primero en el que nos formamos. La familia es una horma, un troquel. Arrastramos hasta el final la criatura que fuimos. Y, con noventa años, morimos llamando a nuestra madre.

www.rosa-montero.com / www.facebook.com/escritorarosamontero

miércoles, 29 de junio de 2011

POESÍA. "Sin llaves y a oscuras", de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965)

Fabián Casas

Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "La cultura del texto", por Francisco Rico

Francisco Rico

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La cultura del texto

FRANCISCO RICO 11/06/2011

   En Los enamoramientos, último ensayo-ficción de Javier Marías, el más interesante de los personajes episódicos monta en cólera cuando topa con una edición del Quijote plagada de errores como fortuna por fontana, gallegos por yangüeses o Pues no fue por Bueno fue.
   Santa cólera. Apenas existe en España una cultura del texto. Los aficionados a la música no se contentan con cualquier grabación, sino que buscan la más valiosa entre las muchas existentes. Las pinturas antiguas se someten a laboriosas restauraciones de especialistas para restituirles su apariencia original. ¿Por qué, entonces, no se trata a los clásicos con iguales exigencias? Una palabra ajena a la intención del autor, una frase que cojea, un agravio al sentido común, ¿son menos importantes que una nota desafinada o la tizne que esconde un tornasol? La Real Academia Española avala ahora con su autoridad una "Biblioteca Clásica" destinada a publicar las obras maestras de nuestra literatura en ediciones fieles a la más exigente cultura del texto.
   Una cultura a la que Marías presta homenaje poniendo en el centro de Los enamoramientos un dilema textual. En el trasfondo de toda la obra, y largamente evocado, está, en efecto, un relato breve de Balzac, Le colonel Chabert, en cuyas líneas finales el abogado Derville atestigua haber conocido horrores que ningún novelista podría imaginar: "He visto a mujeres darle al niño de un primer lecho gotas que debían traerle la muerte, a fin de enriquecer al hijo del amor".
   Así lo traduce Javier, el protagonista de Marías, orientado ("quizá") en sus lecturas y en sus designios criminales por el aludido personaje episódico. Pero cuando la narradora, María, se va al original francés, encuentra que habla de mujeres que dan al primer hijo gustos (goûts), no gotas (gouttes), que lo llevarán a la muerte.
   Todas las ediciones rezan goûts, mientras gouttes es una conjetura, del tipo que se consigna en un aparato crítico. Comprendemos sin embargo lo que hubo de pasar por la cabeza de Marías frente al pasaje citado. La frase de Balzac no cobra sentido si no se descifra como resumen de una trama, de una novela posible. Pero ¿qué gustos pueden ser los que se inculquen a un hijo para abocarlo a morir? La respuesta a tal perplejidad es una corrección textual que permite imaginar fácilmente la trama en cuestión: gotas, se entiende que de veneno (por más que ése sea un uso no documentado en La Comédie humaine).
   La narradora duda entre ambas posibilidades, como duda entre las varias versiones de su propia historia. Pero el tema que fascina a Javier Marías y que se constituye en núcleo de Los enamoramientos es el que depende de aceptar goûts en el texto: la "muerte maquinada", urdida pero no ejecutada, el "lento plan" para que "venga sola o caiga por su propio peso", en la percepción de que "es muy distinto causar la muerte... que prepararla", distinto "también que desearla, también que ordenarla", porque quien la fragua siempre podrá decirse: "¿Acaso estaba presente, acaso cogí la pistola, la cuchara, el puñal, lo que acabara con él? Ni siquiera estaba allí cuando murió".
   Una firme cultura del texto y una fina respuesta a los matices textuales inspiran, así, la soberbia novela de Marías en aspectos esenciales, más relevantes todavía que los sugeridos por el título. Ésas son también las virtudes que la Real Academia Española se propone fomentar con la nueva "Biblioteca Clásica" que desde hace casi dos siglos estaba entre sus obligaciones estatutarias y que ahora comienza con cuatro espléndidos volúmenes.
   Nunca con mayor oportunidad. Cada vez son menos quienes, sencillamente, saben hablar, leer y escribir: quienes son capaces de expresarse a sí mismos y entender a los demás con otra cosa que el idioma estándar al que los someten los medios, el poder, los leguleyos...
   El español se ahoga con la mordaza del lenguaje único. Sin ir más lejos, la metáfora y la hipérbole del estilo figurado, los juegos de palabras, la singularidad, la elegancia y la propiedad en el léxico, son ya incomprensibles para la mayoría. Frente a una lengua en ruinas, volver los ojos a la literatura, con los clásicos por delante, es toda una esperanza de riqueza y libertad.
   Francisco Rico (Barcelona, 1942), académico y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, es director de la 'Biblioteca Clásica de la Real Academia Española', de la que se han publicado los cuatro primeros volúmenes: Cantar del Mío Cid; Milagros de Nuestra señora, de Gonzalo de Berceo; Gramática sobre la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija, y La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pequeña magnitud" (2), de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959)

Fernando Aramburu

   En Babelia, suplemento cultural de "El País".
Pequeña magnitud (2)

   En cuanto a la composición química de mi alma, sinceramente no se me ocurre nada que objetar.

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   Sería realmente un problema representar la muerte si la naturaleza nos hubiese hecho invertebrados.

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   ¡Qué difícil idealizar a una persona cuando mastica!

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   El sentido de nuestra vida, ¿es el mismo que el sentido de la vida de cada una de nuestras partes? ¿De nuestras amígdalas o nuestra rodilla izquierda, pongo por caso? Si fuera así, presumo que no estaríamos lejos de alcanzar sin resistencia respuestas definitivas.

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   Es concebible pensar que los santos que subieron al cielo antes del siglo XVI habían rebasado Júpiter por los días de Galileo Galilei.

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   Desde que ejerzo de novelista estoy incapacitado para la lectura de novelas. En cuanto abro una por la primera página, inevitablemente procedo a practicarle la autopsia.

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   ¿Has pensado en los problemas prácticos que deberás resolver en el supuesto de que te sea concedida la resurrección de la carne? Por ejemplo, ¿cómo te las apañarás para hacer entrar en razón a tus herederos, no digamos ya a los herederos de tus herederos?

PRENSA CULTURAL."Babelia". Crítica de "La herida de Spinoza. Felicidad y política en la vida posmoderna", ensayo de Vicente Serrano

Vicente Serrano

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La herida de Spinoza. Felicidad y política en la vida posmoderna

PABLO NACACH 25/06/2011

   Ensayo. Todo buen libro es un hogar, cada portada un cartel de bienvenida, el título cédula de habitabilidad: que la palabra "Spinoza" esté bordada en el felpudo de entrada al texto que nos ocupa constituye una fantástica noticia. En La herida de Spinoza, Serrano ha querido elaborar un tratado sobre la felicidad, la política y otras yerbas antiguas, modernas, posmodernas y por venir. En ocasiones complejo, en otras complicado, por momentos algo repetitivo, pero siempre exhaustivo e intenso, en sus páginas comenzamos por asistir al combate teórico entre la causalidad de Serrano y la neurobiología de su admirado Antonio Damasio, quien al parecer no ha conseguido cicatrizar la herida que suele producir la lectura de Spinoza, a saber, "que no hay felicidad humana sin el reconocimiento de la limitación". Porque en la interpretación que Serrano hace de Spinoza, sin el reconocimiento de la limitación es la "impotencia de la omnipotencia" la que toma, como en efecto sucede aquí y ahora, el control general de las operaciones, convirtiendo el discurso en palabrerío y la vida en cárcel de seguridad. ¿No nos une el amor sino el espanto? Esta borgeana expresión podría subyacer a las conclusiones del autor, que vincula los elementos principales de la cadena de mandos de lo social -el odio, el resentimiento, el terror y la guerra- revelando la presencia de una vampírica "estructura sin nombre" que trasciende ideologías y religiones, y que nos inyecta tristeza a cambio de chuparnos la voluntad. Es posible sentirse más o menos cerca de las interpretaciones esbozadas en este libro, pero lo cierto es que incorporar al ¿debate? a Spinoza supone una valentía inesperada, una feliz iniciativa que confirma la plena vigencia de un pensamiento visceral, capaz por méritos propios de ayudarnos a revolucionar este presente tan cerrado que no para de sangrar.

La herida de Spinoza. Felicidad y política en la vida posmoderna
Vicente Serrano
Anagrama. Barcelona, 2011
Premio Anagrama de Ensayo
217 páginas. 17 euros

PRENSA. 29 junio 2011

   En "El País":

1. El capricho. Columna de Elvira Lindo.

2. Recordando a 'mister' Holmes. Por Manuel Rodríguez Rivero.

3. El triunfo de los perdedores. Reportaje. Los indignados logran que la clase política se comprometa a ahondar en la regeneración democrática - La banca ignora la protesta.

4. Pisa suspende a uno de cada cinco alumnos en lectura digital. Ser nativo 'on line' no garantiza el uso eficaz de las tecnologías - El primer informe de la OCDE sobre la materia sitúa a España por debajo de la media. Enseñar a los alumnos a pensar. Tras dos años, la implantación del programa Escuela 2.0 es desigual en España.

5. La política en el epicentro de la indignación. Artículo de Antonio Estella, catedrático Jean Monnet de Derecho de la UE, Universidad Carlos III de Madrid.

6. Final conocido. Artículo de Juan Cruz sobre Jorge Semprún.

martes, 28 de junio de 2011

POESÍA. "May The Force Be With You", de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965)

Fabián Casas

May The Force Be With You

Con los pies hinchados en la palangana,
Glorita debe estar pensando en qué momento
dejó de ser la princesa Leia,
para casarse con ese hombre que duerme
-los pies amarillos y el sudor tatuado-
en el medio de la cama matrimonial.

PRENSA CULTURAL."Babelia". Crítica de "La acabadora", de Michela Murgia

Michela Murgia

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Romper el hilo

NURIA BARRIOS 25/06/2011

   Hay novelas que alumbran historias y hay otras que alumbran personajes. Este último es el caso de La acabadora, de la escritora sarda Michela Murgia. 'La acabadora' es como se conoce a Bonaria Urrai, sin marido ni hijos, que trabaja como modista durante el día y como comadrona de muertos por las noches, en Soreni, una aldea de Cerdeña. Bonaria es una madre a la inversa: ella, que jamás ha engendrado nueva vida, ayuda a los moribundos a desprenderse de la que les queda. Siempre de luto, la mujer es respetada y temida en la misma medida. Al igual que las Parcas, que hilaban el destino del hombre, la acabadora -término sardo que proviene del español "acabar"- rompe el hilo que une al agonizante a la vida cuando los familiares lo solicitan. El personaje de Bonaria, poderoso e inolvidable, tiñe de connotaciones mitológicas esta novela, la primera de Michela Murgia, un relato sobre el amor y la muerte. En La acabadora se entrelazan la realidad y el mito, el italiano y el dialecto, al igual que, cuando cose, une Bonaria la urdimbre y la trama. La novela se inicia con la adopción de María, la cuarta hija de una viuda que la cede para aliviar su pobreza. Según la costumbre local, la niña de seis años se convierte en "hija del alma" de Bonaria. Sus ojos infantiles iluminarán para el lector la figura impactante de la acabadora; y su crecimiento marcará el tiempo de un relato sin fechas que transcurre en una aldea con tradiciones y creencias más fuertes que la fe del cura. Cuando la autora abandona brevemente este ámbito, con la marcha de María a Turín -el paso de la aldea a la ciudad, de la colectividad a la individualidad-, la historia pierde intensidad y vuelve a recobrarla con el regreso de la joven a Soreni. La acabadora ha sido galardonada en Italia con el prestigioso 'Premio Campiello'.

La acabadora
Michela Murgia
Traducción de Teresa Clavel Lledó
Salamandra. Barcelona, 2011
208 páginas. 16,50 euros

PRENSA. "El enigma de la bondad", por Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En Domingo, suplemento de "El País":
El enigma de la bondad

ELVIRA LINDO 22/05/2011

   Escribir es bueno. Habría que ver cómo estaríamos algunos de la cabeza si no escribiéramos. Cuántas neurosis se desatarían, cuánta actividad mental iría destinada tan solo a manías compulsivas. Escribir es bueno. Aún recuerdo aquellos días en que, aconsejado por ese sabio que fue el doctor Lozano, mi suegro Paco, que andaba con la memoria un poco perdida, fue recuperando fuelle mental escribiendo un diario del que secretamente yo le iba robando páginas. Cuando murió, saqué las páginas de un cajón y se las di a su hijo, que las recibió asombrado, emocionado: "¿De dónde sale esto?". Yo sabía que el espíritu del hombre que no había escrito nunca, hasta aquel terapéutico diario, aparecería nítido entre las esforzadas frases que narraban un día cualquiera: he comido habichuelas, he bajado al perro, he ido dos veces a la plaza (mercado), no he visto casi la televisión. No hay demasiadas opiniones sobre la vida, solo hechos concretos, que nosotros sabemos interpretar con el recuerdo de su temperamento activo y obediente con las autoridades médicas. No ver demasiado la tele era el primer mandamiento del sabio Lozano. Escribir es bueno. Es bueno, fácil y barato, aumenta la capacidad de concentración y pone en marcha una actividad neuronal a las que mis amigos científicos sabrían ponerle nombre. Las neuronas hacen gimnasia con la escritura. Se podría decir que escribir es recomendable para la salud. Otra cosa es escribir con ambición literaria. Una amiga, que disfruta de una alta posición como economista, me decía que no descarta escribir en algún momento de su vida. Eso sí, me advertía, procuraré que no se transparente nada de mi vida privada en lo que escriba. Entonces, le dije, escribe un diario. Un diario cuyo fin último sea el cajón de tu escritorio. Para ser escritor no hace falta ser muy listo; de hecho, ahí están las palabras de la escritora americana Flannery O'Connor: "Hay un punto de estupidez sin el cual un escritor de ficción no puede arreglárselas y es la cualidad de tener que mirar fijamente, de no enterarse a la primera"; pero lo que jamás debe faltarle a un novelista es arrojo. Por qué no decirlo, valentía. De modo que aunque escribir esté al alcance de todo el mundo, no todo el mundo puede ser escritor. Tiene su riesgo. Más riesgo aún cuando el narrador se enfrenta a unas memorias. Muchas veces me he preguntado por qué este género ha sido tan poco frecuentado en España o por qué a menudo las memorias no suenan tan francas como deberían. No se me ocurre otra razón posible que la coacción social. Si hasta cuando se publica una novela intimista hay quien se atreve a tacharla de autobiográfica como si se tratara de una acusación lícita. Todo esto se me venía a la cabeza estos días, mientras leía las memorias del hispanista americano Thomas Mermall que acaba de publicar Pre-Textos. El inicio del libro es abrumador. Mermall fue el único niño judío de una amplia zona de Hungría que sobrevivió a la persecución nazi. Su madre, enferma, acabó sus días en Auschwitz, mientras su padre y él salían huyendo hacia el bosque y sobrevivían gracias a la bondad de un hombre que puso en peligro su vida y la de sus hijos para salvar a aquellos dos fugitivos. El libro recorre el siglo XX. De la huida de los nazis a la huida del comunismo, de Hungría a Chile, de Chile a Chicago, donde Thomas se hizo adulto y americano. La apertura sexual de los sesenta en la universidad, el amor por España, por la gente común y por la filosofía y la literatura en español. Lo más notable del libro es que entramos de lleno en una vida, sin que se nos cierre ninguna puerta, dejándonos convivir con esa familia de supervivientes (la madrastra sobrevivió a los campos) y observar cómo unos responden al trauma de manera mezquina, atesorando todo aquello que les fue negado, y otros practicando la generosidad de por vida. El padre del profesor Mermall, aquel hombre que salvó a su hijo de seis años escondido en el bosque y en un granero, escribió un diario que le compró Spielberg. Se publicó, pero el proyecto de hacer una película se vio frustrado. Ahora es el hijo quien reconstruye la aventura y quien la continúa en primera persona hasta el día de hoy en que se encuentra luchando contra un enemigo interior, el cáncer. No puede haber más honestidad en estas páginas. El espíritu apasionado de Mermall es contrario a las ideologías absolutas de las que fue víctima y favorable a empatizar con sus semejantes y disfrutar de la vida. El otro día, en la presentación que de su libro hizo en el 'Cervantes' de Nueva York, Thomas reflexionaba sobre esa cosa rara que es la bondad. Tantas veces intentamos analizar a los criminales, a los seres que apestan la tierra, y qué pocas dedicamos el mismo esfuerzo a comprender qué puede llevar a un campesino a arriesgar su vida por un hombre y su hijo de seis años, a los que no conoce. Qué nos lleva a ser bondadosos hasta ese extremo y qué nos lleva a superar el dolor sin remordimiento y sin ánimo de venganza. Thomas Mermall ha llamado a sus memorias Semillas de gracia: son las que su madre sembró en él en solo seis años. Un amor que Thomas ha atesorado toda su vida de huérfano y de las que aún hoy, nos confesó, brota su inquebrantable deseo de vivir.

PRENSA. 28 junio 2011

   En "El País":

1. El agujero. Columna de Rosa Montero.

2. Gracias, Federico Sánchez. La 'Fundación Amigos del Museo del Prado' celebra hoy un homenaje al autor de 'La escritura o la vida', fallecido el pasado día 7. Con ese motivo, el escritor italiano Claudio Magris le rinde tributo en este texto que adelanta EL PAÍS.

3. Céline, intratable. Por Fernando Savater.

4. Democracia directa, sí... pero con cuidado. Reportaje. La experiencia de Suiza y California aconseja manejar con gran cautela las armas del referéndum y las iniciativas populares.

5. La crisis de Europa, una oportunidad para China. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

lunes, 27 de junio de 2011

POESÍA. "Los ciclos", de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965)

Fabián Casas

Los ciclos

Estuve charlando con tu verdugo.
Un hombre pulcro, amable.
Me dijo que, por ser yo,
podía elegir la forma en que te irías.
Los esquimales, explicó, cuando llegan a viejos
se pierden por los caminos
para que se los coma el oso.
Otros prefieren terapia intensiva,
médicos corriendo alrededor, caños, oxígeno
e incluso un cura a los pies de la cama
haciendo señas como una azafata.

"¿Es inevitable?", le pregunté.
"No hubiera venido hasta acá con esta lluvia", me replicó.
Después habló del ciclo de los hombres, los aniversarios,
la dialéctica estéril del fútbol, la infancia
y sus galpones inmensos con olor a neumáticos.

"Pero", dijo sonriendo,
"las ambulancias terminan devorándose todo".
Así que firmé los papeles
y le pregunté cuándo iba a suceder...
¡Ahora!, dijo.
Ahora
tengo en mis brazos tu envase retornable.
Y trato de no llorar,
de no hacer ruido,
para que desde lo alto
puedas hallar
la mano alzada de tu halconero.

PRENSA CULTURAL."Babelia". Entrevista a Michela Murgia, autora de "La acabadora"

Michela Murgia ha abierto el debate sobre una muerte digna tras su novela.- OLIVIERO GENOVESE.
("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
"Hay que reglamentar el final de la vida"

LUCIA MAGI 25/06/2011

   En las zonas rurales de Cerdeña, los enfermos agonizantes recibían la atención de una especie de comadronas de la muerte. La escritora italiana recrea ese universo en una novela que reclama la revisión de ciertos valores.

   En los años cincuenta, en un pueblo perdido en la campiña sarda, una anciana sutil y enlutada visita a los enfermos agonizantes. El ángel de la buena muerte se desliza silencioso en una comunidad rural y lenta, donde sol y viñas marcan las pautas de la existencia. Michela Murgia (1972), intérprete de aquel universo en La acabadora, suele tocar temas incómodos en sus libros, en las frecuentes tertulias y en el blog. Los trata con delicadeza y discreción, como mirando sin ser vista, desde su Cerdeña arcana. "Cuando la hospitalización no existía en las zonas rurales vida, muerte y enfermedad se gestionaban dentro de las paredes domésticas. Yo misma nací en casa. Entonces, el final de la existencia era un hecho común, por supuesto no corriente o banal, pero mantenía una cercanía con la vida, se gestionaba con familiaridad".

   PREGUNTA. ¿Cuál es la diferencia?
   RESPUESTA. Es el concepto de comunidad. La autodeterminación es una idea nueva. Mi abuela me hubiera dicho: pero si tú no te has hecho sola, eres hija de la solidaridad de tu familia, de tu vecindario, de tu pueblo. En este marco la enfermedad se vive como la enfermedad de todos los que te rodean, los que cuidarán de ti. Lo mismo pasa con la muerte.

   P. ¿Y quién se ocupaba del momento final?
   R. La figura de la acabadora no se consigue demostrar históricamente. Se han buscado -sin encontrarlos- pruebas escritas de la presencia de unas mujeres que ayudaban a los enfermos a morir. Sin embargo, no significa que no existieran, sino que su figura se escapa de los métodos de investigación, aunque la memoria de estas mujeres se mantiene viva en Cerdeña.

   P. ¿Por qué hoy es tan difícil debatir sobre la calidad de la muerte?
   R. La de Cerdeña de los años cincuenta era una sociedad con una economía de subsistencia. Así que no importaba tanto la calidad de la muerte, cuanto la calidad de la vida de los que cuidaban al enfermo. Por eso, al menos en las zonas rurales, era común que las comadronas estrangulasen a los bebés deformes.

   P. Un personaje de su novela pide la muerte tras perder una pierna.
   R. En el caso de un adulto es algo distinto. La amputación de una pierna no te condena a muerte. Sin embargo, para Nicola significa dejar de ser el modelo viril de su comunidad. Él, que nunca había necesitado la ayuda de nadie, precisa una mano hasta para ir al baño. Es un luto imposible de asumir: no se está muriendo, pero sí ha muerto el tipo de hombre que quiere ser. Por eso pide la ayuda de la acabadora.

   P. ¿Por qué algo tan natural en el pasado no se debate?
   R. Es la presencia hipertrófica del Vaticano, su control cultural. La idea de que la Iglesia mueve votos induce a los políticos a pensar que es mejor no desarrollar instancias que contradigan sus normas. Una actitud que ofende el principio de laicidad del Estado y el derecho de los ciudadanos de exigir leyes adecuadas para sus exigencias, no dictadas por un catecismo.

   P. ¿La cuestión depende del progreso?
   R. Vivimos un momento nuevo. La mejora de los descubrimientos científicos, ha creado la posibilidad de una larga supervivencia en la que queda un espacio nuevo entre vida y muerte. Ni el derecho ni la moral católica saben si es una cosa o la otra.

   P. ¿Usted qué piensa?
   R. Si me encontrara en la situación de no poder decidir por mí misma, no tendría problemas en imaginar que mi comunidad va a decir la última palabra. Mi familia, las personas que tienen que cuidarme en ese estado, tienen el derecho de decidir cuándo esa situación les satura emocionalmente. Antes de que la relación de amor se transforme en pesadez, sacrificio, mortificación, ellos tienen ese derecho. Ya no importa lo que yo haría. Mi vida no está en mis manos.

   P. Eso suena afín a lo que dice la Iglesia...
   R. ¡Claro! Hay un eco evangélico. Jesús le dice a Pedro: "Cuando eras joven, te vestías e ibas a donde querías. Pero te aseguro que, cuando seas viejo, extenderás los brazos y otra persona te vestirá y te llevará a donde no quieras ir". Estoy convencida de ello. Llega un momento en el que tienes que tender los brazos, tienes que entregarte. Como cuando eres niño: ¿acaso alguien considera tu voluntad?

   P. Los enfermos son como niños.
   R. Se entregan a los que les quieren. En Italia se practica la eutanasia continuamente. Las personas van por delante de las leyes o las normas. Si no puedes por ley, lo haces en silencio. Por eso hay que reglamentar el final de la vida, con justicia y dignidad. No se trata de un homicidio a escondidas, sino de un pacto entre seres que se aman.

   P. Y quien se queda se enfrenta a un dolor terrible. La Iglesia ha ritualizado este dolor.
   R. El duelo precisa de un ritual. El dolor necesita un lenguaje, unos códigos, que ahora no tenemos. Necesitamos una gramática del luto que declinar, fuera de allí solo queda sitio para la locura. El ritualismo puede salvar la vida a veces.

   P. Su último libro, Ave Mary, es un ensayo sobre la construcción del modelo femenino. ¿En este ámbito también hemos dado unos pasos atrás?
   R. Nos hallamos en una fase tópica. Algo está pasando. El de la dignidad de la mujer parecía un tema cerrado con los años setenta. Pero ya vemos que no es así. Hoy se vulnera la idea misma de mujer, por no hablar de sus derechos. Formalmente todo está logrado, pero en la práctica seguimos cediendo sobre la igualdad, el respeto de la diferencia.

   P. ¿Italia está peor que el extranjero?
   R. Sí. He viajado por toda Europa y nunca me encontré con circunstancias tan vergonzosas: jóvenes desnudas en los anuncios, la televisión emitiendo imágenes casi ginecológicas, programas para niños con presentadoras en bragas, niños que a la hora de cenar ven con los padres las velinas que menean su cuerpo. No quiero ni pensar en qué consecuencias pueda provocar una sexualización tan precoz.

PRENSA CULTURAL."Babelia". "El camino de la soledad", reportaje de Juan Cruz sobre Ernesto Sabato

Ernesto Sabato fue un ejemplo de moralidad y una personalidad retraída que huía de la fama.- DANIEL MORDZINSKI. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El camino de la soledad

JUAN CRUZ 25/06/2011

   Ayer hubiera cumplido cien años. Ernesto Sabato murió el pasado 30 de abril dejando tras de sí unos pocos, pero fundamentales, textos para la literatura en español. También el ejemplo de una postura moral y una personalidad retraída, lejos de las luces de la fama.

   Niebla en Buenos Aires la semana en que Ernesto Sabato hubiera cumplido cien años.
   A él le gustaban los días soleados. Le dijo un día a Elvira González Fraga: "¡Cómo te puede gustar el otoño!".
   Y, sin embargo, parecía que Sabato, el autor apesadumbrado de Sobre héroes y tumbas, era, iba a ser, un hombre para el otoño, o para el más oscuro invierno. Para los días grises que hay ahora sobre Buenos Aires, donde murió poco antes de ser centenario, el último 30 de abril.
   Un hombre de otoño, o de invierno. En su autobiografía, Antes del fin, que apareció a finales de los años ochenta, Ernesto Sabato escribió: "De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: 'Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
   ¿Era, tan solo, ese ser de otoño? No, ni mucho menos. Elvira, que lo conoció en 1962 y que luego tomó contacto más continuado con él a partir de 1982, hasta que se convirtió en su compañera infatigable, tiene esa imagen del hombre apesadumbrado, pero también la evidencia de que Sabato apostaba por la vida, "disfrutaba de los gozos pequeños, aunque hubiera sombras grandes".
   Pero en los libros, en las apariciones públicas, en lo que la gente veía del Sabato público persiste esa imagen del hombre verdaderamente abrumado por el desastre del mundo, que él abordó en sus libros, en sus discursos y en sus cuadros. Dejó de escribir, y empezó a dictar, en torno a 2004, aunque dejó de publicar novelas a partir de Abaddón el exterminador, que apareció en 1974, y ya no pintó más desde 2008, dos años antes de su muerte.
   Hay un momento preciso en que dejó de sentirse capaz de competir, desde su edad, con los que eran más jóvenes. Fue en Lanzarote, adonde fue a visitar, con Elvira, a sus amigos José Saramago y Pilar del Río, en 2002, en uno de sus más largos viajes por España. Vio entonces a Saramago en plenitud, y él mismo se vio disminuido, acariciado ya por las temibles heridas de la edad. Desde ese momento ya Sabato dejó de ser para sí mismo el que había sido. Ya estaba junto a un muro sin puerta, verdaderamente.
   Aun así, siguió pidiendo colores, y Elvira se los siguió dando, para pintar, que fue la ocupación más duradera entre las que animaron su vida. "Él apretaba el tubo de pintura, y que saliera el color ya era para él una fiesta". Siguió buscando lectura, y ella le leyó, "sin que él me lo pidiera", libros suyos, El túnel, Sobre héroes y tumbas, pero también algunos textos de sus autores favoritos: Juan Rulfo, Flaubert, Kafka, Stendhal, Dostoievski... En un tiempo había descubierto la actuación como una de las bellas artes que le animaban, "y hacía un espléndido Pedro Páramo, bordaba esa obra de Rulfo, le gustaba decirla, era Pedro Páramo en persona, brutal, no te lo podés creer...". Y hacía también de borracho, "hacía de Quijote, y de Sancho... Le fascinaba el final del Quijote, cuando Sancho Panza le explica al caballero que todo aquello por lo que luchaba no era la utopía sino la realidad".
   Y cuando ella le leía sus textos ¿qué pasaba? "Ah, se quedaba mirando, pensativo, mirando hacia la nada. Era la actitud de un chico extasiado ante un pensamiento que no dominaba, o quizá tenía el semblante de un herido de guerra".
   Un hombre acosado que tenía miedo de su propia alegría. Su padre era descendiente de montañeses sicilianos, "acostumbrados", como explicaba el propio Sabato en sus memorias, "a las asperezas de la vida; en cambio mi madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa debió soportar las carencias con dignidad". Por decirlo rápido, esa procedencia educó a Sabato en la aspereza y en el rigor. Cuenta Elvira que cuando su novela más celebrada, Sobre héroes y tumbas, apareció en la lengua de los ancestros de su madre, el entonces joven novelista fue con la edición reciente a la casa de los padres. La madre apartó el libro escrito en albanés y pasó a hablarle de los problemas de sus tíos. Y, antes, cuando regresaba del colegio con notas sobresalientes, aquel padre de ascendencia siciliana firmaba sin ver el resultado del esfuerzo de Ernesto.
   Matilde Kusminsky-Richter, la esposa de Sabato, madre de sus hijos Jorge (que fue ministro de Educación de Alfonsín, y murió en accidente en 1995) y Mario, cineasta, escribió una vez en una carta al escritor Carlos Catania, que la colocó en la introducción de su libro de conversaciones con Ernesto: "... Sabato es un hombre terriblemente conflictuado, inestable, depresivo, con una lúcida conciencia de su valer, influenciable ante lo negativo y tan ansioso de ternura y de cariño como podría serlo un niño abandonado. Esta necesidad casi patológica de ternura hace que comprenda y sienta de tal manera a los desvalidos y desamparados".
   En sus libros autobiográficos, incluido el último, España en los diarios de mi vejez, que apareció en 2004, el propio Sabato avala lo que Matilde escribe a continuación en esa carta a Catania: "Pero también -y debo subrayar que cada vez menos- es arbitrario y violento, y hasta agresivo, aunque creo que estos defectos son producto de su impaciencia (...). Para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño, de comprensión y de ternura (...) ha sido desde niño un alma meditativa, un artista".
   Tenía, en efecto, "un interior melancólico, pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso". Aflora esa intimidad en sus novelas, y en el espacio público; pero en la intimidad adoraba la música, la perfección de la belleza, el vino, las comidas contundentes a las que al final tuvo que renunciar para poder luchar por la vida, que se le prolongó casi hasta los cien años. Pero en ningún momento renunció a ese sentimiento de urgencia imperativa con la que se condujo ante el arte y ante la vida. "Todo debía ser urgente", cuenta Elvira, "hasta un vaso de vino. ¡Alcánzame un vaso de vino, es urgente!".
   Como un niño junto a un muro sin puerta. Escribió Sabato: "La educación que recibimos (él era el décimo de once hermanos) dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu (...) La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía". Pero, como el padre, "debajo de la aspereza en el trato" Sabato mostraba "un corazón cándido y generoso".
   Que afloraba cuando no había escritores alrededor. Se distanció de Jorge Luis Borges por motivos políticos (y bien que lo sintió Sabato, dice en sus memorias), pero volvieron a verse, esporádicamente, con distancia, e incluso compartieron un libro de conversaciones; y fue amigo hasta la muerte de José Saramago, que viajó "como en peregrinación" a Santos Lugares, la casa de Ernesto, y este fue con Elvira a verles a Pilar y a José en Lanzarote... Pero sus afinidades literarias eran clásicas y del pasado, y la vida no lo llevó por saraos o ferias. Su sentimiento de urgencia no lo convertían en un asistente cómodo a los festejos.
   Pero sí se sentía cómodo en los pueblos o en su propia soledad, ante la pintura, con la música. Un día fue a Londres, una ciudad de Catamarca fundada en 1500. ¿Cómo puede llamarse Londres un sitio como este, que tiene su propia personalidad?, preguntó Sabato a un campesino que desconocía la existencia de Inglaterra. "¿Sabe usted, don Ernesto, de algún otro sitio donde haya londrinos?".
   La vida literaria fue su objetivo pero también su horror, la buscó y huyó de ella con las mismas pasiones, a veces autodestructivas. ¿Quemó libros? Por lo menos, los descartó, no los hizo publicar, los quemó, pues, en cierto modo. Dejó de escribir novelas cuando su obra Abaddón el exterminador fue recibida con desdén por la crítica. Y el retraimiento lo hizo un hombre feliz con poco, y por tanto huraño con muchos. Le fascinaban las multitudes que le aclamaban (en España, por ejemplo) cuando ya era un mito artístico y político, sobre todo a raíz de su trabajo civil al frente de la comisión que estudió el horror con que los militares argentinos sometieron a este pueblo a un cruento e inolvidable invierno. Pero nunca recuperó la ilusión por el proyecto literario.
   Elvira González Fraga dice que era un hombre de proyectos, los buscaba; estar con jóvenes, ayudarles a salir adelante desde la Fundación que ella dirige. Ese era un afán. ¿Los otros? Seguir viviendo. Nunca se dio por vencido, ni cuando empezó a padecer la afasia que le dejó sin habla dos años antes de morir. Sin habla pero con conciencia. Un día le pusieron las imágenes de Haití, aquel horror. Y él asistió desde su butaca inmóvil, con sus ojos asustados, como si tuviera urgencia por reclamar ayuda ante el desastre.
   ¿Era un hombre apesadumbrado? Sí, pero ese no era el único Sabato. "Él sentía que todo el mundo debía estar abrumado por lo que ocurría en la vida. Pero no estaba tan solo triste. Le gustaba la vida", dice Elvira, "y lo que más le gustaba era sentirse en su surco, feliz consigo mismo, y hablando con gente como aquella de Londres".
   Él terminó la parte más rabiosamente autobiográfica de Antes del fin con estas palabras: "Quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y, en la búsqueda desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que siempre imaginé como única expresión para la verdad".
   Fue su pasión, conseguir eso. Y aunque parecía un hombre llorando junto a un muro, la vida era su proyecto. Su amigo canario Óscar Domínguez le habló en el París surrealista del suicidio, cuando Sabato aun no había escrito Sobre héroes y tumbas. Y Ernesto le respondió a Óscar, que finalmente se suicidó: "No, Óscar, tengo otros proyectos".
   Ese Sabato de los otros proyectos era el que se encerraba en su casa a escribir, a pintar, a escuchar música y a esperar que se fuera el otoño, esa estación triste que se parece más al semblante de un niño junto a un muro sin puerta que al proyecto que animaba al hombre que aquel niño hubiera querido ser.
   Todos los libros citados de Sabato en este reportaje han sido publicados por Seix Barral.

   Capítulos e ideas
   Sabato quería que sus novelas tuvieran un aire sinfónico. Y cuando no lograba ese propósito las dejaba a un lado. ¿Las quemaba? Las descartaba al menos, dice Elvira González Fraga, su compañera de tantos años, a quien le regaló algunas partes de La fuente muda. "Él tenía mucho sentido musical y sus libros fueron sinfonías que él me explicaba muy detenidamente. Él introdujo 'Informe sobre ciegos' en Sobre héroes y tumbas porque precisaba ese ritmo para alcanzar lo que él creía que era el esplendor sinfónico". La fuente muda debe su título a un verso de Antonio Machado. "Y yo no la vi quemar; en realidad, yo no vi quemar ninguno de sus libros. Como todos los que escribió, esta novela le llevó a hacer un trabajo previo muy grande, pero si no alcanzaba esa perfección que buscaba las dejaba ahí, no las seguía".
   Escribió Sabato en Antes del fin: "Por mi propensión a las llamas, hubo veces en las que me arrepentí; obras que hoy recuerdo con nostalgia, como El hombre de los pájaros y la novela que escribí durante mi periodo surrealista, La fuente muda, título que tomé de un verso de Antonio Machado, y de la que sobreviven pocos capítulos y algunas ideas. Quienes conocen mis reticencias y contradicciones saben lo difícil que es soportarme en cualquier empresa. Así lo sufrieron todos los que, desde distintas partes del mundo, me han solicitado autorización para trabajar en mis novelas.

PRENSA CULTURAL. "Hemingway, entre el idealismo y el desencanto", reportaje.

Ernest Hemingway

   En "Público":
Hemingway, entre el idealismo y el desencanto

Aniversario. El próximo 2 de julio se cumplen 50 años de la muerte del escritor que hoy nos acerca a los valores de la 'Generación Perdida'.

PAULA CORROTO Madrid 26/06/2011

   Era una calurosa tarde de julio de 1923. Un veinteañero Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1961) se hallaba apostado en la puerta trasera del Hotel Maisonnave de Pamplona, muy cerca de la popular calle Estafeta. Esperaba con ansiedad a que cruzasen los toros del encierro. De repente, un mozo le cogió de la mano y el futuro escritor se asustó. Tanto que intentó agarrarse a todo lo que vio a su alrededor. Tiró un jarrón de leche y cuantas cosas se interpusieron en su camino. Al final, el corredor le soltó y el joven norteamericano, que había acudido a la capital navarra como corresponsal del 'Toronto Daily Star', acabó en el suelo, atemorizado. El hombre que años después se jactaba de cazar leones en África y de ser uno de los primeros en entrar en París tras el desembarco de Normandía acabó temblando.
   La anécdota la cuenta Fernando Hualde, conserje del hotel pamplonés 'La Perla', en el cual Hemingway se alojaba siempre que acudía a los sanfermines a partir de los años cincuenta. La historia, que Hualde conoce tras haberse pasado más de media vida en el hotel, muestra el carácter dual del escritor: la pasión y la frustración, el idealismo y el desencanto, la valentía y la furia. Particularidades que muchos años después, el 2 de julio de 1961, le llevaron a pegarse un tiro con su escopeta en su casa de Ketchum. La próxima semana se cumplirán 50 años de esta muerte que, como señala el crítico literario Carlos G. Reigosa, "ya está aceptada como suicidio, a pesar de que su amigo el torero Antonio Ordóñez insistiera en aquella época que un hombre como él jamás acabaría su vida con un disparo. Al contrario, el escritor tenía todas las características para matarse".

   "Con morir, no basta"
   Hemingway escribió en El viejo y el mar (1952) que el hombre podría ser destruido, pero jamás derrotado. En la frase lapidaria de este relato que le valió el 'Premio Pulitzer' en 1953 (un año después obtuvo el Nobel de Literatura) se halla concentrada su vida y su obra. Dos años antes, en Al otro lado del río y entre los árboles (1950) ya había dejado como epitafio: "Con morir, no basta". "Todo esto es lo que le convierte en un gran clásico. El gran tema de Hemingway es la tragedia de la vida y la lucha por la supervivencia. Y lo que siempre demuestra es una profunda admiración por el ser humano, a pesar de las guerras y las injusticias", apunta el filólogo Gabriel Rodríguez Pazos. Como el mismo Hemingway escribió, el último paso del hombre debe ser la resignación, ya que "es el sentimiento que precede a la aniquilación".
   Precisamente, medio siglo después de aquel disparo, ciertos valores que adoptó Hemingway si se pule todo esa estampa casi folclórica del macho alfa y el rifle en las manos pueden ser recuperadas si nos atenemos a las circunstancias actuales. El escritor formó parte de la 'Generación Perdida', el término acuñado por Gertrude Stein para designar a aquellos escritores veinteañeros a los que la Primera Guerra Mundial les había escamoteado las ilusiones. Fueron también los primeros autores que vieron desmoronarse el sueño americano tras el crack de 1929. John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner, Ezra Pound, Erskine Cadwell y John Steinbeck vieron cómo se tambalearon los bancos de Rockefeller. Todos ellos llevaron a la literatura sus sensaciones de frustración e intentos de supervivencia rehogados con euforia, alcohol y jazz. El retrato de las miserias del hombre y su desorientación quedaron reflejados en novelas como Manhattan transfer (Dos Passos), El ruido y la furia (Faulkner) o Las uvas de la ira (Steinbeck).

   Rebeldía y pesimismo
   Sin embargo, ante la decepción, Hemingway nunca afloja las rodillas. En las antípodas del hedonista Scott Fiztgerald, mucho más imbuido por el pesimismo, el autor de Muerte en la tarde arremete contra los que se dejan matar en la plaza. Por eso, esta rebeldía que parte del desencanto casa hoy con una juventud a la que también se ha denominado 'Generación Perdida'. Sin oportunidades, sin trabajo e inmersos en sociedades en bancarrota son los jóvenes que han expresado su decepción a través de protestas en plazas de todo el mundo tras sufrir una crisis económica que, según los expertos, es la peor desde el crack de 1929. "Hemingway compartiría hoy plenamente estos movimientos porque en todos ellos hay un idealismo. Él estaría en las acampadas, sobre todo, porque también era un hombre al que le gustaba pisar el terreno", admite Reigosa.
   También asumiría el sentido de la guerra como un acto cruel del ser humano, aunque con cierta comprensión. Así lo escribe en novelas como Adiós a las armas (1929) y Por quién doblan las campanas (1940). "Él vivió tres guerras. Era un hombre aventurero y estuvo como voluntario en la Primera Guerra Mundial, en la Guerra Civil española y en la Segunda Guerra Mundial. Las odia, pero las concibe. Es decir, cree que los buenos han de combatir a los malos, y lo que necesita es que los bandos estén claros", añade Reigosa. En el caso del conflicto español, Hemingway siempre se puso del lado de la República. Financió a los milicianos y, junto a John Dos Passos, grabó el documental Tierra Española en 1938.
   Al igual que lo sucedido en los últimos años, en los que los jóvenes han pasado del escepticismo y el compromiso individual a una mayor responsabilidad colectiva, también Hemingway evolucionó desde ambas posiciones. Cuando llegó a París en los años veinte era un joven que quería ser escritor. Su único interés en aquel periodo de entreguerras era crear literatura en una buhardilla parisina y vivir historias como las que describió en Fiesta (1926): bailes con mucho whisky para olvidar la crisis emocional y, sobre todo, no dejarse destruir por nadie. Sin embargo, después de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, en las que se alista porque tiene la necesidad de ser el protagonista de algo, su visión cambia. "Él siempre estuvo del lado de la libertad. Ése siempre fue su compromiso, aunque es verdad que hay una evolución hacia la colectividad", explica Rodríguez Pazos. Para Reigosa, la transformación se produce porque "se da cuenta de que la lucha individual no le lleva a ningún lado. Comprende que la rebeldía individual no soluciona nada". El renacimiento de su revolución social es una muestra más de su vigencia.

   Un lenguaje directo
   Además de los ideales del escritor norteamericano, su estilo literario es hoy plenamente moderno. Al parecer, Hemingway lo tomó del manual de estilo del 'Kansas City Star', el primer periódico en el que trabajó: frases y primeros párrafos cortos, y un inglés vigoroso. Es un lenguaje muy directo que en algunos momentos bebe de la novela negra de Dashiell Hammet y Raymond Chandler. De ahí que haya sido una influencia tanto para la generación de Richard Ford y Raymond Carver como para las posteriores.
   Sin embargo, como insiste el escritor José María Guelbenzu, en castellano no ha tenido tanta suerte con las traducciones. "En el ámbito anglosajón es un clásico, pero en español es imposible leer bien a Hemingway", sostiene Rodríguez Pazos. A esta crítica le acompaña un tirón de orejas a las editoriales, incapaces de reeditar sus libros. Lo último fue el volumen de Cuentos publicado en 'De Bolsillo' en 2008. Las ediciones de sus novelas tienen más de diez años y algunas están descatalogadas. Por el contrario, sí han sido editadas recientemente en Cuba, país donde pasó algunas temporadas al final de su vida.
Fuente: "Público"

PRENSA. "Sociopolítica de la elegancia", por Vicente Verdú

Vicente Verdú

   En "El País":

Sociopolítica de la elegancia

VICENTE VERDÚ 21/05/2011

   Lo malo de envejecer es el deterioro que conlleva. Lo bueno de la juventud es que parece siempre interminable. Con la socialdemocracia ha ocurrido prácticamente lo mismo. Creímos, desde 1945 a 1975, que ese bienestar social sería para siempre. No había existido nunca antes ni existiría después la disminución de las desigualdades, el aumento de la confianza en los otros y la seguridad en el futuro mejor.
   Sin embargo, ni la protección de los servicios públicos ni lo que se llamaba en Francia État-providence han vuelto a crecer. La democracia ha perdido fuerzas y en el camino ha dejado el arrebol su juventud. Es decir, los "alegres tiempos" de las amplias clases medias más la esperanza en que sus hijos prosperarían desde esa plantación. Años después, sin embargo, la marcha del sistema capitalista, con sus arreones neoliberales a fines de los setenta, dejaron un cuerpo social y político desvencijado. La gente no confía en la gente y, encima, no confía tampoco en el porvenir. ¿Cómo no iba a generarse una formidable especulación basada tanto en la impaciencia por ganar mucho enseguida como en el miedo a perderlo pronto?
   De un sistema más o menos conjuntado, con la musculatura firme en el tren inferior, se ha pasado a otro, cerca de la ancianidad, al que le tiemblan las piernas. En los gimnasios explican esta ecuación muy bien: la debilidad del sistema empieza por sus miembros inferiores siendo estos ahora mucho más importantes que nunca. De ahí que la democracia se tambalee, las reclamaciones vacilen y las medidas oficiales peguen tumbos.
   Con pérdida de vigor en el Estado del bienestar, se ha perdido, a la vez, el impulso cultural y hasta el pulso también. Hace medio siglo la cultura pública se proponía hacer culto a casi todo el mundo y no solo a través de las escuelas, sino mediante el cine, los libros o los proyectos arquitectónicos que en Francia, nuestro patrón, condujeron ministros instruidos y elegantes.
   Su quehacer nacía de que para Francia la cultura forma parte, desde la Revolución, de los bienes primordiales de la subsistencia. En la plaza Odeón de París hay una estatua de Danton donde se lee: "Después del pan, la primera necesidad del pueblo es la educación". Con ese espíritu gastronómico presente en Europa tan pronto hubo oportunidad de comer mejor la cultura entró a formar parte del menú.
   "Menos chorizo y más pan", claman los manifestantes de la Puerta del Sol. Son jóvenes que han conocido de sobra el chorizo de la corrupción y han probado menos los patés y el camembert. Metáforas de las dosis culturales que se servían gratis y casi a granel en los años sesenta de media Europa y que hicieron de los agitadores del 68 gente ilustrada en los libros de sociología, literatura y hasta de psiquiatría. El movimiento antiautoritario de entonces que comprendía a la no-escuela, el no-psiquiátrico, la no-cárcel no sonaba tan absurdo si tenía en cuenta que la nueva cultura nacía de la cultura.
   Ahora no son las cosas así, naturalmente. No podrían serlo. La socialdemocracia ha ido evaporándose como un humedal bajo el tórrido verano y la democracia a secas ha quedado en los sarmientos de lo que fue. ¿Otro mundo posible? Muy posible; pero antes, como es de razón, hay que esperar que se incinere este. Toda fogata en este sentido contará con suficiente leña y acelerará la Historia pero dentro de esa velocidad, ahora sin motores de explosión, habrá de reordenar el bien y el mal, la ignorancia y la ignominia, la cooperación, la educación y el estilo. Por ser más elegantes, educados, colaboradores y justos vale la pena construir el porvenir. Los políticos a la violeta habrán desaparecido.

PRENSA. 27 junio 2011

   En "El País":

1. Creo. Columna de Almudena Grandes.

2. Difícil democracia sin líderes. Reportaje. Los expertos dudan de la viabilidad de un sistema político en el que cada decisión tenga que ser refrendada por la asamblea.

3. Justicia internacional y guerra justa. Artículo de Martín Ortega Carcelén, profesor de Derecho Internacional en la Universidad Complutense de Madrid.

4. La paz en Andoain. Artículo del periodista y escritor Jorge M. Reverte.

5. La violencia de género en televisión. Por Emelina Fernández Soriano, presidenta del Consejo Audiovisual de Andalucía.

domingo, 26 de junio de 2011

POESÍA. "La mujer herida", de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973)

Raquel Lanseros

LA MUJER HERIDA

Solamente si alguna vez amaste
con uñas y con dientes
sin red
sin salvavidas
aciertes a entender el vértigo insondable
que se extiende a los pies del desengaño.

Ella creyó encontrar la fuente del principio
cuando lo conoció, en medio de la tierra,
sin más escudo que su piel de hombre
bruñida por el sol igual que el oro viejo.

Lo amó sin precipicios ni preguntas
tiernamente, en silencio
con esa gratitud voluptuosa
que provoca la lluvia en primavera.

Todo era tan sencillo.

Los versos inflamados de poetas infinitos
parecían seguirla a todas partes
como si el corazón se hubiera convertido
en un fiel animal domesticado.

Porque no existe nada que perdure
una noche aprendió, como tantos lo hicieran
antes y después de ella,
que el amor es un río con cataratas propias
y remansos ajenos
que siempre desemboca en el océano.

Míralo de este modo: la vida te ha enseñado
siguiendo su costumbre de incansable maestra
cómo el alma dibuja
serenas cicatrices sobre viejas heridas.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pequeña magnitud" (1), de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959)

Fernando Aramburu
  
   En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Pequeña magnitud (1)

FERNANDO ARAMBURU 18/06/2011

   Nuestra percepción de la existencia cambiaría de forma notable, y no precisamente para mal, si conforme transcurre el tiempo aumentasen nuestras provisiones de lozanía. Bastaría para ello nacer en la vejez y, a partir de ahí, vivir un año tras otro hacia la infancia. Dejar para siempre la residencia de ancianos sería algo así como hacer la primera comunión. Cada vez que acudiéramos al médico, el diagnóstico mejoraría. Poco a poco los espejos borrarían nuestras arrugas, nos devolverían el pelo y los dientes perdidos. No tendría nada de extraño que un día muriéramos sanos, inocentes, sin rencor, y que la muerte apenas representara para muchos de nosotros el lance de un juego; aún menos, la interrupción de un calorcillo.

   ¿Cuándo inventarán el primer anciano que comprenda y no repruebe el mundo que abandona?

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   No sé qué es peor, que me devoren cinco o seis leones o que, nada más empezar a engullirme, me escupan porque les doy asco.

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   Si en vez del espermatozoide del que provengo, otro de los que participaron en aquella frenética carrera hubiese fecundado el óvulo de mi madre, una persona distinta, acaso con el mismo nombre, habría ocupado mi lugar. A veces, por la noche, cuando reina el silencio, me parece escuchar en torno a mí un coro apenas audible de malévolas risitas.

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   El Universo debe de ser indestructible puesto que no le causa siquiera un rasguño borrarse enteramente en cada uno de nosotros cuando morimos.

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   No tengo las ideas claras, pero tengo un sofá.

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   El otro día constaté por casualidad que me conozco personalmente. No podría afirmar lo mismo de mi esqueleto a pesar de que siempre vamos juntos a los mismos sitios.

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   Aunque aquejados de escepticismo, no cesan de componer una obra tras otra. Quizá actúen así por precaución. De otro modo, ¿cómo podrían justificar su vida toda si el futuro les deparase de repente algún tipo de esperanza?