viernes, 27 de julio de 2012

POESÍA. "El mar del otro lado", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


EL MAR DEL OTRO LADO
El otro lado es el mayor contagio.
Hasta los mismos sueños cambian de color
Y adquieren el tono transparente de las fábulas.
Roberto Juarroz
Me callé ante tu voz y, en ese espacio
de silencio y de llama,
vi las puertas del templo que se abrían
para inmediatamente derrumbarse.

Asisto a estos prodigios mientras vivo
en la casa común del calendario,
el que ocupa paredes de oficina
y tapa tantas grietas de mis muros.

El día que no pueda soportarlo,
acuérdate de mí. Cuando no pueda
cargar con las catástrofes y el fuego
que arde al fondo del mar del otro lado.

PRENSA CULTURAL. Sobre "Antagonía", de Luis Goytisolo. Por Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

   En "El País":

Un fuego de artificio

PIEDRA DE TOQUE. No hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir "Antagonía" estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo que rompiera moldes

 15 JUL 2012
En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía,la tetralogía novelesca a la que dedicó 20 años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior —descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera— a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
Para mí, las mejores páginas son aquellas que describen la atmósfera claustral de la dictadura
Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron —sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese—, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política —no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura— y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible
Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…”. Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo esta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
© Mario Vargas Llosa, 2012.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.

PRENSA. "Una sublevación militar con ayuda fascista", por Ángel Viñas

Ángel Viñas

   En "El País":

Una sublevación militar con ayuda fascista

El 1 de julio de 1936, el Gobierno de Mussolini firmó cuatro contratos por los que se comprometía

a suministrar aviones y armas a los insurgentes españoles. Faltaban diecisiete días para la rebelión

 17 JUL 2012
Se acerca lo que durante la dictadura fue la “Fiesta Nacional”. Es el momento de dar a conocer algunos pormenores que rodearon el “18 de Julio”. No gustarán a franquistas, neofranquistas, conservadores y neoconservadores. Menos aun a los “historiadores patrióticos”. Hay que reescribir un pelín la conspiración, los antecedentes del golpe y revalorizar, sobre todo, la conexión fascista.
Hechos. a) El 1º de julio de 1936 se firmaron en Roma cuatro contratos. Detallaban el material que los italianos se comprometieron a suministrar a los futuros insurgentes. El primero fue el más importante: recayó sobre 12 aviones Savoia-Marchetti 81, bombas, carburantes y productos varios de aviación. Ascendió a 16.246.750,55 liras. Los aviones constituían la parte del león (14.400.000 liras). El lote debía entregarse en el mes de julio.
b) Los otros contratos abarcaron aviones, explosivos, municionamiento y diversos materiales, extremadamente detallados en larguísimos anexos. Debían entregarse antes de finales de agosto. Lo más significativo fueron los primeros: 24 Fiat CR 32, los famosos chirris; 3 hidroaviones de caza Macchi 41 y otros 3 SM 81.
c) El importe de los cuatro contratos ascendió a 39,3 millones de liras. Los precios se especificaron pormenorizadamente. Aplicando los tipos de cambio utilizados en uno de los pagos parciales, ello equivalía a 615.987 libras esterlinas, de las cuales 362.915 correspondían a los 42 aviones. Expresado en pesetas de la época los compromisos representaban unos 22.5 millones. Hoy, aplicando la fórmula utilizada por el profesor José Ángel Sánchez Asiaín, los suministros contratados supondrían al menos 337 millones de euros.
Implicaciones. La determinación del material y de sus precios tuvo que llevar tiempo. Los contactos operativos que desembocaron en los contratos debieron establecerse tras las elecciones de febrero de 1936. No había motivo para hacerlo antes. Probablemente, y como es habitual, en las negociaciones habría un toma y daca. Tuvieron lugar en Roma. Los nombres de los negociadores son desconocidos, pero entre ellos hubo aviadores italianos y probablemente españoles.
Fueron los monárquicos de Renovación Española y del Bloque Nacional los que negociaron con Italia
Mussolini entendió su apoyo en una clave ofensiva contra la República que databa, según Heiberg, de 1931. Esto revela el carácter agresivo de su política exterior. Acababa de demostrarla con éxito en Abisinia. Una España amiga le permitiría, por su posición geoestratégica, aspirar a la hegemonía en el Mediterráneo occidental. El Duce, que ya se aproximaba velozmente a Hitler, se disponía a sentar las bases para agredir, en su momento, a las decadentes democracias. Las elucubraciones de historiadores como Renzo de Felice y sus numerosos seguidores, que la caracterizaron de “oportunista”, deben descartarse. Los contratos dan la razón, por el contrario, a las interpretaciones de Mauro Canali, Lucio Ceva, John Gooch, Morten Heiberg, MacGregor Knox, Robert Mallet o Brian Sullivan. (El lector no encontrará demasiadas referencias a estos autores entre nuestros historiadores “patrióticos”).
Del lado español, es obvio que los conspiradores no retrocedían ante una guerra. La composición de los 42 aviones contratados, en general muy superiores a la aviación gubernamental, permitía combinar tres tipos de operaciones: de bombardeo, de transporte y de caza. También proteger ciertos territorios. Nos inclinamos a pensar que se trataba de las Baleares. Actividades, no es necesario subrayarlo, que eran estrictamente bélicas.
¿Quiénes lograron tan significativo éxito? Podemos eliminar a los falangistas (hiperexaltados en cierta literatura). También a los políticos de la CEDA (que se concentraron en otras actividades como las de excitar a la opinión pública y, en frase inmortal de Gil Robles, “desgastar a las izquierdas”). Sabemos que no fueron los carlistas. ¿Quiénes quedan? Algunos militares, que aportarían su know-how técnico, y sobre todo los monárquicos: la gente de Renovación Española y del Bloque Nacional. Con nombres y apellidos: Joaquín Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, Pedro Sainz Rodríguez. Los que gravitaban en torno a la revista Acción Española. Quienes predicaban la “contrarrevolución” y se preparaban para la guerra pura y dura. Los que durante años habían amamantado cuidadosamente los contactos con los italianos. Quienes no temían adentrarse por la vía fascista, como anunció orgullosamente Calvo Sotelo el 14 de junio en las Cortes. Precisamente cuando Goicoechea escribió a Mussolini pidiendo dinero. Por si las moscas.
Podemos tranquilamente dejar de lado a Luis Antonio Bolín y sus omnipresentes mentiras. Al igual que en la operación del Dragon Rapide, se autopresentó como un superman. Él solito habría detonado la ayuda italiana, camelo que se ha creído más de algún autor. Hasta ahora.
La realidad no fue la prevista. Los planes monárquicos se cumplieron en lo instrumental. Tan pronto como Goicoechea y Sainz Rodríguez se desplazaron a Roma el 24 de julio despejaron las incógnitas que habían hecho dudar a Mussolini durante varios días. Sus espías militares le habían informado desde Tánger que el golpe se hacía bajo la dirección de un desconocido general, Francisco Franco. ¡Pero nadie había negociado por Franco en Roma! Aclarada la cuestión, los 12 SM prometidos emprendieron raudos el vuelo hacia Marruecos, más fácil de alcanzar que Burgos. Aterrizaron solo 9. Mussolini cumplió a rajatabla y en plazo el primer contrato. También cumplió los otros, adaptándolos a las nuevas circunstancias de guerra.
El Duce aspiraba a la hegemonía en el Mediterráneo occidental y se disponía a sentar las bases para agredir a las decadentes democracias
¿Y Mola? Atascado en Burgos y desesperado. Las cosas no le habían salido como había previsto. No avanzaba hacia Madrid. Necesitaba aviones. Afirmó (en contra de la máxima de que a nadie le desagrada una perita en dulce) que no era para ganar la superioridad aérea. Lo que quería era aviones para apoyar las tropas de tierra, que podrían desmoralizarse fácilmente en cuanto se las bombardease, aunque fuera con bombitas. El conde de los Andes salió disparado a Roma a convencer a los italianos.
Este episodio no es anecdótico. Le otorgamos un interés relevante. Mola estaba dispuesto a adquirir aviones a cualquier precio. Tal era el inequívoco mensaje. Los italianos lo entendieron y cumplieron a rajatabla su deseo. No gustará a los historiadores neofranquistas que comparemos los precios de los aviones contratados el 1º de julio de 1936 con los suministrados al simpar Caudillo a lo largo de la guerra. Muestran un notable aumento. Los SM pasaron de 1,2 millones de liras por unidad a un máximo de 2 millones, con precios intermedios entre 1,35 y 0,954 millones según los niveles de equipamiento. Los chirris, valorados en los contratos a 175.000 liras (9 lo fueron a 250.000 porque tendrían un equipo superior), ascendieron hasta 664.000. Y ¿qué hizo Franco? Tragárselos. Como también se tragó los sobreprecios cargados por los nazis, siempre tan pulcros y aseados. (El lector debe saber que este reproche del trágala lo hacen algunos autores a los republicanos en relación con los precios soviéticos, aunque ninguno de ellos ha querido advertir que estuvieron en línea con los cargados a Franco, a pesar de partir de supuestos de atribución de costos de producción radicalmente diferentes).
Con la muerte violenta del “proto-mártir” Calvo Sotelo, el accidente mortal de Sanjurjo, el estancamiento de Mola y el fulgurante ascenso de Franco, supuesto general monárquico, los planes restauradores de Renovación Española y del Bloque Nacional no fructificaron. Se contentaron con lo que, en el fondo, más les importaba: anular las reformas económicas, sociales, educativas, políticas y culturales republicanas. Ni siquiera fueron capaces de reconocer su mayor logro: el haber apalabrado la ayuda fascista antes del 18 de julio. Si Alfonso XIII, en Roma, había estado al corriente de las negociaciones, lo cual es verosímil, tampoco dijo ni pío. Algunos, eso sí, maldijeron de Franco de puertas adentro. A Goicoechea Franco le compró con la suculenta prebenda de gobernador del Banco de España. Sainz Rodríguez, ministro de Educación Nacional, echó la vista hacia la España católica, imperial y sobre todo reaccionaria como modelo a emular.
Las interpretaciones propaladas en general por los republicanos (que presentan la sublevación un golpe militar fascista o la guerra civil como una de defensa contra el fascismo) se aproximan más a la realidad documentable que las de la derecha (un golpe para impedir que España cayera en los abismos del comunismo). Todavía algunos de sus prohombres continúan creyendo tal camelo.
Coda. Se ha defendido la no desclasificación de millares de documentos militares entre otras razones para no “perjudicar” las relaciones diplomáticas. Desvelar la fría agresión italiana, que es lo peor que un país puede hacer a otro, no dañará las relaciones con Italia. Un Gobierno temeroso del pasado y que tampoco se fía de sus ciudadanos da que pensar. En la Unión Europea, tras tantos años, España vuelve a ser diferente.
Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la UCM. Este artículo adelanta  una investigación en curso.

PRENSA CULTURAL. "¿Quién teme a los lectores?", por J. Ernesto Ayala-Dip

   En "El País":
¿Quién teme a los lectores?

J. ERNESTO AYALA-DIP 24/12/2011

   Hace tiempo que tengo la sensación de que estamos siendo muy injustos con algunos lectores. Convivimos con ellos como si les perdonáramos la vida. Hacemos como que los aceptamos en nuestro círculo de lectores distinguidos. Otros, menos sutiles en las formas, no pierden tiempo en desprestigiarlos a la mínima ocasión que se presenta. Cada vez que emitimos un juicio indecoroso hacia ese género o tipo de ficción que no coincide con nuestras afinidades electivas, es cuando dejamos traslucir que no entendemos nada de lo que está ocurriendo alrededor nuestro. Como si nos perdiéramos algo. Como si nos faltara una pieza para armar el rompecabezas en que se ha convertido el mundo actual, y dentro de él, el libro y la lectura.
   A veces es como si desconociéramos, nosotros que tanto pontificamos sobre la mejor manera de iniciar a los neófitos en la lectura, la reunión de tantas circunstancias y azares que tienen que darse en la vida de una persona para que se instale en el difícil reino de los libros. ¿Tenemos alguna noticia aproximada de cuánto cuesta descubrir el hábito de la lectura? ¿Aceptaríamos que los caminos que conducen hasta una novela o un libro de divulgación, independientemente de su calidad literaria, no dependen solo de la capacidad de elección del lector, sino de multitud de factores que no siempre controla, factores sociales, ambientales, educativos, económicos, etcétera? Eso sin contar que infinidad de veces un lector se hace espontáneamente; un buen día, como por arte de magia, introduce en su vida el verbo leer, como un milagro diría, cuestión que no hace sino remarcar la complejidad de la cuestión. ¿Sabemos todos para qué tenemos que leer? ¿Tenemos que hacerlo para formar parte de un reducido club? No creo que sea para eso. Para cualquier propósito, menos para ese. Pero sí creo que es necesario hacerlo para ganarnos el derecho a una mayor calidad estética, ética y lúdica en nuestras vidas. Un derecho de ese calado no se consigue así como así. Descubrir un día que podemos apartarnos (o evadirnos, digámoslo sin miedo) unas horas de nuestras vidas y entrar en un territorio desconocido en el cual intuimos o sentimos que la vida está allí representada (de mejor o peor manera) es un trabajo tan arduo que cuesta creer que con nuestro orgullo elitista de expertos podamos desacreditarlo de un plumazo solo porque no se lee la novela o el género de libro que nuestro selecto canon exige leer. También no es menos verdad que existe una operación contraria. Son los que radicalmente no comulgan con lo que ellos fantasean como lecturas aristocráticas. Proclaman la inutilidad de una literatura escrita solo para entendidos, autocomplacientes en sus formas opacas para el grueso de la mayoría de los potenciales lectores. Uno y otros se arrogan jurisdicción propia. Se retroalimentan. Si los reuniéramos en una habitación, las paredes se caerían antes de que se pusieran de acuerdo. ¿Qué tipo de lectores son, entonces, estos ideólogos de la lectura única y excluyente? ¿Lectores totalitarios? Sería lo más parecido a la impresión que inspiran, aunque duela emplear un adjetivo con tantas desagradables resonancias.
   Todos los días vemos en el transporte público a personas leyendo. Es una experiencia cotidiana. Posiblemente confundido entre ellas esté acechando el lector totalitario, el delegado de una u otra oficina lectora. Antes de controlar lo que leen, dicho delegado tendría que atender a otra cuestión mucho más gratificante y extraer alguna conclusión. Por ejemplo, ¿qué más da que aquellas personas lean a Marcel Proust o a Ken Follet, a Javier Marías o Carlos Ruiz Zafón? ¿Cambian esos autores, por ser quienes son, la devoradora atención con la que los leen, distorsionan negativamente o aumentan beneficiosamente la dignidad del paisaje humano que configuran al tener un libro entre sus manos? ¿Y dónde queda entonces el placer de la lectura con el cual tantas veces nos hemos llenamos la boca?
   Desde hace un tiempo estamos asistiendo a una tendencia en el conjunto de los lectores españoles. Por un lado están los que solo leen best-sellers. Y por otro los que solo leen autores llamados de calidad. Son los exponentes del mercado polarizado de la lectura. Probablemente no tan irreconciliables como los gurús de sus respectivos partidos. Pero hay un tercer universo. Un lector transversal. Y sobre todo, a tono con los tiempos de saludable desconcierto espiritual que corren, un lector hedonista. En resumen, un lector que pasa del best-seller a la novela de calidad que inesperadamente se pone de moda, o viceversa. Ese lector existe y comienza a afianzarse, de la misma manera que se afianza el consumo transversal de diseño, de moda, de museos o de gastronomía. Respetemos a los consumidores de libros. Sean de un signo o del otro. O de los dos a la vez. Cada uno es responsable de lo que lee. Y alegrémonos de su felicidad de lectores.

   J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

PRENSA. "La era de los límites", por Daniel Innerarity

Daniel Innerarity
   En "El País":
La era de los límites

DANIEL INNERARITY 29/12/2011

   A principios de los años noventa, el entonces líder de los socialdemócratas alemanes, Rudolf Scharping, visitaba a Ulrich Beck en su casa junto al lago Starnberg, al pie de los Alpes bávaros. El tema de la conversación era la sociedad del riesgo y los cambios que la izquierda debía acometer para entender las nuevas realidades y gobernarlas. Charlaban en el jardín y Scharping no conseguía encender un cigarro porque era incapaz de saber de dónde venía el viento y protegerse de él.
   Beck me relataba unos años después la escena, que le parecía una imagen elocuente del desconcierto que se ha apoderado del sistema político en medio de la tormenta. Por un lado, simbolizaba muy bien esa nueva intemperie en que se ha convertido nuestro mundo imprevisible, inestable y contagioso. Fenómenos de tipo meteorológico, como los vientos, desbaratan cualquier protección. La política parece cada vez más un subapartado de la climatología o de la oceanografía; las elecciones se ganan o se pierden en función de unos movimientos tan poco dirigibles como los vendavales o las mareas. Por otro lado, las dificultades de Scharping reflejan la actual volatilidad de las instituciones políticas, lo que no es tanto un problema práctico de liderazgo político como una incapacidad de saber de dónde viene el viento, es decir, de comprensión.
   ¿De qué modo podríamos sintetizar el carácter general de esta nueva época, lo que tiene de inédito y requiere ser comprendido para actuar en ella? Entramos en un periodo caracterizado por la presencia creciente de más límites para la acción de gobierno de lo que estábamos acostumbrados, lo que nos obliga a reinventar la función de gobierno. No me refiero a las limitaciones de crecimiento o presupuestarias, que las hay, pero son consecuencia de una constricción más general.
   La política siempre lo ha tenido difícil, pero en otros momentos había al menos un conocimiento asegurado, un espacio limitado, una legitimidad reconocida y una soberanía respetada que bastaban para sortear las dificultades de gobernar. Actualmente, la política está asediada por unas constricciones imprevistas que proceden del desajuste entre unas realidades que han desbordado los márgenes estatales y se articulan ahora en contextos globales, mientras que todavía no disponemos de instrumentos para gobernar esos sistemas, al tiempo que se ha puesto de manifiesto su limitada capacidad de autorregulación.
   Estas constricciones a las que me refiero podrían agruparse en dos categorías: hay límites cognoscitivos y límites de autoridad, es decir, limitaciones que se refieren al conocimiento como recurso de gobierno y límites que tienen que ver con el recurso que solemos entender como poder.
   Los límites cognoscitivos serefieren al hecho de que entramos en una era de mayores incertidumbres en general, pero de manera particularmente aguda en el caso de la política. Particularmente inquietante es la "ignorancia sistémica" cuando nos referimos a riesgos sociales, futuros, a constelaciones de actores, dentro de las cuales demasiados eventos están relacionados con demasiados eventos, de modo que queda desbordada la capacidad de decisión de los actores individuales... pero que con demasiada frecuencia también sobrepasa la competencia de los sistemas políticos en su conjunto. Cuando se trata de sociedades complejas, donde todo está densamente interconectado, la gran cuestión es cómo podemos protegernos de nuestra propia irracionalidad, de los encadenamientos fatales.
   Estas limitaciones se ponen especialmente de manifiesto en ciertas asimetrías cognoscitivas a las que el poder político no estaba acostumbrado, más bien al contrario. Por un lado, en una sociedad del conocimiento los Estados ya no tienen enfrente a una masa informe de inexpertos, sino a una inteligencia distribuida, una ciudadanía más exigente y una humanidad observadora, de la que forma parte un gran número de organismos internacionales que no solamente les evalúan, sino que disponen frecuentemente de más y mejor saber experto que los Estados. Por otro lado, el aumento de la complejidad de los problemas que la política debe resolver se traduce en una disminución de las competencias cognitivas del poder político, muchas de cuyas dificultades proceden no tanto de que no pueda como de que no sabe. Por poner el caso agudo de la gobernanza financiera: toda la clave de la dificultad estriba en el hecho dramático de que los reguladores han de regular a partir del saber experto que le suministran quienes van a ser regulados. En estos y en otros muchos casos ocurre que, dicho sin eufemismos, el que manda ya no es el que más sabe.
   La política, que estaba acostumbrada al control y la jerarquía, se ve obligada a gestionar las nuevas limitaciones, desarrollar una inteligencia cooperativa, reconstruir la confianza y pensar en los efectos sistémicos de las decisiones. Especialmente importante es el gobierno de los riesgos sistémicos, es decir, de los que proceden de una interacción no transparente entre los componentes de un conjunto concatenado. Buena parte de nuestro fracaso colectivo a la hora de gobernar el sistema financiero global, por ejemplo, se debe a que toda la acción regulatoria se ha dirigido a los componentes singulares, mientras que el modo como interactuaban esos elementos ha permanecido intransparente. Por supuesto que los riesgos sistémicos se caracterizan por una enorme cantidad de incertidumbre, pero hay modos de gestionar la incertidumbre; hay vida política -márgenes de acción, decisiones posibles- allá donde hay racionalidad, conocimiento, recursos y autoridad limitadas.
   Existe otro conjunto de constricciones que se refieren a la dificultad de ejercer el poder, de representar una autoridad reconocida, de decidir o de ser eficaz en un mundo como el nuestro y en un momento como el actual. En medio de espacios abiertos y una densa interdependencia la soberanía es un instrumento muy limitado, las fronteras apenas protegen, los riesgos están mutualizados y entramos en ese ámbito de volatilidad y contagio que se ha hecho más inquietante desde que estalló la crisis económica, con todos sus corolarios: encadenamientos, contaminación, turbulencias, toxicidad, inestabilidad... ¿Cómo se gobierna una sociedad en la que los problemas carecen de límites mientras que los instrumentos están muy limitados?
   Comencemos constatando que el poder duro (sin conocimiento, sin persuasión, unilateral, como orden) no es un procedimiento apropiado para los procesos sistémicos de elevada complejidad. Cuanto más depende la política de la formación de procesos de formación de una voluntad política inteligente, más anticuada resulta la idea de soberanía. Volvamos al ejemplo de la crisis financiera: los mercados financieros se desarrollan sobre una agregación transindividual de conocimiento y desconocimiento (incertidumbres, riesgos e ignorancia) que ninguna persona o institución singular está en condiciones de dirigir. Para gobernarlos la política tiene que proceder a una transformación profunda tanto de las ideas como de los procedimientos de gobierno para abrirlos a una mayor horizontalidad, tanto en relación con la sociedad que debe ser gobernada como hacia otros Estados con los que es preciso cooperar más intensamente.
   Es cierto que los mercados están condicionando a los Estados de una manera brutal, pero ¿no será que los Estados son tan vulnerables ante estos ataques porque mantienen una estructura anacrónica y que podrían resistir si se tomaran en serio el camino de la cooperación? ¿Qué mejor contrapunto para la globalización financiera que una Europa que hubiera completado su transformación postsoberanista?
   Necesitamos una nueva sabiduría de los límites y una inteligencia para entenderlos como una oportunidad para llevar a cabo una política en la que volvamos a combinar efectividad y democracia. De que la política aprenda este nuevo lenguaje depende que esté liderando las nuevas transformaciones o siga quejándose del poco juego que le permiten las nuevas circunstancias.

   Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Acaba de publicar La democracia del conocimiento (Paidós).

jueves, 26 de julio de 2012

POESÍA. "Los ojos de los muertos", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


LOS OJOS DE LOS MUERTOS
Esos ojos abiertos de los muertos
cuando nadie ha mirado su desvelo
ni su ausencia del sueño de los vivos;
cuando nadie ha hecho el gesto de entenderlos
cerrando sus inútiles ventanas
hacia un mundo perdido para siempre.

Aún atados por la fiel costumbre
a la manía de mirar las cosas,
qué verdad suspendida de sus párpados,
qué terrible pureza ensimismada,
definitivo asombro de los ojos
inmóviles y ciertos de los muertos.

Y la vacía voz de su mirada
y la imposible luz que acaso intuyen
los nuevos ojos ciegos de los muertos.


PRENSA. Viñeta de EL ROTO

En "El País" (20 julio 2012):

PRENSA CULTURAL. "Prosa inédita sobre Cervantes", por Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

   En "El País":
Prosa inédita sobre Cervantes

WISLAWA SZYMBORSKA 03/02/2012

   El número de obras escritas por Cervantes no es tan desalentador como en el caso de Lope de Vega. Tampoco fueron apreciadas de la misma forma a través de las diferentes épocas. Los románticos vieron en La Numancia una obra maestra dentro del género de la tragedia. Hoy se suelen interpretar más sus comedias y, sobre todo, sus entremeses. Son campo abonado para la ingeniosidad escénica, poseen el germen de la espontaneidad, hay en ellos danza, música y canto. Tanto es así que resulta difícil creer que estas alegres piezas escénicas se engendraran en un calabozo. Pero tratándose de Cervantes, tampoco es para extrañarse: la primera parte del Quijote nació también en prisión. Muchos de sus contemporáneos lo hubiesen dado todo por ver, aunque fuera de lejos, el semblante del escritor español más grande. El carcelero gozaba gratis de tales vistas y, probablemente, no le provocaba ninguna emoción especial. Seguro que el censor de Madrid, el marqués de Torres, se sorprendió mucho al ver cómo unos distinguidos franceses estaban tan ansiosos de conocer al honorabilísimo don Miguel. ¿Quién? ¿Ese hambrón? ¿Ese vagabundo? ¿Ese manco? ¿Acaso no había nada mejor que ver en todo el Reino? Lástima que esa anécdota no llegara a sus oídos. Se hubiese podido convertir en otro entremés, quizás al nivel del mejor de esta selección, El retablo de las maravillas. Esta pequeña obra de teatro posee, como sostienen los investigadores, elementos autobiográficos. Es una réplica burlona a los exámenes de pureza racial a que fue sometido el autor durante la última etapa de su carrera como recaudador de impuestos. Pobre Cervantes. No consiguió en su vida nada más que eternidad.

   Texto perteneciente a la segunda parte de Lecturas no obligatorias, de próxima aparición en Alfabia.

PRENSA CULTURAL. "Szymborska, ligeramente grave", por Fernando Savater

Wislawa Szymborska

      En "El País":
Szymborska, ligeramente grave

FERNANDO SAVATER 03/02/2012

   "Breve y precisa". "Sin engolamiento ni altisonancia". Así recuerda Fernando Savater a la poeta y premio Nobel polaca Wislawa Szymborska, fallecida el miércoles a los 88 años.

   En uno de sus poemas -Contribución a la estadística-, Wislawa Szymborska enumera cuántas de cada 100 personas son las dispuestas a admirar sin envidia -18-, las capaces de ser felices -como mucho, veintitantas-, las que de la vida no quieren más que cosas -40, aunque quisiera equivocarse-, las inofensivas de una en una pero salvajes en grupo -más de la mitad seguro-, las dignas de compasión -99- y acaba: "Las mortales: 100 de 100. Cifra que por ahora no sufre ningún cambio". Y sigue sin cambiar porque el miércoles la propia autora del poema acaba de confirmar la estadística con su fallecimiento.
   En otros muchos aspectos, por el contrario, fue la excepción que desafía lo probable y rutinario. Su poesía es reflexiva sin engolamiento ni altisonancia, de forma ligera y fondo grave, directa al sentimiento pero sin chantaje emocional. Breve y precisa, escapa a ese adjetivo alarmante que tanto satisface a los partidarios de que importe el tamaño: torrencial. Sobre todo nos hace a menudo sonreír, sin incurrir en caricaturas ni ceder a la simpleza satírica. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas. Se les nota especialmente a los que quieren ser festivos y son solo grotescos o lúgubres (aunque los entierros también son fiestas, claro, y más precisamente fiestas de guardar). De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella?
   Hija -y luego, con los años, algo así como hada madrina poética- de un país europeo que apuró el siglo XX hasta las heces y padeció dos totalitarismos sucesivos, en su caso la duradera atrocidad jugó a favor de su carácter: le dio modestia, le dio recato, le dio perspicacia y le permitió distinguir entre lo que cuenta y lo que nos cuentan. Carece de retórica enfática pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus diáfanos poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pie. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra, y sin embargo nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva. Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado... y por tanto acostumbrarnos a la muerte.
   Se dedicó a las palabras con delicadeza lúdica, jugando con ellas y contra ellas pero sin complacerse en hacerlas rechinar. Como todo buen poeta, fue especialmente consciente de su extrañeza y hasta detalló las tres más raras de todas, las que se niegan a sí mismas al afirmar: "Cuando pronuncio la palabra Futuro, la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, creo algo que no cabe en ninguna no-existencia".

miércoles, 25 de julio de 2012

POESÍA. "Veremos", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


VEREMOS
No busco margaritas
sino abriles completos para echar a los cerdos.
Que las piaras se coman todas las primaveras,
ya veremos
qué pureza nos queda entre el fango y septiembre.
Ya veremos
quién llora el último.

PRENSA CULTURAL. Reseña de "Antología del microrrelato español (1906-2011)".

("El  País")

   En "El País":

Érase una vez un chispazo

Una antología recorre el último siglo de los microrrelatos en español y aboga por la independencia narrativa de los relatos brevísimos y su condición de cuarto género literario

 21 JUL 2012
Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo
Edición de Irene Andres-Suárez
Cátedra. Madrid, 2012
525 páginas. 13 euros
El que una antología de microrrelatos españoles aparezca en una colección destinada a los clásicos, dirigida a un público escolar, pero también a los lectores en general, resulta una prueba más de la creciente aceptación de este nuevo género dentro del sistema literario. Cuando en 1990 Antonio Fernández Ferrer publicó su recopilación La mano de la hormiga.Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, pocos debieron darse cuenta de que el título remedaba un cuento largo de Juan Ramón Jiménez y una antología de Borges y Bioy Casares, Cuentos breves y extraordinarios (1955), puesto que apenas éramos conscientes de lo que suponía esta distancia narrativa.
En poco más de veinte años el panorama ha cambiado por completo, los microrrelatos se han independizado, ya no son cuentos breves, generando su propia historiografía. Hoy disponemos, además, de reflexiones teóricas sobre las estrategias y peculiaridades de estas narraciones mínimas, pero también de antologías y estudios bien fundamentados. Y, por una vez, los investigadores universitarios, los historiadores de la literatura, han ido por delante de los críticos. Además, hace tiempo que varias editoriales (Thule, Páginas de Espuma, Cuadernos del Vigía y Menoscuarto, entre otras) le vienen prestando atención. Y lo más importante de todo: en lo que llevamos de siglo, cada vez es más frecuente que quienes se inician en la escritura lo hagan en esta forma narrativa.
La aparición, pues, de esta antología de Irene Andres-Suárez es tanto consecuencia natural de lo arriba expuesto, como de una fecunda dedicación de la autora al estudio del género. Abarca un siglo: desde comienzos del XX, con la obra pionera de Juan Ramón Jiménez, hasta nuestros días, con los nuevos nombres. Y a este respecto, dada la serie en la que aparece el libro, quizá hubiera sido más prudente detenerse en aquellos que tienen ya una obra consolidada dentro del género, como son Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Pedro Ugarte, Manuel Moyano, Juan Gracia Armendáriz, Rubén Abella y Andrés Neuman. Y, sin embargo, me alegra encontrar aquí, por ejemplo, esa pequeña pieza maestra que es “Futuro imperfecto”, de Lara Moreno, aunque su autora apenas haya cultivado el microrrelato.
Al lector debería llamarle la atención esa declaración de principios que es el subtítulo: “El cuarto género narrativo”, que si bien en otra distancia resultaría innecesaria, en ésta sigue siendo materia debatida. Coincido al respecto con la autora, quien mediante razones bien fundadas defiende la independencia genérica del microrrelato frente al cuento o el poema en prosa.
Si aceptamos sus criterios, que alguna vez incumple al no limitarse a recoger autores que tengan al menos un libro publicado, según precisa, podríamos reprocharle que incluya a varios que apenas han escrito unas pocas piezas. O, puesto que ha optado por acercarse hasta los últimos nombres, prescinda de la obra de Pedro Casariego Córdoba, Anelio Rodríguez Concepción, Francisco Silvera, Isabel Mellado o María José Barrios, todos ellos con algún libro de calidad. Si pensamos, en cambio, en los más veteranos, debería haberse incluido también a José de la Colina, Fernando Aínsa y Cristina Peri Rossi. Pero, en fin, no es este el lugar para ponernos puntillosos.
Lo importante es que la antología, tanto en el prólogo como en la completa bibliografía aducida (echo de menos los Cuentos brevísimos, 1994, de Erna Brandenberger), además de en la selección de los textos, atesora mucho y bueno de 73 autores. Aquí están los grandes nombres: Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna; Ana María Matute, Max Aub, Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez y Antonio Fernández Molina; y tras los años de la Transición, Javier Tomeo, Luis Mateo Díez, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Juan José Millás, José María Merino, Juan Pedro Aparicio y Julia Otxoa.
El prólogo, que podría leerse como un libro exento, aparece dividido en dos partes diferenciadas, dedicadas, respectivamente, a la teoría y a la historia. Seguir insistiendo en lo que entendemos por microrrelato, en esencia un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, la cual exige ser tratada en esa estricta dimensión, sirviéndose de unas estrategias diferentes de las que suele utilizar el cuento y el poema en prosa, resulta necesario, pues no es infrecuente que en concursos, blogs e incluso libros intenten darnos gato por liebre. Como tampoco resulta un asunto ni engorroso, ni baladí, la discusión terminológica que lleva a cabo la autora.
En cuanto a la antología, a las piezas concretas, recoge con acierto textos clásicos como “Juego de damas”, de Lorca; “El tiovivo”, de Ana María Matute; “Nagasaki”, de Sastre, seguramente el microrrelato español más antologado; la “Historia mínima XXIV”, de Tomeo; “El ángel”, de Zúñiga; o la “La felicidad”, de Neuman.
El microrrelato, género mestizo entre los híbridos (¿no lo son todos acaso desde prácticamente sus orígenes?), recorre el siglo entero sin apenas desfallecimiento. No en vano, desde aquel Cuentos largos que proyectara Juan Ramón Jiménez, y anunció en 1924, hasta el reciente Teatro de ceniza (2011), de Manuel Moyano, no ha dejado de significarse a lo largo del Modernismo y los años del Arte Nuevo, pero también en la estética del realismo comprometido o expresionista, lo fantástico y lo grotesco. Todo ello queda bien reflejado en esta antología, que no tardará en hacerse imprescindible para todos aquellos interesados en la narrativa más breve.

Tres cuentos al ‘sprint’
El tiovivo, por Ana María Matute
El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Sólo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo. (1956)
Nagasaki, por Alfonso Sastre
Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres en Hiroshima. Ahora, ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta pérdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y con mis hijos.
Dada la confusión de estos momentos, no creo que pueda llegar a Nagasaki enseguida, como sería mi deseo; pero, sea como sea, yo camino hacia allá.
No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos! (1964)
La felicidad, por Andrés Neuman
Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal. No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo: iba a decir el mejor, pero diré que el único. Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal. Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto. Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos. A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo. (2006).

PRENSA CULTURAL. "Dios bendiga a James Salter", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "El País":
Dios bendiga a James Salter
   Marcos Ordóñez 23 FEB 2012

   A menudo se dice que un gran escritor no puede pasar inadvertido. Es mentira. Entre innumerables ejemplos refulge el caso de James Salter, a quien el reconocimiento le llegó cumplidos los setenta. Cuesta de creer que libros tan extraordinarios como Años luz o Juego y distracción tan solo vendieran unos pocos miles de ejemplares en la inmensa Norteamérica, y que todavía se hable de él como de un “escritor para escritores”, eufemismo para indicar que solo interesa a cuatro gatos.
   Salter comenzó a ser mínimamente conocido por sus dos libros de cuentos (había cumplido los ochenta cuando publicó el segundo, el magistral y definitivo La última noche) y por sus grandísimas memorias, Quemar los días, que debo de haber releído una docena de veces. Susan Sontag decía: "Quiero leer absolutamente todo lo que escriba Salter". Yo he leído incluso Life is meals: a food lover’s book of days, el breviario que escribió con su esposa Kay, donde las recetas alternan con las reminiscencias de maravillosas comidas en París, en Roma, en Aspen, en las casas de sus amigos. Entre ellos, Alfonso Armada y Corrina Arranz, de quien ofrece su receta de gazpacho segoviano. Y pido desde aquí que alguien reedite Años luz, porque la edición de El Aleph está inencontrable, y la primera traducción de Sudamericana es directamente ilegible.
   A menudo, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo unas páginas de Salter, como el diapasón que ha de darme la nota exacta, el impulso y el tono. Leo a Salter para que me limpie la mirada, como aquellos espejos negros que utilizaban los impresionistas cuando no veían con claridad los colores. Consejo para escritores jóvenes: si alguna vez os encontráis bloqueados, leed a Salter. Si estáis perdidos y creéis que lo que estáis haciendo ya no vale, leed a Salter. Si creéis que habéis conseguido una página insuperable y no hay forma mejor de expresarlo, leed a Salter.
   Leo a Salter para que me ensanche el corazón. Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los hombres; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad haciéndote verla como nunca la habías visto. No: como entreviste una vez y luego olvidaste. Leo el comienzo de Los ojos de las estrellas, que tiene la misma acrobática libertad formal de Las joyas de los Cabot, de Cheever. Leo el final de Cometa, con la esposa empequeñeciéndose, tropezando en los escalones de la cocina. Vuelvo a los encuentros de Philip y Anne-Marie en Juego y distracción, y los paseos del grupo en las noches parisinas, comiendo en los restaurantes de Les Halles antes del amanecer. Vuelvo a leer la evocación de Irwin Shaw, y el fantasma flotante de Sharon Tate en Rodeo Drive (lo mejor que se ha escrito sobre ella, lo más hermoso, lo más conmovedor) en Quemar los días. Leo el final de Años luz. Hay muchos finales de novela que me parten el alma, pero ninguno como este. Viri, el marido, vuelve a la antigua casa familiar, cerrada, abandonada. Su esposa murió, sus hijas se casaron. Lleva un traje gris comprado en Roma, las suelas de los zapatos ennegrecidas por la humedad. Camina con paso lento, los ojos fijos en el suelo. Le parece escuchar todavía las risas imposibles de las niñas en el bosque. De repente percibe un movimiento entre las hojas: es su vieja tortuga, avanzando hacia él, el ojo claro, transparente como el cristal, el caparazón en el que todavía puede leer las antiguas iniciales, avanzando como si quisiera depositar a sus pies el bosque entero, el pasado entero. Dios bendiga a James Salter.

PRENSA CULTURAL. "El hombre tumbado (Oblómov)", por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":
El joven tumbado (Oblómov)
   El hastío como medida de salvación. El personaje del escritor ruso Iván A. Goncharov, héroe absoluto de los indolentes y el protagonista de la mejor novela que se ha escrito sobre la ociosidad, representa también el sueño de todos.

Enrique Vila-Matas 10 MAR 2012

   Me acuerdo de Rilke, para quien la vida en sí, pura y libre de las determinaciones particulares que la califican y delimitan, se parecía a la muerte; lo era en tanto que puro espacio hueco e impreciso, ausencia y concavidad. “¿Cuándo es el presente?”, llegó a preguntarse, influenciado por J. P. Jacobsen, autor de Niels Lyhne (1880), novela en la que se fomenta la sospecha de que la existencia, la vida, “no es jamás”.
   ¡No es jamás! Esto casi suena a Beckett y recuerda a Martin Amis cuando dijo que si alguien quisiera imitar el estilo beckettiano podría fácilmente salir del paso escribiendo: “No, nunca, jamás, no”.
   Pero volvamos a la existencia y a la sospecha sobre ella. A Jacobsen le inquietaban los seres “que viven como si eso fuese la cosa más natural del mundo”. No es extraño pues que para el Niels Lyhne de su novela la vida hubiera perdido toda naturaleza y contenido y no fuera nunca algo obvio en su transcurrir, sino algo vacío e irreal: la vida vista como algo que puede que estuviera pasando a su lado, pero no a través de él.
   Niels Lyhne nos recuerda a esos solitarios que alguna vez hemos visto sentados en orillas extrañas, contemplando la vida muda de la que se alejan. Y también a la novela Oblómov del escritor ruso Iván A. Goncharov, donde los habitantes del pueblo de Oblomovka ven discurrir la vida “a su lado, como un río que contemplan desde la ribera”.
   Y es que si la existencia es sólo una incesante despedida de sí misma, sobre su fuga planea constantemente esta cuestión: “¿Cuándo se vive?”. La pregunta la hace Oblómov, el haragán por excelencia de la literatura rusa y pariente secreto de Niels Lyhne. Si Lyhne es alguien “medio Werther, medio Hamlet, vencido por un pesado cansancio” (eso decía Zweig de él), Oblómov también es una persona fatigada, en realidad es el héroe absoluto de los indolentes y el protagonista de la mejor novela que se ha escrito sobre la ociosidad.
   Veamos: Oblómov es un joven y desvalido aristócrata, incapaz de hacer nada con su vida. Duerme mucho, bosteza continuamente dentro de su bata deshilachada. No hace nada, pero es que nada. Encogerse de hombros es su gesto preferido. Es de esa clase de personas que tienen la costumbre de irse a dormir antes de fatigarse. Estar tumbado cuanto más tiempo mejor parece su única aspiración, su modesta aunque envenenada rebeldía. A lo largo de toda la novela de Goncharov, el joven Oblómov raramente deja su habitación, donde permanece tumbado en un diván intentando evitar las propuestas y las obligaciones que le llegan del exterior, y sólo hasta muy avanzado el libro no le veremos, por primera vez, salir de la cama. Ha perdido la costumbre de moverse, de vivir, de ver gente, le parece que se ahoga en medio de la multitud. Es alguien que dio por terminada hace tiempo su vida en sociedad, y vive literalmente como un joven tumbado o, mejor dicho, como un muerto: la vida fluye pero sólo a su lado, sólo al lado de su diván, en realidad la vida nunca ha pasado por él.
   Amado por Olga, ésta desiste de su empeño en llevarlo al altar cuando comprende que el joven elegirá siempre el reposo si ha de decidir entre el reposo y ella. Tal convicción la lleva entonces a casarse con Stolz, amigo de infancia de Oblómov y contrapunto exacto de éste, porque es un trabajador infatigable y un entusiasta de Europa y del progreso y un tipo absolutamente convencido de que lo natural es vivir… La novela de Goncharov -en realidad irresumible como todas las buenas novelas- fue durante tiempo vista como una crítica de la nobleza rusa y del régimen zarista, pero lo que ha perdurado del libro no ha sido su conciencia política, sino el talento del autor al crear el paradigmático personaje de Oblómov, de quien en el libro se nos explica, con moroso detalle y mucha gracia, su desdichada forma de ser. ¿Desdichada? Quizás sea al revés y Oblómov, alejado de toda acción, sea un alma feliz, completamente feliz.
   Su inmovilismo atrae a muchas almas hoy más que nunca. Hoy, cuando la crisis empieza a propiciar una modesta pero envenenada rebelión, en el fondo inquietante para el poder económico: la silenciosa rebelión de los oblomovs que surgen de entre las gavillas de jóvenes tumbados por el paro. La consigna es apartarse, hacer uso del “derecho de irse” que reclamaba Baudelaire. Para ejercer ese derecho y afiliarse al oblomovismo la solución más práctica es quedarse quieto, descubrir que para huir de un lugar lo mejor es quedarse en él. En la novela de Goncharov la acción está prácticamente ausente de ella, y aun así parece que pase algo, quizás sea sólo la vida pasando al lado de la trama. El muy casero protagonista y cansado héroe de la nada no inicia jamás una acción ni actividad alguna que no sean sus vodevilescas disputas con su criado Zakhar en pasajes haraganes, pasajes del libro lógicamente gandules, pues éstos no hacen más que describir las monótonas jornadas de un indolente, de un ser abúlico, no nacido siquiera para hacer novelas: “Escribir de noche -pensó Oblómov-, ¿cuándo dormirá? Seguramente gana más de cinco mil al año. ¡No está nada mal! Pero escribir todo el tiempo, derrochar el alma, el pensamiento en menudencias, cambiar de convicciones, comerciar con la inteligencia, la imaginación, violentar la propia naturaleza, sufrir la inquietud, la indignación, no conocer el reposo y estar siempre en movimiento… Y escribir, escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente. ¿Cuándo podrá detenerse y descansar? ¡Qué desgraciado!”.
   Me parece que Oblómov acertó de lleno. ¿Qué es eso de comerciar con la inteligencia? ¿Cómo no darle la razón a este ocioso ruso tumbado, al joven que inspiró aquel sorprendente grafiti de Guy Debord en un muro del Quartier Latin de París en los años cincuenta? Ese grafiti decía: “No trabajéis nunca”.
   ¿Y quién, al fin y al cabo, no es oblomovista? ¿Quién no intuyó alguna vez que ser ocioso es precisamente aquello con lo que sueña todo el mundo, “pues todo lo que el hombre hace es un intento por recuperar el paraíso perdido”? ¿Y quién no sospecha que los seres humanos lo que realmente ambicionan es la paz y el descanso?
   Oblómov -apunta Christopher Domínguez Michael en El XIX en el XXI- es puente que une a los hombres superfluos de Gógol con los seres vacíos de Beckett o de Robert Walser. Y aquí cabría recordar también al joven tumbado de Un hombre que duerme, de Perec, aficionado a quedarse quieto y buen discípulo del Kafka que escribía una noche en Praga: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches…”.
   Oblómov, con su indolencia de siglos concentrada en su casa de San Petersburgo y a la búsqueda del paraíso perdido, parece querer recomendarnos a todos lo que Eugeni D’Ors recetaba en su más memorable libro: el hastío como única medida para la salvación, es decir, nos recomendaba encasquetarnos el tedio al pie de la letra, sin paliativos, sin matiz alguno, calarse el puro cansancio: “No excursión: chaise longue. No conversación, silencio. No lectura, letargo. En lo posible, ¡ni un movimiento, ni un pensamiento!”.
   Exacto. Ni un movimiento. No hacer nada. No colaborar. Que se estrellen ellos. Vivir mentalmente con naturaleza hamletiana, en la atmósfera de estos días de transición incierta y de indeterminación fluctuante. Y dejar que sea lo impetuoso, con sus finanzas de lenguaje criminal, lo más parecido a ese río vulgar de la vida que pasa a nuestro lado; una vida que por suerte a veces fluye ajena a nosotros, en el más puro espacio hueco e impreciso.

   Niels Lyhne. Jens Peter Jacobsen. Traducción de Ana Sofía Pascual. Acantilado, 2003. Oblómov. Ivan A. Goncharov. Traducción de Lidia Kuder de Velasco. Debolsillo, 2009. El XIX en el XXI. Christopher Domínguez Michael. Sexto Piso, 2010. Un hombre que duerme. Georges Perec. Traducción de Eugenie Russek-Gérardin. Anagrama, 1990. Oceanografía del tedio. Eugeni D’Ors. Tusquets, 1981.

http://www.enriquevilamatas.com/

martes, 24 de julio de 2012

POESÍA. "Todo", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


TODO
Sé desde hace algún tiempo
que ya nada sería suficiente,
salvo absolutamente todo.
Y no sé qué es todo,
no sabría pedirlo ni explicarlo,
no sabría tal vez reconocerlo.
Pero lo quiero todo.
Y no sé si sería suficiente.

PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (21 julio 2012):

PRENSA. "Desenredar una ilusión", por Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

   En "El País":
Desenredar una ilusión
   Los resultados no parecen estar a la altura de lo anunciado y ya se formulan muchas dudas que contribuyen a desmontar el mito de la democracia digital. ¿Ha aumentado Internet la esfera pública? ¿Hasta qué punto ha hecho posible nuevas formas de participación?
Daniel Innerarity 2 MAR 2012

   La Red lleva años suscitando unas ilusiones de democratización que no se corresponden del todo con los resultados esperados. Nos habían anunciado la accesibilidad de la información, la eliminación de los secretos y la disolución de las estructuras de poder, de tal modo que parecía inevitable avanzar en la democratización de la sociedad, renovando nuestra tediosa democracia o implantándola en sociedades que parecían protegidas frente a los efectos más benéficos de la Red. Los resultados no parecen estar a la altura de lo anunciado y ya se formulan las primeras teorías de dicha desilusión que pretenden desmontar el mito de la democracia digital.
   Es muy humana la ilusión que alimenta toda innovación tecnológica. Marx creyó que el ferrocarril disolvería el sistema de castas en la India; el telégrafo fue anunciado como el final definitivo de los prejuicios y las hostilidades entre las naciones; algunos celebraron el avión como un medio de transporte que suprimiría, además de las distancias, también las guerras; sueños similares acompañaron al nacimiento de la radio o la televisión. Ahora contemplamos estas suposiciones con ironía y desdén, pero en su momento parecían una promesa verosímil.
   Las tecnologías a las que debemos el actual despliegue de las redes sociales no han sido ajenas a tal fenómeno, en este caso, además, con buenas razones. Es lógico que una tecnología que empodera, vincula libremente y facilita el acceso al conocimiento despierte ilusiones de emancipación democrática. El relato anarco-liberal de los fundadores de Internet ha contado con recitadores de todo el espectro ideológico, a derecha e izquierda. Los cyber-cons han sobrevalorado siempre el efecto democratizador de la libre circulación de información, tal como pareció acreditarse en la caída de los regímenes comunistas. Por otro lado, antiguos hippies acabaron en las universidades y los centros tecnológicos tratando de probar que Internet podía proporcionar lo que prometieron los años 60: mayor participación democrática, emancipación individual, fortalecimiento de la vida asociativa…
   Pasadas las expectativas exageradas, estamos en condiciones de desenredar esa ilusión y preguntarnos si realmente Internet ha aumentado la esfera pública, hasta qué punto ha hecho posible nuevas formas de participación, ampliando el poder de la gente frente al de las élites. Sin dejar de reconocer las capacidades de la red, podemos examinar críticamente las promesas del ciberutopismo, esa ingenua creencia en la naturaleza inexorablemente emancipadora de la comunicación on line que desconoce sus límites o incluso su lado oscuro. Me parece que estos equívocos se pueden sintetizar en torno a la concepción de la técnica, del poder y de la democracia que subyacen en el sueño de la democracia digital.
   Para el caso concreto de las tecnologías de la información y la comunicación vale también la constatación de que el entusiasmo ante la tecnología ha simplificado la visión de sus efectos políticos, ha exagerado sus posibilidades y ha minimizado sus limitaciones. Buena parte de nuestra perplejidad ante los límites o las ambigüedades de los procesos sociales tecnológicamente posibilitados se debe a no haber entendido que cualquier innovación técnica se lleva a cabo en un contexto social y tiene unos efectos sociales que varían en función del contexto en que se despliegan.
   La información no fluye en el vacío sino en un espacio político que ya está ocupado, organizado y estructurado en términos de poder. De haber tenido esto suficientemente en cuenta, no habríamos caído en la ingenuidad de pensar que una tecnología tan sofisticada como Internet produce idénticos resultados en países diversos.
   El otro principio que ha venido dándose por supuesto aseguraba que las redes globales constituyen un movimiento contrario a la concentración de poder, que desequilibra la autoridad de las élites y tiende a anular las asimetrías establecidas. Ahora bien, ¿hasta qué punto es tan abierta la arquitectura de Internet? ¿Es verdad que los ciudadanos son más escuchados en el ciberespacio, que las redes descentralizan las audiencias, favorecen la flexibilidad de las organizaciones y posibilitan la desintermediación de la actividad política? Los gatekeepers (que filtran en los canales de la información y condicionan nuestras decisiones) siguen formando parte de nuestro paisaje social y político. Hay quien sostiene, incluso, que la concentración de la audiencia es mayor en la red que en los medios tradicionales. No hay necesariamente más objetividad ni menos partidismo en el espacio abierto de Internet que en el de los medios tradicionales. El hecho de que el poder esté descentralizado o sea difuso no significa que haya menos poder, que seamos más libres y la democracia de mejor calidad.
   Internet no elimina las relaciones de poder sino que las transforma. En la Red sigue habiendo asimetrías; es una ingenuidad pensar que Internet favorece siempre y necesariamente al oprimido frente al opresor. La razón más importante que explica la persistencia de relaciones de poder en la red es estructural, reside en su propia arquitectura. Para comprender la infraestructura del poder en Internet hay que tener en cuenta que su naturaleza conectiva determina el contenido que los ciudadanos ven, en virtud de lo cual no todas las elecciones son iguales. Esto no es debido a normas o leyes sino a las decisiones que están en el diseño de Internet y que determinan lo que les está permitido o no a los usuarios. La topología link que regula el tráfico de la Red hace de Internet algo menos abierto de lo que se espera o teme. Existe una jerarquía estructural debida a los hyperlinks, una jerarquía económica de las grandes corporaciones como Google o Microsoft y una jerarquía social porque un cierto tipo de profesionales están sobrerrepresentados en la opinión on line.
   Las opciones son estrictamente predefinidas y dejan de lado alternativas en ocasiones más importantes. Aunque en principio sea posible que los individuos controlen esas opciones, sólo una minoría es capaz de hacerlo. El actual imperialismo cultural no es una cuestión de contenido sino de protocolos. Aquí se juega la cuestión de la neutralidad de la Red: la influencia que se ejerce sobre los usuarios no está en el contenido sino en el marco. Es en este nivel en el que se estructuran nuestros modos de buscar y encontrar, de explorar y comprar; se trata de una influencia que condiciona nuestros hábitos y que, en esa misma medida, puede ser considerada como expresión de una ideología. El valor supremo de esta ideología es la "libre expresión" y guarda un sospechoso parecido con los valores de la desregulación, la libertad de circulación o la transparencia entendidos de manera neoliberal. Y por eso mismo esos valores son difícilmente asumibles en otras culturas, pero también en países democráticos que, como Francia y Alemania, tratan de impedir el acceso, por ejemplo, a páginas antisemitas.
   El activismo digital tiene ya unos años y nos permite obtener algunas experiencias. La fundamental es que hemos de distinguir la función crítica y desestabilizadora de la capacidad de construcción democrática. El ejemplo de las revueltas árabes pone de manifiesto que derribar no es construir, que la descentralización no es una condición suficiente para el éxito de las reformas políticas; el hecho de que Obama haya sido mejor candidato que presidente debería servir para controlar la fascinación que la Red ha ejercido sobre quienes parecen haber olvidado que ganar unas elecciones no es lo mismo que gobernar, del mismo modo que comunicar bien tampoco equivale a tomar las decisiones oportunas.
   El hecho de que la Red esté destruyendo barreras, debilitando el poder de las instituciones y los intermediarios, no debería llevarnos a olvidar que el buen funcionamiento de las instituciones es fundamental para la preservación de las libertades. Esta es la razón de que Internet pueda facilitar la destrucción de regímenes autoritarios pero no sea tan eficaz a la hora de consolidar la democracia. El acceso a los instrumentos de democratización no equivale a la democratización de una sociedad.
   La irrupción de Internet va a modificar profundamente la política, que ya no puede ser practicada como hasta ahora. Al mismo tiempo, no deberíamos caer en esa beatería digital que parece desconocer sus ambivalencias. El hecho de que Internet se base en la facilidad y en la confianza constituye también su vulnerabilidad; facilita la resistencia, la crítica y la movilización, pero nos expone de una manera inédita a nuevos riesgos.
   Ciertos fenómenos como la deriva de la economía en economía financiera o la difusión de contravalores y errores forman parte también de esa cara de la Red que algunos llaman oscura pero que yo preferiría calificarla como arriesgada. Ahora bien, ¿cuándo hemos tenido los seres humanos un instrumento cuyas capacidades de emancipación no incluyeran posibilidades de autodestrucción? Gobernar significa precisamente fomentar aquellas capacidades y dificultar o prevenir estas posibilidades.
   Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador "Ikerbasque" en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Acaba de publicar La democracia del conocimiento en Paidós.